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Diario de un fotógrafo nómada

Topkapi: vivir como un sultán

 
9
JUL 2008

Los reyes y emperadores siempre han vivido rodeados de lujo y ostentación. Basta con visitar cualquier palacio de las monarquías europeas para darse cuenta del ritmo de vida de sus majestades. Pero a pesar de sus esfuerzos, ningún reino occidental ha podido equipararse al lujo y refinamiento del Imperio otomano, un estilo de vida que acuñó la expresión "vivir como un sultán".

Gracias a sultanes como Mehmet el Conquistador o Suleimán el Magnífico, hábiles en la guerra y en la política, el Imperio otomano llegó a ser uno de los más poderosos de la historia de la civilización, extendiendo su dominio desde el Nilo hasta el Danubio.

Foto: Nómada
Réplica de la indumentaria de un sultán.

Los funcionarios del Tesoro recibían de todos los confines del vasto imperio los impuestos que los gobernadores de cada provincia se encargaban de recaudar y enviar trimestralmente al sultán de turno.

Enormes cantidades de tesoros y riquezas en forma de monedas, objetos de oro y plata, piedras preciosas e incluso bellas mujeres. Todo era propiedad del sultán.

Foto: Nómada
Los palacios de Estambul están fuertemente custodiados por una guardia especial.

Para darse un baño de fausto, suntuosidad y opulencia, nada mejor que surcar el Bósforo en una de las habituales embarcaciones que lo cruzan. Desde la cubierta, se divisan los numerosos palacios que los sultanes otomanos mandaron construir en estas orillas de Estambul.

Foto: Nómada
El Bósforo tiene un tráfico incesante de embarcaciones.

De todos ellos, el que mejor se ve es el de Dolmabahçe, un palacio construido a mediados del siglo XIX a instancias de Abdulmecit I.

Para levantar Dolmabahçe el Sultán escogió al Frank Gehry de la época, un arquitecto armenio, para que lo diseñara al estilo de los palacios europeos del Louvre y Buckingham.

Foto: Nómada
Entrada principal del Palacio de Dolmabahçe.

Abdulmecit I ordenó al armenio que no reparara en gastos, y a fe que el arquitecto lo obedeció. Dolmabahçe es un exceso en sí mismo, un derroche de tales proporciones que su construcción llevó a la bancarrota al ya débil y decadente Imperio otomano.

Foto: Nómada
Lateral de uno de los muchos edificios del conjunto palaciego.

Numerosos edificios de mármol de Mármara y alabastro egipcio separados por jardines, fuentes y estanques exquisitos componen un conjunto de más de 600 metros de largo sobre las mismas aguas del Bósforo.

Foto: Nómada
Jardines y fuentes para solaz del Sultán.

Al coste de la obra hubo que añadir el destinado a decorar y equipar sus inmensos salones. Artesonados de filigrana; suelos de cedro, abedul y otras maderas preciosas trabajadas a mano, tablilla a tablilla; saños de mármol hasta el techo; escaleras con balaustrada de cristal de Murano...

Foto: Nómada
La escalera de entrada con balaustrada de cristal de Murano. La foto está hecha desde el ángulo desde el que se ven menos andamios, pues la estaban restaurando.

Muebles de muy diversos estilos y procedencias hechos a medida; sillones y sofás acolchados con las mejores telas; lámparas de hasta cuatro toneladas de peso; 4.500 metros cuadrados de alfombras exclusivamente de seda para cubrir sus 248 salas...

Foto: Nómada
Lámparas extraordinarias iluminan cada salón.

Millares de metros cuadrados de sedas de Oriente para confeccionar las cortinas que vestirían las 2.700 ventanas del palacio, más de 600 frescos y grandes cuadros realizados por los mejores pintores de la época...

Foto: Nómada
El suelo de cada estancia es distinto, y todo elaborado a mano, tablilla a tablilla.

Seis baños turcos y una cantidad desconcertante de valiosísimos jarrones de cristal y cerámica, relojes, espejos de recargados marcos, chimeneas de filigrana y mármol...

