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El Tíbet: un "país" en peligro de extinción  

12
AGO 2009

Rodeado de las más altas montañas que durante mucho tiempo le sirvieron de fortín, el Tibet se abrió al mundo de la mano de China, aunque no de la manera que le hubiera gustado. Probablemente uno de los lugares más bellos del mundo, sus habitantes viven por y para su religión. Ahora, mientras lucha por su supervivencia, sigue mostrando a quien pueda verlo su magnífica cultura y, por encima de todo, su excelente calidad humana.

Hace algo más de 50 años el Tíbet estaba completamente cerrado a extranjeros. Llegar a Lhasa era misión imposible y lo poco que se sabía de su cultura estaba envuelto de misticismo y secretismo. ¿Podría hoy en día llegar yo? Donde antes se interponían montañas de 5.000 metros, bandidos y guardias fronterizos entre regiones y pasos, ahora se interponía la tediosa burocracia china. No sé qué podría ser peor.

Poca gente puede mantenerse hoy en día ajena al conflicto del Tíbet. Un conflicto totalmente mediatizado, pero que no parece tener solución. O al menos la solución que el pueblo tibetano quiere. Su cultura se va perdiendo poco a poco entre las oleadas de los inmigrantes chinos que ahí llegan para quedarse.

El Gran Palacio de Potala, imponente sobre el paisaje de Lhasa. | Foto: Ignacio Izquierdo

¿Qué queda del antaño misterioso Tíbet? ¿Merece la pena luchar por llegar allí? A pesar de los impedimentos, las dificultades y los problemas, sí, ahora más que nunca. Porque todavía conserva su olor a incienso, a mantequilla de yak ardiendo en las velas que iluminan los templos donde se amontonan los budas; porque todo en él es religión; porque los peregrinos cruzan el árido país para ir a rezar, arrodillarse y arrastrarse ante sus lugares sagrados. El Tíbet seguía siendo el Tíbet que me esperaba.

Monjes tibetanos pasean por las calles del monasterio de Tashi Lhunpo. | Foto: Ignacio Izquierdo
Foto: Ignacio Izquierdo
Un monje tibetano hace girar las ruedas de oraciones.

Mantenía su misterio, sumergido entre montañas, al amparo del Himalaya, donde el aire escasea y el cuerpo se esfuerza por producir los suficientes glóbulos rojos para que subir unas escaleras no se convierta en una odisea. Donde el agua es azul turquesa, reflejando las nubes que se pierden cubriendo los más altos picos.

Las banderas cargadas de plegarias y oraciones decoran todo el Tíbet. | Foto: Ignacio Izquierdo

Allí está Lhasa, su capital, con su espléndido Potala, ahora vacío a la espera de que en algún momento regrese el Dalai Lama a reocuparlo, con las callejuelas del barrio antiguo de Barkhor plagadas de gente recorriéndolas en peregrinación, mezclándose con los vendedores de amuletos, telas, collares de huesos de yak, frutas, verduras, mantequilla, carne.

Jokhang, el templo más sagrado del Tíbet, en el corazón de la Lhasa antigua. | Foto: Ignacio Izquierdo

Allí están ahora los monasterios de Sera y Drepung, enganchados en mitad de las colinas, antaño verdaderas ciudadelas donde los monjes que antes se contaban por miles ahora lo hacen por pocos cientos. El Tíbet sufrió un revés muy fuerte contra su cultura por parte del gobierno chino en la denominada revolución cultural, que tenía cómo objetivo erradicar la religión, considerada "el opio del pueblo".

Monjes discutiendo en el monasterio de Sera, en Lhasa. | Foto: Ignacio Izquierdo

Lamentablemente, los más exploradores poco podrán descubrir del Tíbet más íntimo, el más oculto. La situación actual obliga a visitarlo con guía y "tour", o lo que es lo mismo, sólo se puede ver el Tíbet que el gobierno chino quieres que veas y al precio que quiere que lo veas.

Peregrinos recorriendo Barkhor, el barrio antiguo de Lhasa. | Foto: Ignacio Izquierdo
Foto: Ignacio Izquierdo
Shigatse, la segunda ciudad más importante del Tíbet.

¿Es eso suficiente? Desde luego que no, pero algo me decía que los chinos no estaban dispuestos a negociar. Lentejas. Si las quieres las comes, y si no las dejas.

Yamdrok-Tso, uno de los lagos más sagrados del Tíbet y de agua muerta. Ni entra ni sale de manera natural. | Foto: Ignacio Izquierdo

Allí había llegado tras dos días de viaje en tren desde Pekín y desde allí saldría en cuatro días de viaje en todoterreno hasta la frontera con Nepal en lo que llaman la Carretera de la Amistad, o lo que es lo mismo: uno de los mejores modos de ver el Tíbet salvaje en estado puro.

Kamba-la, a 4.700 metros de altitud. Uno de los puertos de la Carretera de la Amistad. | Foto: Ignacio Izquierdo

Montañas, valles, ríos, puertos, picos, dunas, los centros religiosos de Gyantse y Shigatse... En su último tramo, el Himalaya. Y en sus cimas, majestuoso, el Everest.

El monte Everest visto desde Rongphu, a escasos kilómetros de la ya desmantelada estación base. | Foto: Ignacio Izquierdo

¿Quién puede resistirse al punto más alto del mundo? No es que tuviera intenciones de coronarlo; eso requiere de demasiado dinero y preparación. Pero gustosamente me conformé con verlo aparecer entre las nubes.

Breve parada para disfrutar del paisaje en el tramo final de la Carretera de la Amistad. | Foto: Ignacio Izquierdo

Mirando atrás fueron unos días extraños los que pasé en el Tíbet. Tremendamente mágicos, pero con el sabor amargo de entender que ese mundo está abocado a desaparecer y con el sentimiento de verlo hundirse poco a poco bajo los pies.

Ignacio Izquierdo explica que "comenzó recorriendo el mundo sin ser consciente de ello mientras seguía a su padre y su trabajo". Ahora, ha decidido dar la vuelta al mundo e inmortalizar el periplo con su buen ojo fotográfico. Su viaje se puede seguir en su blog, "Crónicas de una cámara", y en QUESABESDE.COM.

Los artículos de la serie "Las postales perdidas del tío Matt" (en homenaje al personaje de la serie "Fraggle Rock") se publican normalmente el tercer miércoles de cada mes.

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