Opinión

Usos de la fotografía

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MAR 2014

En 1833 W.H. Fox Talbot se encontraba en Lecco, una bella localidad italiana a orillas del lago de Como. Situó su cámara oscura –una cámara de fotografiar antes de que existiese la posibilidad de registrar lo que se veía a través de ella- frente al paisaje que desde allí contemplaba y enmarcó su espacio fotográfico.

Fox Talbot usó la cámara oscura para facilitar su práctica del dibujo, afición que disfrutó toda su vida sin resultados muy prometedores. Sintió la ausencia nostálgica, quizá, de unas imágenes de una belleza extraordinaria allí en el visor de su cámara, imágenes que se le escaparían para siempre. Dos años más tarde el ilustre científico obtenía el primer negativo fotográfico de la historia, la imagen de una ventana de su residencia en Lacock.

Muy pronto Fox Talbot se cuestionaría acerca de los posibles usos de la fotografía. Se preguntó para qué podría ser útil la fotografía y realizó en 1844 quizá el primer libro fotográfico de la historia con el atractivo título de “El lápiz de la naturaleza” (“The Pencil of Nature”). Un libro apasionante para los amantes de la fotografía y cuyo facsímil se puede encontrar en librerías especializadas.

Nuestras fotografías son buenas o malas en la medida en que son útiles para nuestro propósito: dar una explicación clara y nítida de eso que queremos hablar fotográficamente

Fox Talbot propuso diferentes utilidades para su invento: desde la creación de obras de arte hasta la opción de documentar visualmente objetos a modo de inventario. Y entre todo ello, por supuesto, su capacidad para registrar la apariencia de las personas y del mundo en general. Muchos años después, John Berger pondría por título “Usos de la fotografía” a uno de los textos de su colección “Mirar”. Dejando a Berger que lo explique por sí mismo, es la referencia a los usos de la fotografía lo que me anima a insistir en ello.

Es ésta una pregunta que exige un par de minutos -incluso meses o años- para ser contestada. La cuestión pudiera no ser para qué sirve la fotografía, cuál es su utilidad, sino para qué sirven nuestras fotografías, las que hacemos con tanto interés en algunos casos.

Si contestásemos que nos sirven a nosotros, a nuestro deseo de expresión, a nuestro disfrute, a nuestra necesidad de decir, de contar, de explicar, quizá no tendríamos nada que objetar a ello. Pero si quisiéramos que nuestras fotografías también sirviesen a los demás, las cosas quizá se plantearían de otro modo.

Es difícil hacer cosas que también sirvan a los demás. Los demás, en nuestro caso, son aquellos lectores muy interesados por la buena fotografía, por las fotografías que nos miran, que nos hablan. Son aquellos que han empleado su tiempo, su esfuerzo y su energía en conocer las palabras que habla la fotografía, un tiempo necesario para comprender otra manera de decir, tan diferente a aquella lengua que nos enseñaron en el colegio.

Las fotografías hablan de otra manera, y tan sólo lo hacen cuando quien se sitúa detrás de la cámara se expresa con algo de lo que hablar –tenga algo que decir- a través de un medio que lo que dice, lo dice en silencio. Un pensamiento visual, encriptado. Un silencio que debe ser descifrado siempre que haya algo que descifrar.

El primer negativo fotográfico de la historia, obra de Fox Talbot en 1835, es esta ventana. La fotografía tiene el tamaño de un sello. | Foto: W.H. Fox Talbot

Comentaríamos: qué interesante lo que dice él acerca del mundo, y cómo lo dice con este medio que él ha elegido, que él ha preferido, pudiendo haber escogido otro medio de comunicación, como son las palabras habladas o escritas, la pintura, la música y demás.

Siempre recurriremos a Marcel Duchamp. Por comodidad, pues nos evita enredar en los orígenes de todo ello. La belleza decimonónica, la usual, a la que Duchamp llamó retiniana, la que una cierta pintura nos había propuesto ya no parece apropiada para colmar las expectativas de una fotografía comprometida con el conocimiento.

La belleza a la que alude Duchamp y éste nos propone –y que es una interpretación de algo ya hablado hace un siglo- es la belleza de la utilidad, de la intención, del propósito. Es la belleza que se obtiene cuando dejamos que el mundo penetre en nuestro objetivo, llegue hasta el respaldo de la cámara y se instale en nuestro cerebro. Es la belleza que nos obliga a detenernos, aquella que surge cuando algo es comprendido. Sin interferencias de aquella otra belleza, sin filtros, sin espacio posible entre aquello y nuestra cámara. Hemos escogido la fuerza de la propuesta, del gesto, de la información estética -la que nos permite opinar-, entendida ésta como la intención de hablar en la manera en la que cada medio dice las cosas.

Esas buenas –por útiles- imágenes deben formar una narración, un texto visual, comprometerse entre ellas, dialogar, prometer la comprensión de la obra

Las fotografías aparecerían como bellas cuando son útiles, cuando sirven para nuestro fin, cuando son las excelentes páginas de un libro con el que queremos hablar. Es de la misma mente que la de Alfred Hitchcock, para quien es útil cualquier escena de su película “Vértigo” para obtener su obra. Quizá hagamos fotografías para obtener una obra fotográfica, aquella que pone en página lo que queríamos decir, aquella que apela a nuestra comprensión, a nuestro conocimiento, aquella que nos amplía la visión del mundo.

Nuestras fotografías son buenas o malas –es una manera de explicarme- en la medida en que son útiles para nuestro propósito: dar una explicación clara y nítida de eso que sí queremos hablar fotográficamente. Porque queremos significar, dotar de significado a nuestra obra para que pueda ser recibida como tal.

Todo ello nos complica la existencia, nos traslada de un excelente hobby que coquetearía con lo llamado artístico a un terreno que sólo entiende el lenguaje, la fuerza o belleza de la expresión, las ideas visuales y los conceptos sólidos, donde se nos exige un saber del mundo, una capacidad para enfrentarnos a él, un espacio con una estructura interna visual en base a interrelaciones bien ensambladas.

Finalmente esas buenas –por útiles- imágenes deben formar una narración, un texto visual, comprometerse entre ellas, dialogar, prometer la comprensión de la obra. Como las piedras aún sin significado, útilmente construidas para que una catedral sea posible, esperando a ser colocadas inteligentemente para que todo el proceso acabe en una significación plena llamada catedral.

Se trataría de un posible uso de nuestras imágenes fotográficas, si bien no se presenta como una tarea fácil. De ahí el reto apasionante de una de las maneras de entender el medio fotográfico.

Eduardo Momeñe es director del Máster Internacional de Fotografía Documental Contemporánea en la escuela EFTI de Madrid. Teórico, docente y fotógrafo, es uno de los nombres más respetados de la fotografía española contemporánea.

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