Foto: Nómada
Los artesonados compiten entre ellos por su decoración.

Todo en Dolmabahçe es excesivo y a menudo extravagante. Abdulmecit I desestabilizó la economía de su país sólo por darse un capricho, algo que hoy en día únicamente se lo puede permitir el Sultán de Brunei.

Foto: Nómada
Suntuosos salones jalonan el palacio.

Abdulmecit I vivió quince años en Dolmabahçe, pero los sultanes que lo sucedieron, tal vez porque no les gustaban las viviendas de segunda mano, prefirieron construirse sus propios palacios, eso sí, bastante más modestos, pues las arcas del Tesoro ya no daban para más.

Foto: Nómada
En Dolmabahçe la sucesión de salones es interminable.

Dolmabahçe pasó a usarse como lugar de recepción de embajadores extranjeros y como residencia para invitados egregios del Estado.

En 1923, con el advenimiento de la República, se convirtió en la residencia veraniega de Atatürk, y tras la muerte de éste, se acondicionó definitivamente para lo que actualmente es, un descomunal museo donde puede verse el asombroso estilo de vida de uno de los últimos sultanes.

Foto: Nómada
Habitación de una de las esposas del Sultán. Al fondo, la cuna de uno de sus hijos.

Estos últimos sultanes fueron en su mayoría débiles y disolutos, incluso algunos tuvieron problemas mentales.

Ya no pisaban un campo de batalla y los conocimientos y habilidades políticas de sus predecesores se habían olvidado en medio de una vida disipada y extravagante, donde a menudo decidían más la madre o la esposa favorita que el propio sultán.

Foto: Nómada
Donde acaban los jardines y palacio de Dolmabahçe empieza el Bósforo.

Pero no siempre fue así. A finales del siglo XIV, el otrora poderoso Imperio bizantino cayó ante el empuje de los turcos otomanos, y el sultán vencedor, Mehmet II, mandó construir su palacio amurallado sobre la colina que dominaba el Bósforo. Este palacio se llamaría Topkapi, es decir, "puerta de los cañones".

Foto: Nómada
Una imagen del Bósforo.

Mehmet II y sus sucesores pertenecieron a una dinastía de sultanes que dieron al Imperio otomano días de gloria y esplendor. Casi todos vivieron en Topkapi, y durante siglos todo lo que ocurrió en el mundo conocido se trató entre las paredes de este legendario palacio.

Foto: Nómada
Entrada al Palacio de Topkapi, siempre lleno de turistas.

Topkapi se construyó siguiendo la tradición arquitectónica de los emperadores bizantinos, que consistía en levantar los edificios alrededor de cuatro patios para diferentes usos y tratar de mantener al sultán alejado del mundanal ruido.

Foto: Nómada
También turcos de todo el país vienen a ver este palacio que forma parte de su historia.

Al contrario que en Dolmabahçe, en Topkapi la Casa Real ocupaba un espacio relativamente pequeño: el resto eran dependencias oficiales y residencias para funcionarios, guardia de palacio y servidumbre.

Foto: Nómada
Un personaje que representa a un guardia imperial.

Desde sus miradores situados sobre el Bósforo, se controlaba el tráfico marino que entraba en la que hasta esa época se había llamado Constantinopla y que los turcos bautizaron como "Istanbul". En la orilla opuesta, el barrio de Galatasaray, donde vivían muchos extranjeros, diplomáticos y comerciantes que tenían relación con el Imperio.

Foto: Nómada
Desde las terrazas de Topkapi, la vista sobre el Bósforo es excepcional.

En Topkapi también abundan los exuberantes jardines, suntuosos salones y aposentos ricamente amueblados, pero a diferencia de Dolmabahçe, posee un encanto especial.

Su diseño es proporcionado y armónico: edificios refinados de poca altura con arcadas y grandes aleros que proporcionaban sombra, y exquisitas decoraciones de azulejo y celosía que daban un ambiente fresco y relajado a los que allí moraban. Nada en Topkapi desafía el buen gusto.

