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miércoles, 21 de marzo de 2007

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¿Plasma o LCD? Respondiendo a una pregunta sin respuesta (Parte II)

Tras una primera ronda aclaratoria, continuemos arrojando un poco de luz sobre las sombras de tan recalcitrante duda: ¿LCD o plasma? Aunque los aspectos relacionados con la calidad de imagen son fundamentales para decantarse por una de las dos tecnologías, existen otros factores que pueden convertir una decisión en acierto o error. En esta segunda parte desgranaremos los méritos y deméritos de ambas tecnologías en el resto de sus prestaciones. Por Juanra S. Salamero
Lo más importante de un dispositivo de visualización es, lógicamente, su competencia para ofrecer imágenes de calidad. Pero no tener en cuenta otros factores -como la esperanza de vida, el tamaño de la pantalla o futuribles defectos - puede arruinar una adquisición soñada.

Entre tanta oferta, la elección del televisor adecuado puede resultar estresante.

Continuemos, pues, desmenuzando las diferencias entre tecnologías y desvelando cuál de ellas -plasma o LCD- es mejor en cada campo.

Tamaño de pantalla

Hasta no hace mucho, el tamaño de pantalla era una cuestión que postulaba al plasma como claro ganador. A partir de las 37 pulgadas, ya nos encontrábamos en su territorio, y cualquier LCD que se aproximara a sus dominios lo hacía debilitado por sus precios desorbitados.

Hoy, esta situación ha cambiado, y cada vez es más común encontrar LCD de más de 40 pulgadas a precios -al menos- más asequibles.

Aunque las distancias se acortan cada vez más -véase el LCD de esta imagen-, el plasma sigue presumiendo de más pulgadas.

Sin embargo, el plasma sigue liderando el campo del tamaño. Los más grandes cuentan -a día de hoy- con algo más de 100 pulgadas. Los LCD de 100 pulgadas son ahora escasos, aunque los márgenes siguen estrechándose.

Si nuestro límite son las 32 pulgadas, a día de hoy no queda más opción que optar por el LCD (en su defecto, siempre podemos decantarnos por el cada vez menos común CRT).

Precio

El factor del precio también se ha ido desdibujando con el paso del tiempo. Si hace apenas un par de años un LCD duplicaba -como mínimo- el importe de un plasma de similares dimensiones, hoy la tendencia del mercado marca un descenso generalizado en el precio de las pantallas planas y tiende a equipararse a las tecnologías rivales.

Si hemos de asignar un ganador, éste sigue siendo el plasma, ya que todavía ofrece una mejor relación pulgada-precio que el LCD. Se puede decir que, en general, cuanto mayor es el tamaño de la pantalla, más económico resulta -en términos relativos- el plasma.

Distancia de visionado

Quizá lo justo sería hablar de un empate técnico en lo referente a la distancia de visionado, pero dispuestos a seguir con la política de intentar dictar sentencia en cada cuestión diferencial, por pequeñas que las desigualdades sean, el LCD gana por la mínima.

Por muy poco margen, el LCD supera al plasma en el apartado de la distancia de visionado.

Esto es así porque las pantallas de cristal líquido suelen tener una mayor resolución nativa que las de plasma. Ello implica que, a igual fuente de señal, reescalándola hasta adecuarse a las capacidades de cada dispositivo, las imágenes que reproduzca el LCD serán más definidas.

Si lo traducimos a distancia de visionado, una imagen con más definición podrá ser disfrutada desde más cerca. Sin embargo, a igual resolución no habrá diferencia entre las tecnologías rivales.

Uso como monitor

La integración es cada día más habitual en los dispositivos electrónicos del hogar. Los límites entre electrónica de consumo, informática y telefonía se disipan continuamente. En este sentido, la posibilidad de conectar un televisor al ordenador irá mutando hasta convertirse en una necesidad. Los llamados centros multimedia son un ejemplo de ello.

El ganador es el LCD, sobre todo por tres factores: hay más televisores LCD con entrada para ordenador que plasmas; las pantallas de cristal líquido tienden a tener más resolución, y no presentan el efecto de imagen quemada, del que sí adolecen las pantallas de plasma.

Este último factor puede ser de vital importancia en muchas aplicaciones informáticas, amigas de imágenes estáticas.

