Foto: Iker Morán (Quesabesde)
Crónica

140.000 megapíxeles del siglo XIX

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Nos colamos en el taller de colodión húmedo organizado recientemente por Revela-T, que ya prepara su segunda edición para la primavera de este año

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ENE 2014
Iker Morán | Vilassar de Dalt (Barcelona)

Fotografía química en los tiempos del píxel. Así se podría titular la novela que el festival Revela-T comenzó el año pasado y que planea repetir este 2014, convirtiendo durante unos días la localidad barcelonesa de Vilassar de Dalt en el epicentro de quienes están convencidos de que sigue habiendo vida más allá de la fotografía digital.

La cita tendrá lugar a finales del próximo mes de mayo, pero mientras tanto el festival organizado por la asociación Espai Fotogràfic ha programado diversos talleres que mantienen vivo este espíritu químico. Nunca mejor dicho, porque hace unas semanas tuvimos la ocasión de pasar un sábado al más puro estilo “Breaking Bad” fotográfico–aunque sin cometer ningún delito, que sepamos- entre probetas, básculas, plata y algún que otro producto de esos que tienen una etiqueta con una calavera.

Foto: Iker Morán (Quesabesde)
Joan Porredon durante el taller de colodión húmedo.

Y es que, tras quedar fascinados en la última edición al escuchar hablar del colodión húmedo a Quinn Jacobson (quien, por cierto, repetirá este año en Revela-T), teníamos ganas de practicar esta técnica de mediados del siglo XIX. Una técnica cuya calidad, apuntan sus defensores, aún está por superarse. Así lo ratifica Joan Porredon, encargado de dirigir el taller del que hablábamos antes y guiarnos en esta aventura química.

Para convencer a los posibles escépticos, Porredon echa mano de la historia antes de empezar con la parte práctica: un estudio reciente del centro George Eastman House revela que un daguerrotipo panorámico de la ciudad de Cincinnati realizado en 1848 ofrece una resolución similar a la de un sensor de 140.000 megapíxeles. Nada menos.

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Preparando los químicos

Sulfato de hierro, amonio, plata, colodión, barniz... Porredon se pone el traje de químico para dejarlo todo listo antes de ponerse junto a la cámara

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Iker Morán (Quesabesde)
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Iker Morán (Quesabesde)
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Iker Morán (Quesabesde)
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Iker Morán (Quesabesde)

Inventado en esa década de los años 50 del siglo XIX, el colodión ofrece una calidad cercana –algo inferior, tal vez, reconoce Porredon- al daguerrotipo y la capacidad de obtener copias que ofrece el talbotipo, otro de los primeros procesos fotográficos. Aunque su apogeo duró apenas tres décadas hasta ser reemplazado por placas secas que no obligaban a ser reveladas en el acto, el colodión húmedo sigue siendo una de las técnicas más populares entre los aficionados a los procesos antiguos.

Su marcada estética y la fuerza de los retratos realizados con ella es de esas cosas que siguen llamando la atención tantos años después. Tanto, que incluso una aplicación para el iPhone (Koloid) juega a imitar parte del proceso y el resultado.

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Foto: Iker Morán (Quesabesde)
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Foto: Iker Morán (Quesabesde)
Emulsionando la placa con el colodión (arriba) y sensibilizándola con plata.

Un estudio reciente revela que un daguerrotipo panorámico de la ciudad de Cincinnati realizado en 1848 ofrece una resolución similar a la de un sensor de 140.000 megapíxeles

Pero no es lo mismo, claro. Aquí hemos venido a mancharnos las manos, a jugar con líquidos, a encender la luz roja y a ver cómo la imagen latente se transforma en una fotografía sobre una placa de cristal. Es parte de la gracia. Un proceso y unos preparativos para la toma y el posterior revelado que ayudan a tomar conciencia de la foto, a pensarla mejor. Y eso se acaba notando en la calidad de la imagen final, defiende Porredon.

No hay mucho espacio para la improvisación, la verdad. Desde que se sensibiliza la placa con plata hasta que acaba en el fijador una vez revelada no deberían pasar más de 10 minutos. Aunque en un espacio cerrado como el que nos encontramos eso no es tan dramático como cuando se trabaja en exterior y se lleva la tienda de campaña para improvisar un cuarto oscuro –en sus tiempos el fotógrafo iba con el carruaje y todo-, durante esos minutos no hay amigos, que suele decirse.

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Foto: Iker Morán (Quesabesde)
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Foto: Iker Morán (Quesabesde)

Estamos trabajando con una sensibilidad de entre 0,5 y 3 ISO, así que a menos que haya flashes, el tiempo de exposición será largo

Si la fotografía va de rituales, sin duda este proceso es fotografía en estado puro. Desde preparar los químicos hasta limpiar meticulosamente la placa –algunos dejan impregnada en ella su huella a modo de firma, nos cuentan- o repartir el colodión sobre la superficie. Los alumnos del taller van practicando el movimiento –rápido y preciso- que sólo se aprende a base de mucha práctica y muchas placas.

La foto también tiene su ceremonia. Una vez extendida la emulsión del colodión y sensibilizada con plata, la placa de cristal se coloca en el bastidor de la cámara. Hasta aquí todo normal. Pero estamos trabajando con una sensibilidad de entre 0,5 y 3 ISO, así que a menos que haya flashes, el tiempo de exposición será largo.

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Foto: Iker Morán (Quesabesde)
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Foto: Iker Morán (Quesabesde)
Tras revelar la placa, Porredon trata de pulir algunas imperfecciones con algodón.

Por eso el reposacabezas es parte del paisaje habitual en las sesiones de colodión húmedo. Aunque con luz artificial –como en este caso- este soporte no hace falta para mantener la postura, sí ayuda a no perder el foco. La profundidad de campo es mínima, y el más ligero movimiento puede dejar los ojos desenfocados.

Posamos como voluntarios, dispuestos a salir de allí con nuestro primer retrato en colodión para la posteridad. Hay que ensayar bien nuestra mejor pose del siglo XIX. Y no cerrar los ojos ni poner gesto extraño, porque repetir la foto significa volver a empezar desde el principio. Aquí no hay ráfaga ni previsualización que valga, claro. Carrera al cuarto oscuro, luz roja y al revelador.

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Foto: Iker Morán (Quesabesde)

Fijado, lavado y secado el retrato, una cartulina negra detrás de la placa de cristal convierte el negativo en positivo. Es un ambrotipo, nos explican. El ferrotipo –otra variante de este proceso- sería un colodión sobre metal que daría lugar directamente a un positivo. Generalizando mucho, claro, porque cualquiera de estos datos que vamos anotando daría posiblemente para otro taller hablando de la influencia de la temperatura en el proceso, de cómo exponer según se quiera obtener un positivo o un negativo o de decenas de variantes posibles.

Una cartulina negra detrás de la placa de cristal convierte el negativo en positivo. Es un ambrotipo

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Foto: Iker Morán (Quesabesde)

Por la tarde toca seguir practicando, que no todos los sábados uno puede liarse en su casa a hacer colodiones. Nos escapamos antes de tiempo y Porredon nos promete una copia escaneada del retrato para poder presumir on-line de ella. El siglo XXI se cuela también aquí para saltarse las normas de los más puristas y convertirnos en lo que en ese mundillo se conoce como collodion bastards. Suena bien.

Fuentes y más información
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Entrevista
Quinn Jacobson
30 / ABR 2013
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