Foto: Nómada
Los edificios oficiales disponían de grandes aleros para proporcionar sombra.

En el palacio vivía una ingente cantidad de personas: el diván -o consejo de estadistas que, presididos por el gran visir, asesoraban al sultán en la toma de decisiones de gobierno-, los funcionarios de la administración -el segundo oficio más viejo del mundo-, los jenízaros -la temible guardia imperial del sultán-, la servidumbre que se ocupaba del mantenimiento de Topkapi, y por último, el harén ("harem").

Foto: Nómada
Los funcionarios también eran muy numerosos en tiempos de los otomanos.

Como decimos, el palacio se distribuía alrededor de cuatro patios principales, cada uno de los cuales rodeado de edificios dedicados a tareas específicas.

El primer patio era la zona de servicios: almacenes, arsenal de armas, talleres, panadería, un pequeño hospital y la residencia de la guardia. Tenía muy mala fama, pues en su fuente el verdugo limpiaba la sangre de sus manos y armas después de ajusticiar a traidores y delincuentes.

Foto: Nómada
Los patios donde hoy descansan los turistas eran antes para el disfrute de la corte.

El segundo patio, de acceso más restringido, albergaba el edificio del diván, y en uno de sus laterales, las varias cocinas, de las cuales trabajaba cada una para un sitio distinto: una preparaba la comida del diván, otra la del harem, otra exclusivamente para el sultán, que debía ser probada en su presencia para evitar ser envenenado.

Las demás cocinas preparaban un rancho menos exigente para la tropa y la legión de criados.

Foto: Nómada
Topkapi, un palacio de leyenda.

En este patio se reunía el diván varias veces a la semana, y en estas ocasiones podían congregarse hasta 10.000 personas, entre funcionarios y jenízaros. Sin embargo, no se oía el vuelo de una mosca, ya que nadie podía hablar a menos que el sultán o algún miembro del diván les dirigiera la palabra.

En el tercer patio estaba el salón del trono, donde el sultán recibía a los altos dignatarios extranjeros, y otros salones que eran utilizados para guardar el indescriptible tesoro que poseía. En ocasiones, el sultán solía recibir en ellos a sus huéspedes, y éstos sobrecogidos narraban luego las fabulosas riquezas que habían podido contemplar.

Foto: Nómada
El salón imperial servía para recepciones y fiestas del sultán.

Relataban que habían visto rubíes del tamaño de un huevo y diamantes como avellanas, y sin duda no exageraban, pues hoy en día en una de las estancias de Topkapi están expuestos objetos como el famoso Diamante de la Cuchara, una piedra de 86 quilates con decenas de gemas engarzadas, o una soberbia daga de oro con tres enormes esmeraldas en su empuñadura.

Siguiendo la moda impuesta en casi todos los sitios, estos tesoros y muchos rincones no pueden ser fotografiados ni pagando por entrar con cámara.

Foto: Nómada
El grabado representa al sultán recibiendo regalos de embajadores extranjeros.

En el cuarto patio se encontraban los pabellones para uso del sultán, y en concreto uno de ellos era la sala de circuncisión, a la que venían los hijos imperiales para reponerse del doloroso rito del paso a la vida adulta. Con algunos monarcas, esta sala estuvo muy transitada, tal es el caso de Mehmet IV, que tuvo 112 hijos, muchos de ellos varones.

Foto: Nómada
En un puesto del Bazar de las Especias se vende el Viagra que utilizaba el sultán.

La parte más íntima del palacio era el harén, que en contra de la creencia popular, no era un lugar para los excesos del sultán, sino las estancias de la familia imperial, un palacio dentro del palacio.

El término harén proviene del árabe -"harem"- y significa tabú, lo prohibido. El harén no sólo era la residencia de las mujeres y los eunucos que las custodiaban; también había habitaciones para los jóvenes príncipes y el sultán.

Foto: Nómada
Los eunucos dormían en la entrada del harén para vigilar todos los movimientos.