Esperanza de vida

La esperanza de vida media de una pantalla LCD es mayor que la de una de plasma. En estas últimas, al igual que en los CRT, la imagen es creada por la combustión de fósforos. Con el paso del tiempo, estos fósforos se van "gastando" lo que conlleva una pérdida progresiva de brillo y color. Un plasma, en otras palabras, se va apagando poco a poco.

La longevidad de un plasma varía mucho en función del fabricante, pero se puede establecer una media de 25.000 a 30.000 horas de uso con una pérdida de calidad inferior al 33%, es decir, casi trece años a seis horas diarias de visionado.

Cuando jamás nos habíamos preocupado por la esperanza de vida de los televisores de antaño, ahora éste es uno de los factores a tener en cuenta cuando elegimos entre un LCD o un plasma.

Es probable que el dispositivo dure bastante más, incluso hasta 60.000 horas, pero la imagen se verá cada vez peor. Se puede decir que un plasma da indicios de cuándo tocará reemplazarlo.

Un LCD, por el contrario, alcanza con facilidad las 60.000 horas de funcionamiento -casi veintisiete años a seis horas diarias- sin pérdida en la calidad de imagen, aunque hay que tener en cuenta la aparición de píxeles muertos y bloqueados. De todos modos, el LCD se apunta limpiamente este tanto.

Píxeles muertos o bloqueados

Los dos tipos de pantallas son potencialmente susceptibles a la pérdida de píxeles. Sin embargo, en el caso de los LCD las probabilidades se multiplican exponencialmente, mientras que este problema es menos habitual en las pantallas de plasma.

Un píxel muerto es todo aquel que, sin previo aviso, deja de funcionar y queda en reposo (totalmente negro). Los píxeles bloqueados -fenómeno exclusivo de los LCD- son aquellos que dejan de funcionar cuando los atraviesa la luz, quedando continuamente "encendidos". Es decir, puntos fijos de color blanco -u otro- desperdigados por la pantalla.

Los píxeles muertos son puntos totalmente negros que aparecen de forma permanente en la pantalla.

Este último es un defecto muy habitual en los LCD. Con el paso de los años, algunos de los minúsculos transistores TFT que activan cada píxel dejan funcionar, ocasionado la "muerte" o el "bloqueo" del mismo. La reparación individual de los píxeles defectuosos es imposible, y el único remedio es sustituir todo el panel.

Hace unos años se asumía la venta de pantallas LCD con un porcentaje "aceptable" de píxeles muertos. Hoy existe una política de tolerancia cero en el momento de la venta, pero nada se dice de los meses y años posteriores. Claro vencedor: el plasma.

Altitud

Si la televisión va a estar situada en altitudes normales -cualquier parte de la Península Ibérica y casi toda Europa- este elemento no es importante. Pero si se pretende llevar la pantalla a cotas elevadas -por ejemplo, los Andes- el plasma disminuirá su rendimiento e, incluso, dejará de funcionar.

Esto es debido a que los gases nobles, xenón y neón, que se encuentran inyectados en cada píxel de una pantalla de plasma se ven afectados por el descenso de la presión atmosférica, lo que dificulta su conversión a estado de plasma. Un LCD, victorioso en este apartado, funcionará igual de bien independientemente de la altitud.

Consumo eléctrico

Aunque el consumo de un televisor no es exagerado en comparación al de otros electrodomésticos del hogar, también en este apartado existen diferencias. Un LCD consume cerca de un 30% menos de electricidad que un plasma.

La combustión del fósforo requiere más energía -y crea más calor- que el mantenimiento constante de la retroiluminación en un LCD. Además, el consumo necesario para estimular el movimiento de los cristales líquidos es mínimo, lo que hace que este tipo de pantallas sea adecuado para dispositivos portátiles. Gana el LCD.

Respuestas no definitivas

La ya tan manida disputa entre el LCD y el plasma, en realidad, ni es una guerra ni debería serlo. Son dos tecnologías diferentes y ambas podrían gozar de su espacio. No son bienes sustitutivos, por lo que la coexistencia de las dos enriquece el mercado.

En algunos aspectos, el plasma es mejor; en otros, lo es el LCD. La pregunta sería: ¿qué es bueno para nosotros? Y a falta de respuesta: ¿qué nos gusta más?

Es una cuestión de elección personal e intransferible, por lo que trasladársela al vendedor de turno es equivalente a preguntarle a un camarero si preferimos helado de vainilla o de limón. Seguramente nos dará el que más le beneficie, el más caro o del que tenga más unidades. Pero… ¿será el mejor?


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