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OpiniónContando píxeles

Todo es mentira (salvo alguna cosa)

27
3
MAR 2014

Hace unos días el ya famoso documental –mockumentary dicen los enterados- de Jordi Évole sobre el golpe de estado del 23-F redefinió la idea de las dos Españas. Desde entonces el país se divide en dos bandos irreconciliables: quienes consideran que emitir el falso documental fue un ejercicio muy sano frente a los que opinan que sencillamente se cachondeó del espectador y que hay cosas con las que es mejor no jugar.

En medio nos quedamos algunos pardillos que aquella noche andábamos calentando motores para el Mobile World Congress y que sólo pudimos ver el reportaje días más tarde, cuando el truco ya era casi un trending topic caducado. Sí, me temo que nos tocará sobrevivir sin saber nunca en qué punto de la historia habríamos cogido el chiste y si en ese momento nos habría hecho o no mucha gracia.

Entre las muchas lecturas que se han hecho sobre esta historia, tal vez la más interesante y útil sea la que nos recuerda que también las imágenes pueden mentir y que una misma instantánea puede servir para contar historias diametralmente opuestas.

A veces se nos olvida que no hace falta usar el tampón de clonar. Basta con sacar la foto de su contexto para convertirla en parte de una mentira

Las secuencias que hemos visto decenas de veces, la Guardia Civil saliendo por las ventanas, los disparos al techo… incluso la icónica fotografía de Tejero con la pistola en alto que capturó Manuel Pérez Barriopedro –y que comentó en su día para Quesabesde- podrían encajar perfectamente en esta versión alternativa y ficticia de lo ocurrido. Imágenes reales para explicar una mentira. O viceversa. Ahí está la clave del juego y tal vez de la lección.

Y es que en estos tiempo de Photoshop y retoque a veces se nos olvida que no hace falta usar el tampón de clonar, borrar algo molesto que se meta en el encuadre o añadir un poco de color y dramatismo a una toma. Basta con sacar la imagen de su contexto para convertir una foto en parte de una mentira.

¿Ejemplos? No hace falta rebuscar mucho en la hemeroteca. Hace pocos días el caso de las fotografías que la oposición venezolana difundió por la red como prueba de los excesos del gobierno acabaron convirtiéndose en casi un chiste: imágenes de protestas en otros países, de casos de torturas denunciados en España, de la cadena humana organizada en Cataluña a favor de la independencia e incluso de webs de pornografía surcaron las redes sociales reconvertidas en supuestas escenas obtenidas durante los enfrentamientos en Caracas y otras partes del país.

Para enredar un poco más la cuestión y ante el asombro generalizado, algunos opositores denunciaron que eran los propios defensores del gobierno de Maduro quienes estaban difundiendo esas imágenes falsas para desprestigiar a la oposición. Un auténtico caos en el que, como siempre, el único remedio es coger con pinzas lo que se lee por ahí. Sí, amigos, resulta que las redes sociales no son, así en general, un pozo de sabiduría y credibilidad.

Sonado fue también el caso de Marwan, el niño sirio que había cruzado sólo el desierto para llegar a la frontera con Jordania. Al menos eso es lo que contaron muchos medios de comunicación –así sigue apareciendo en la mayoría-, y la imagen en la que miembros de ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) se interesan por el pequeño no tardó en difundirse por Internet.

Pero resulta que no fue exactamente así, y que como más tarde demostraron otras fotos con una perspectiva más amplia, el niño huyó de Siria acompañado de un grupo de refugiados. Por supuesto que la historia no es menos dramática por ello, pero este caso es un ejemplo más de que una imagen no es esa prueba irrefutable y objetiva que muchas veces pensamos que es.

Todo es mentira salvo alguna cosa, que decía aquel. Tampoco se trata de alimentar esa conspiranoia que tanto nos gusta. Que se empieza desconfiando de las fotos y se acaba con papel de plata en la cabeza y pensando que nos están fumigando con las estelas de los aviones.

Y es que hablar de objetividad en las fotografías es una de esas tonterías que, a base de repetirlas, ha acabado calando. Las imágenes, igual que los textos, no pueden ser objetivas porque son la suma de muchas decisiones tomadas en un momento determinado bajo unas circunstancias y un contexto concretos. Encuadrar es decidir qué entra y qué no en la foto. Usar o no una focal es una forma de contar. Seleccionar el punto de foco, elegir color o blanco y negro…

Veracidad es la palabra que buscamos, no objetividad. Veracidad es lo que cabe esperar y exigir de los profesionales. Por eso, cada vez que algún genio decide prescindir de ellos y repartir cámaras y teclados a becarios pagados con bitcoins, uno es de esos dinosaurios desconfiados que sube un grado en su particular escala de escepticismo y mala hostia.

La columna de opinión "Contando píxeles" se publica, normalmente, el primer y tercer lunes de cada mes.

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