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OpiniónEnfoque diferencial

El diablillo

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MAY 2016

Vaya por delante que tengo a Steve McCurry entre mis fotógrafos preferidos y guardo de él un maravilloso libro dedicado y la impagable experiencia de poder fotografiarle y entrevistarle hace ahora diez años. Me cuesta ser imparcial con un fotógrafo como él, pero si algo he repetido en varias ocasiones es que cuando uno se pone el gorro de periodista y enfunda los guantes de atizar, también tiene que ponerse la venda de la imparcialidad.

McCurry es noticia estos días por la manipulación de sus fotos. No son uno ni dos, sino tres los casos detectados por ahora. Si fuera otro fotógrafo, ya habríamos puesto toda su obra en entredicho porque tendemos a pensar -piensa mal y acertarás- que quien hace una, hace ciento.

El autor ya ha dicho que él no fue, que a pesar de mantener un severo control sobre su trabajo hay veces que no puede estar en todo y hay técnicos que se toman la licencia de quitar cosas que molestan porque son así de echaos palante, que se dice en España. Que no tienen mayor interés en conservar un trabajo por el que, a buen seguro, muchos matarían (y no es una forma de hablar).

Leyendo las explicaciones del fotógrafo uno se imagina al técnico con la gorra para atrás y el lápiz óptico en los dientes mientras guiña un ojo: “Ese chaval… ese chaval me está jodiendo la foto. ¡A la porra con el!” Sí, suena poco creíble.

Foto: Steve McCurry
Una de las parejas de fotos de Steve McCurry -original y editada- que han trascendido este fin de semana en PetaPixel tras ser detectada una burda clonación en otra copia expuesta en Turín. | Foto: Steve McCurry

Lo primero es reconocer que McCurry afirma ser responsable de todo lo ocurrido, supongo que por no haber supervisado el resultado final de las imágenes. A partir de ahí las explicaciones no me convencen. Puedo entender que las grandes estrellas tengan que delegar parte de su trabajo, y es más o menos comprensible que un fotógrafo cuente con un editor que le finalice la tediosa parte de revelar la fotografía, sea esta digital o química. Pero un editor -llámale técnico- se limita a cumplir con las instrucciones del fotógrafo. Vamos, lo que normalmente hace cualquier empleado que está a las órdenes de un jefe.

Yo he trabajado muy pocas veces con editor. Me cuesta muchísimo ceder esa parte del trabajo, aunque sea la parte fotográfica que menos me gusta. Mis obsesiones por la simetría, la profundidad de campo o la saturación son obsesiones mías, y me es difícil convencer a otro de que esa foto hay que desecharla porque las líneas están torcidas, que esa no gusta porque las fugas no son de mi pintoresco agrado o que aquella foto sí vale aunque lo único que en ella esté a foco sea medio centímetro de ojo en todo el retrato.

"Pretender ser notario de la realidad y luego cambiar la realidad cuando esta se empeña en no seguir las normas de la estética fotográfica es un contrasentido. Te llames Steve McCurry o Pepe Pérez"

En cualquier caso no he conocido a ningún editor que, por su cuenta y riesgo, te borre un objeto de la foto a menos que el fotógrafo lo autorice. Menos aún si hablamos de fotografía documental.

Recurrir al tampón de clonar es un diablillo que todos hemos tenido susurrándonos al oído. Las posibilidades que da el ordenador son infinitas, y la envidia -no creo que sana- que los fotoperiodistas sienten hacia otros fotógrafos que sí cuentan con ciertos recursos es inmensa. Pero cuando uno decide tomar una foto de una determinada manera lo hace con todas las consecuencias.

Pretender ser notario de la realidad y luego cambiar la realidad cuando esta se empeña en no seguir las normas de la estética fotográfica es un contrasentido. Te llames Steve McCurry o Pepe Pérez.

Dice el protagonista de esta historia que viaja mucho, que trabaja mucho, que no puede estar en todo. Seguro que es cierto, pero llega un momento en que hay que plantearse si todo ese trabajo y esos viajes compensan dejar las fotos en manos de otros y que -sea por culpa de un error o no- tu carrera se ponga en entredicho. Desconozco cuántas fotos hará el fotógrafo y cuántas finalmente pasarán la criba final, pero cuando uno pierde el control de lo que hace, digo yo que algo falla.

Y al final, ¿qué? ¿Creemos a McCurry y aceptamos que todo fue fruto de una serie de errores no detectados a tiempo? ¿Casos puntuales de supervisión que nunca deberían haber ocurrido? ¿Casos aislados de exceso de celo por parte de un empleado entusiasta?

Pues puede ser, aunque Ockham diga lo contrario, pero del mismo modo que algunos creen que es posible estar fotografiando fútbol y al mismo tiempo celebrando goles, me reservo mi derecho a darle a McCurry el beneficio de la duda. A fin de cuentas, es el autor de uno de los mejores retratos de la historia, y eso -digo yo- algo tendrá que decir a su favor.

La columna de opinión "Enfoque diferencial" aparece publicada normalmente el segundo y cuarto lunes de cada mes.

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