Opinión

William Christenberry en Alabama

 
Foto: William Christenberry
6
NOV 2013

Las fotografías de William Christenberry parecen la consecuencia de un gran compromiso. Fidelidad al paisaje, a la manera de escribir fotográficamente, a los intereses y compromisos que uno tuvo de joven y que en la madurez los mantiene. W.C. fotografía con la misma mirada mientras el tiempo pasa. Es fácil decirlo: lo vemos en su obra.

Si nos acercamos a sus fotografías desde principios de los años 60 –es necesario hacerlo, son muy pequeñas- hasta ahora, comprobaremos que en esos cincuenta años de práctica fotográfica el mismo autor ha estado allí. Durante muchos años con una Brownie, también con 35 milímetros, y sin duda con una cámara de gran formato sobre un trípode, como debe ser en un fotógrafo americano no posmoderno.

Es la idea de proyecto fotográfico. Por el momento, medio siglo para llevar a cabo un proyecto. El trabajo continúa, la ancianidad es un buen lugar para la reafirmación, una nueva energía, la de que lo hecho fue coherente, valió la pena, estuvo bien. Y aún se puede continuar. W.C. dispone de fuerzas suficientes para ello.

Es también Edward Curtis en las estepas indias, Shelby Lee Adams en los Apalaches, Nicholas Nixon y las hermanas Brown. Es Stephen Shore, Joel Sternfeld. También William Eggleston, todos ellos compañeros de fatigas en la manera de entender para qué pudiera valer la fotografía. Y por supuesto la mayor parte de aquellos a los que admiramos: Eugène Atget en París, Richard Avedon en su estudio y Lee Friedlander en América. Toda una vida dedicada a una sola causa. Como Velázquez, como Mozart. Como se hacía antes: desconfiaban de segundas grandes ideas en una sola vida.

William Christenbery ha estado siempre allí. Durante muchos años con una Brownie, también con 35 milímetros, y sin duda con una cámara de gran formato sobre un trípode, como debe ser en un fotógrafo americano no posmoderno

Su lugar es Alabama. Nació allí, en la ciudad de Tuscaloosa, a orillas del río Black Warrior (Guerrero Negro). Es éste el significado del nombre de la ciudad, un nombre de jefe indio: Tuskalusa. Es el territorio donde ocurren las fotografías de W.C. Es la descripción de un lugar en palabras fotográficas, siempre tan subjetivas: sus fotografías son su Alabama, es Alabama según W.C., de la misma manera que “Los Americanos” es la América de Robert Frank. América e incluso Alabama son demasiado grandes para decir que lo hemos fotografiado.

Es la rural, la del acento sureño -incluso Tom Petty habla de ello-, la de las historias del sur. Alguien dirá que es una parte de la América profunda. En todo caso, nos quedamos con que W.C escribe sobre ese sur que también encontraremos en la mejor literatura americana. Las fotografías de W.C. parecen literatura americana. Qué fácil recordar al Tom Joad de John Steinbeck y por supuesto de John Ford, invocado su fantasma por Bruce Springsteen. Es esa iconografía. Un imaginario visual y cultural. Incluso hay carteles de Coca-cola y gasolineras de Texaco. También la sombra de Edward Hopper: siempre es la misma carretera con parecidas cunetas.

Una interpretación del paisaje y una lectura de la propia fotografía, de la fotografía como escritura. Muchos años antes habían ido a estas tierras el fotógrafo Walker Evans y el escritor James Agee, concretamente a Hale County. Se proponían un paisaje humano, social, visual, escrito. Un mundo opinado desde la descripción, sin comentarios adicionales, sin muchas explicaciones, sin maquillajes. Es la manera en que se habla, así lo entiende esta fotografía americana. El trabajo de ambos terminará en esa obra ya considerada maestra titulada “Dejadnos alabaros ahora, hombres ilustres”.

Foto: William Christenberry

W.C irá más tarde con los hechos consumados, como hacen los grandes documentalistas cuando ya sólo quedan los restos. Un espacio para la reflexión, para el comentario. Escribirá sobre lo ya escrito, lo ya visto, lo ya dicho. El reto será reescribirlo, mirarlo de nuevo, decirlo de nuevo. Es una fotografía como conocimiento, tan lejana a la de la fotografía como decoración, como elemento decorativo. De ahí también un pequeño tamaño que invita a la lectura de la imagen: un texto visual, un poema visual con la más moderna poesía, bien expresado, completo. Así aparece su obra fotográfica.

Colecciona carteles oxidados, siempre sobrevuela la idea de ruina. También comenta en términos estéticos el Ku Klux Klan, tan cercano (“Arde Mississippi”, “Matar a un Ruiseñor”: dos grandes obras para que estemos de acuerdo sobre lo que hablamos). Fabrica esas construcciones que se ven en sus fotografías, también desde el coche. Es el W.C. que necesita devorar el territorio, su imagen, pero también sus objetos, sus decorados, sus decoraciones. Es un campo plagado de objetos, calabazas para las golondrinas, carteles oxidados, tumbas con pequeñas flores como en maceteros. En el campo siempre hay objetos. Pudiera ser una tierra de supersticiones.

Las fotografías de William Christenberry muestran que ese paisaje es cambiante, que las cosas aparecen y desaparecen en el tiempo, que no siempre fue todo así

Una conferencia de James Agee sobre el moderno relato breve en la universidad fue lo que le llevó a la fotografía -así lo dice él-, a una concreta percepción del paisaje. Pudieron ser las imágenes de las palabras las que lo hicieron fotógrafo. También Walker Evans le habló de ello. Le dijo que debía tomárselo en serio, un consejo que todo fotógrafo que se precie debe dar a un joven con ganas. James Agee había dicho que para escribir el mundo no tan sólo utilizaremos imágenes de la escritura, de la mente, sino también lo que pudiera tocarse, el olor de la tierra, todo aquello que estaba en ella y era de ella.

También las fotografías de William Christenberry cuando muestran que ese paisaje es cambiante, que las cosas aparecen y desaparecen en el tiempo, que no siempre fue todo así, que el tiempo transforma el suelo que pisamos -es el paso del tiempo- pero también nuestra mirada es la que finalmente lo define, según lo miramos así existe. Incluso ese nuestro paisaje que siempre estuvo allí, que supimos nuestro y al que decidimos dedicarle nuestra vida.

Eduardo Momeñe es director del Máster Internacional de Fotografía Documental Contemporánea en la escuela EFTI de Madrid. Teórico, docente y fotógrafo, es uno de los nombres más respetados de la fotografía española contemporánea.

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