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OpiniónEnfoque diferencial

Testigo por contrato

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FEB 2015

Hace unos días un fotógrafo profesional me mostraba una captura que había hecho en una manifestación y que ilustraba una octavilla de un partido político. Era una de esas instantáneas que, sin ser técnicamente nada especial, recogía un momento que puede considerarse histórico, hasta el punto de que tal vez esa foto salga en los libros dentro de unos años. Cuando le pregunté por el importe que les había cobrado me dijo que lo había hecho gratis: “Esta foto es historia. Tiene que ser vista, y si se queda en mi ordenador, no la verá nadie.”

Los fotógrafos, y en concreto los periodistas gráficos, nos llenamos la boca –ironizaba sobre ello Iker Morán hace unos días- de contar historias y dar voz a los sin voz. Pero lo que realmente muchos queremos es una cosa: llegar a fin de mes. ¿Cubrir una revolucionaria victoria electoral? ¿Fotografiar un irrepetible acontecimiento deportivo? No, que caen en domingo y no me pagan las horas extra.

Respeto -y supongo que también envidio- a aquellos fotógrafos que no solo son capaces de dejarse su tiempo y su piel en su trabajo aun cuando tienen todos los números para no cobrar por ello, sino que además son fieles a su responsabilidad para con la Historia. Son desgraciadamente la excepción. La mayoría de fotógrafos profesionales acabamos olvidando nuestro compromiso con la información en detrimento de nuestro compromiso con el fin de mes. No es difícil tener ideales ni ser fieles a un compromiso cuando las dan maduras; lo difícil es mantenerlos cuando llegan las duras.

¿Tenemos derecho a guardarnos para nosotros una fotografía histórica por el simple hecho de que no quieran pagarnos por ella?

Reconozco que yo soy de esos que hacen esto por dinero. Sí, hace tiempo lo hacía por ideales, por principios, por dignidad profesional, pero descubrí que para mantener eso hay que tener voluntad y algo especial. En el fondo muchos fotógrafos lo queremos todo; no solo hacer fotos históricas. Queremos que, además, la gente nos diga lo grandes que somos por hacerlas. Y encima ganar dinero por ello.

Cuando ya pensábamos que teníamos superado el debate acerca de cobrar por trabajar y estábamos más o menos de acuerdo en que a todo el mundo le gusta que valoren su trabajo, se proyecta un nuevo dilema ante nosotros: ¿tenemos derecho a guardarnos para nosotros una fotografía histórica por el simple hecho de que no quieran pagarnos por ella?

No digo que los fotoperiodistas seamos unos mercenarios, pero a lo mejor ya es hora de dejar de arroparnos con la capa del contador de historias para dar romanticismo a una profesión que, hoy por hoy, tiene como objetivo no ya vivir, sino tan solo sobrevivir. Ser notario del mundo es difícil cuando te agobian las facturas.

Y a pesar de todo aún quedan de esos. Hoy, cuando el fotoperiodismo es una profesión condenada, cuando la fotografía es cada vez más valiosa pero al mismo tiempo menos valorada, hay héroes casi anónimos que lo dejan todo y se embarcan en auténticas locuras para traerse bajo el brazo un puñado de fotos increíbles, decenas de historias, alucinantes vivencias y tal vez un par de cientos de euros. Y lo hacen porque creen de verdad que es su deber como fotoperiodistas.

Decía el actor Steve Buscemi que agradece poder hacer cine comercial porque gracias a lo que gana en esas películas puede hacer cine independiente. Hay fotógrafos que funcionan igual, trabajando en eventos de tercera división con el objetivo de poderse costear trabajos que tal vez pasen a la historia. Fotógrafos que trabajan en lo que da dinero para poder trabajar en lo que no lo da.

Una fotografía que no se ve es un sinsentido. Una fotografía está concebida para ser vista, y cuando se queda en un cajón o en un disco duro, la fotografía queda incompleta. Es lo que ocurre cuando a todo se le pone un precio: que hasta para ser testigo de la historia uno necesita un contrato.

La columna de opinión "Enfoque diferencial" aparece publicada normalmente el segundo y cuarto lunes de cada mes.

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