• Kirguises del Pamir: los nómadas de las nubes
  • Kashgaria: la epopeya de las caravanas en el corazón de la Ruta de la Seda
Diario de un fotógrafo nómada

Xinjiang, la patria de los uigures

 
8
JUN 2006

En lo más profundo de Asia Central, descendiendo del Pamir hacia el interior de China, se encuentra la Región Autónoma Uigur de Xinjiang, un lugar donde el viajero descubre la mayor concentración de desiertos del planeta y un mosaico de etnias de origen turcomano. Sus culturas y formas de vida todavía permanecen casi intactas.

Desciendo vertiginosamente del plató del Pamir. En cuestión de horas, paso de ver las cumbres más altas y gélidas de la tierra a transitar por una árida llanura situada por debajo del nivel del mar, una tierra atormentada por un sol abrasador.

Foto: Nómada

Desde el techo del mundo atravesando la región de Kashgaria, hoy llamada Xinjiang, voy camino de la legendaria ciudad de Kashgar, en Asia Central, donde durante muchos siglos caravanas interminables de camellos encontraban reposo, agua y alimentos antes de enfrentarse de nuevo a las dificultades del camino.

Foto: Nómada

A través de la estepa infinita me voy adentrando en Xinjiang, la rebautizada eufemísticamente por el gobierno chino como Región Autónoma Uigur de Xinjiang, una inmensa provincia -la más grande de China-, salpicada de desiertos como el Gobi o el Taklamakán.

Foto: Nómada

Un paisaje que sin duda debió parecer aterrador a aquellas caravanas que lo bordeaban en su tránsito por la Ruta de la Seda. Para muestra, un botón: Taklamakán significa en el idioma Uigur "si entras, no saldrás".

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Xinjiang es, a la vez, un crisol de etnias: uigures, kazajos, uzbekos, tadjikos, afganis y pastunes que secularmente han peleado entre ellos y contra las dinastías chinas más poderosas para controlar la Kashgaria, corazón de la más importante vía comercial y cultural que jamás ha existido en la historia de la humanidad: la Ruta de la Seda.

Foto: Nómada
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En China habitan 56 etnias diferentes, de las cuales los Han, que representan más del 90% de la población, poseen la hegemonía económica y política del país. El resto son minorías que habitan en regiones periféricas, de las cuales algunas han sido anexionadas a China por la fuerza. Los casos más recientes de esta política imperialista china son el Tíbet y Xinjiang.

Foto: Nómada
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Hasta hace poco, Xinjiang estaba habitada al norte por tribus nómadas de kazajos, y al sur por una mayoría de la etnia Uigur. Con la llegada del ferrocarril, el gobierno fue desplazando voluntaria o forzosamente una enorme cantidad de ciudadanos Han con el fin de colonizar estratégicamente la zona, convirtiendo así a los Uigures en una minoría en su propia tierra.

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El Tíbet y los uigures de Xinjiang han constituido un problema para el poder chino, ya que son pueblos que desean seguir disfrutando la soberanía que durante siglos tuvieron y que los Han arrebataron en una desigual pelea en la que tanques y aviones se paseaban con escarnio, aniquilando a los puñados de nómadas que osaban hacerles frente montados sobre sus pequeños caballos esteparios.

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Los uigures son una etnia de origen turco o turcomano que practica la religión islámica desde el siglo XII. Los musulmanes uigures han convivido durante muchos siglos con el budismo, quizás por ello poseen una forma tan antigua como prudente de interpretar el Corán.

Foto: Nómada
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Sus rasgos físicos, diferentes a los de los chinos, evidencian su origen centroasiático.

Uno de sus signos de identidad más claros es el inconfundible sombrero bordado que lucen todos los hombres. La mayoría de las mujeres se cubren con pañuelos, y algunas -una minoría- se tapan la cara con un chador corto de color marrón.

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Los uigures se dieron cuenta muy pronto de la importancia estratégica de su situación en el corazón de la Ruta de la Seda y supieron sacarle partido, ya sea almacenando mercancías en tránsito hacia o desde X'ian, ya sea ofreciendo escolta y protección a las caravanas que atravesaban sus desiertos.

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Caminando por cualquier poblado uigur se hace evidente la larga historia que precede a este pueblo: hijos, nietos y biznietos de comerciantes, pero también hijos del desierto, lo que les confiere un carácter observador y silencioso.