Excepto las de este último, las estancias del harén eran sorprendentemente pequeñas y los patios estrechos, tal vez para que no entrara mucho el sol y no calentara en exceso las dependencias.

La sociedad interna estaba estructurada en distintas clases. Lo alto de la pirámide jerárquica lo ocupaban la sultana madre y la primera esposa, madre del heredero del sultán.

Foto: Nómada
Habitación de la reina madre en el harén de Dolmabahçe.

A continuación, en orden descendente, el resto de las esposas (tres o cuatro, madres de pretendientes al trono y a menudo enemigas entre ellas), las concubinas, el personal de la corte al servicio del harén y finalmente las esclavas, que debían ser extranjeras, pues el islam prohíbe que ningún musulmán sea esclavo de otro.

Así pues, eran las mujeres las que manejaban el poder dentro del harén, en especial la primera esposa, la favorita del sultán, un personaje de gran influencia sobre el monarca, que junto con su confidente, el jefe de los eunucos negros, solía fomentar las intrigas en Palacio.

Foto: Nómada
Salones para las favoritas del sultán y sus hijos.

La costumbre de vigilar el harén con eunucos negros se debe seguramente a Roxelana, la astuta concubina favorita de Suleimán el Magnífico, que consiguió que se condenara a muerte al Gran Visir para colocar en su puesto a un miembro de su familia y luego convenció a Suleimán para que mandara matar a su hijo heredero del trono para dejar vía libre a sus propios hijos. ¿Alguien dijo sexo débil?

Foto: Nómada
Por lo visto, las turcas siguen ejerciendo una gran influencia y poder de persuasión sobre sus maridos.

Los eunucos eran algo más que vigilantes. Se dice que poseían grandes dotes para la música y una excepcional dedicación a los niños, de los que eran compañeros inseparables.

Casi todas las mujeres del Imperio querían pertenecer al harén y ser las esclavas del sultán, a pesar de que ya no podrían salir de allí ni relacionarse con nadie ajeno a él. Por el hecho de entrar, adquirían un rango social muy importante, y a casi todas se les concedía séquito.

Foto: Nómada
Los baños del harén eran de mármol y las griferías de oro macizo.
Foto: Nómada
Al sultán lo bañaban tras una verja dorada.

Cuando una joven ingresaba en el harén, se ponía al servicio de una de las favoritas e iba aprendiendo las rígidas costumbres internas. Esto le brindaba la oportunidad de que el sultán se fijara en ella.

Si lo hacía, se le concedían aposentos y criados propios, y si ella le daba un hijo al sultán, podía ser nombrada miembro del grupo de las favoritas, un selecto club muy próximo al sultán que ejercía gran influencia en la corte.

Foto: Nómada
El salón del príncipe, decorado con magníficos azulejos y primorosas vidrieras.

A partir de ahí, podía conspirar para favorecer la pretensión de su propio hijo al trono y empezar a desconfiar del resto de las concubinas y hasta de las comidas, pues los rivales eran muchos y el veneno era un condimento frecuente en el lugar de más intrigas de Palacio.

Foto: Nómada
Hoy en día, las mujeres siguen elaborando el pan como sus antepasadas, pero en la corte del sultán no siempre era tan saludable como el de esta señora.

Pasaron los siglos y con ellos llegó la decadencia. Como narrábamos al principio de este reportaje, durante los últimos coletazos del Imperio otomano, el Sultán con su corte se trasladó a Dolmabahçe, pero Topkapi siguió albergando los harenes de los anteriores sultanes, motivo por el cual el pueblo empezó a llamarle "el palacio de las lágrimas".

Foto: Nómada
Topkapi, "el palacio de las lágrimas", es hoy uno de los lugares más visitados del mundo.

Pasear hoy por Topkapi excita la imaginación del viajero. Quién sabe si por las noches, cuando cesa el bullicio de los turistas, sale el sultán de su escondite y se dirige al harén para visitar a su concubina favorita.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican normalmente el primer miércoles de cada mes.

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