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Xinjiang es una región del planeta que reúne grandes contrastes. Allí viven en armonía uigures, kazajos, tadjikos y uzbekos, todos con sus vestimentas, sus idiomas, sus culturas y sus diversos signos de identidad, formando un rico mosaico étnico, tan desconocido como único en el mundo.

Foto: Nómada

En Xinjiang también conviven otros curiosos contrastes: el K2, segunda montaña más alta del mundo y el lago Aydingkol, segunda mayor depresión del planeta después del Mar Muerto, 155 metros por debajo del nivel del mar.

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Su capital, Urumqi, tiene el curioso récord de ser la ciudad más alejada de cualquier océano en todo el mundo. Para mojarse los pies en el mar, sus habitantes tendrían que recorrer 2.250 kilómetros hasta el más próximo.

Foto: Nómada

Los uigures no tienen automóviles. Se desplazan en carretas tiradas por animales, bicicletas o -los más afortunados- en motocicletas de pequeña cilindrada.

Foto: Nómada
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La televisión prácticamente no existe, y donde hay un aparato se concentran sobre todo niños para ver extasiados la somnolienta programación que emite la televisión del aparato gubernamental chino: proclamas políticas que ensalzan las bondades del régimen e interminables telenovelas ambientadas en siglos anteriores, donde los actores deben sobreactuar para que sus gestos sean entendidos por muchas etnias que no hablan el idioma oficial mandarín.

Foto: Nómada

Sigo avanzando kilómetros de desiertos rocosos hasta llegar a la primera gran ciudad de Xinjiang, Tashkurgan, una población de la que no puede decirse absolutamente nada. Asolada por la influencia arquitectónica del régimen de Mao, fue derruida y sustituida por moles de cemento en el que sobreviven sin pena ni gloria sus habitantes.

Foto: Nómada

En todos mis viajes nunca había visto un lugar tan anodino y con menos interés. No puedo explicarme qué hace allí desplazado un poderoso contingente militar y tantos ciudadanos de etnia Han que parecen custodiar con mortal aburrimiento este laberinto de cemento en mitad del desierto.

Foto: Nómada
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La respuesta la encuentro pronto: Xinjiang posee un enorme valor geoestratégico por tener en su subsuelo ricos yacimientos de minerales y por ser, además, la ciudad más occidental de acceso a China. Un paso muy delicado: la puerta del Islam.

Foto: Nómada

Después de pasar una noche sofocante en el único hotel de Tashkurgan, en una habitación con un penetrante olor a moho y colchas deshilachadas con manchas que habían sobrevivido a mil lavados, hago rápidamente la mochila y salgo a la calle buscando con urgencia el fresco aire matinal del desierto.

Foto: Nómada

Tras oxigenar mis pulmones y tomar una taza del magnífico te verde chino, subo a un autocar que me llevará a cubrir una nueva etapa en esta fascinante Ruta de la Seda: la ciudad de Turpan, situada en un oasis, la más calurosa de China en esta época del año, verano, con temperaturas próximas a los 50 grados. Y sin embargo, es un maravilloso vergel que produce los mejores vinos del continente.

Foto: Nómada

Desde hace ya mucho tiempo, el paisaje que veo desde la ventanilla de mi vehículo ha sido monopolizado por arena y piedra, por océanos de dunas negras u ocres. La temperatura también ha cambiado espectacularmente, ahora siempre por encima de los 45 grados.

Foto: Nómada

El cansancio y el calor aprietan; esta tierra no da descanso al ser humano. Con la cabeza recostada y los ojos entornados por el sol implacable, creo ver ahí fuera un puñado de uigures y kazajos que galopan sobre sus pequeños caballos junto a mi ventanilla. De frente, una división de tanques se acerca apuntándoles con sus cañones, pero a ellos no parece importarles.

Aullando sobre sus monturas, encomendándose a su dios y a sus seres queridos, siguen galopando hacia aquellos que les quieren arrebatar la tierra y la forma de vida que heredaron de sus antepasados.

De pronto, el griterío de los jinetes es enmudecido por el estruendo de una andanada de los tanques...

Foto: Nómada

Me incorporo sobresaltado en mi asiento y me froto los ojos con fuerza... Sin duda, el calor del desierto me ha convertido en víctima de un espejismo. Más allá del polvo del camino, sigo creyendo ver unos jinetes galopando...

Son ilusiones mías, pienso, e intento volver a dormir.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican al menos una vez al mes, siempre los jueves y sin una periodicidad fija.

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