Opinión

Nada personal

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17
MAR 2016

El otro día recibí el correo fatídico: mi cliente favorito -a estas alturas todos lo son- comunicaba a todos sus colaboradores un cambio de sillas general. Una absorción o una fusión, algo muy estratégico. De modo que alguien con muchos másteres había diseñado una reestructuración integral para objetivizar paradigmas de valor añadido y sinergizar iniciativas de visión periférica, cosas incomprensibles todas para un humilde fotógrafo sin estudios.

Tras la palabrería corporativa venía lo realmente grave: la persona responsable del departamento de comunicación, el que levanta el teléfono y te llama, cambiaba de puesto. Agradecimientos varios, nos seguiremos viendo, fue genial muchachos, gracias a todos, blablabla.

Cagada total.

Cuando a la persona que te contrata la atropella un autobús -o lo que es peor, la cambian de sitio- tú ya sabes que vas a ir con todo el resto de proveedores a la papelera de reciclaje. No importa lo bueno que haya sido tu trabajo. El que viene a sustituirlo lo hace con su paquete propio de amigos y conocidos, su fotógrafo de confianza o simplemente no quiere saber nada de lo que hiciera su predecesor. Por eso nos joden tanto las fusiones y absorciones, las reestructuraciones, las opas hostiles.

Cuando a la persona que te contrata la atropella un autobús -o lo que es peor, la cambian de sitio- tú ya sabes que vas a ir a la papelera de reciclaje

Dispuesto a salvar lo que se pudiera del naufragio, me había desplazado a las oficinas de la empresa con el vano objetivo de presentar mis respetos al nuevo responsable de marketing, por aquello de la flauta y la casualidad.

No hace falta decir que mis esperanzas eran pocas y mi ánimo, taciturno. Estaba a punto de decir adiós a un cliente muy importante. Todo el mundo sabe que en tiempos de tribulación es mejor no hacer mudanza, pero esta gente parecía no haber leído a Ignacio de Loyola. Mucho hereje, eso es lo que hay.

El nuevo depositario de las esencias corporativas no se hallaba presente, de modo que, con la confianza que da el sentirse de la casa, pasé al despacho y me puse a esperar pensando que tal vez fuera la última vez que miraba por esa ventana.

En estas nostálgicas reflexiones estaba cuando entró por la puerta un sujeto que me causó repulsión de manera instantánea. Presentose como responsable de algo de optimización de recursos, una mierda de esas de echar gente para ahorrar dinero, pero dicho en inglés y con otras palabras. No presté demasiada atención.

Empezó a largar el rollo ese de la eficacia y las redes dinámicas y la sinergia y el sursum corda. Yo esperaba una pausa para poder decirle que se equivocaba, que yo no era quien pensaba, pero conforme pasaba el rato se me hacía más violento, y de repente me soltó aquella frase que dicen ellos:

- Justifica tu trabajo en un minuto.

Lo miré un momento dudando sobre qué respuesta darle, pero debió interpretar mal mis dudas. Esta gente se excita cuando huelen sangre, de modo que decidió presionar un poco más.

- Dime por qué no debería despedirte.

Se quedó mirándome con una sonrisa que ni siquiera intentaba disimular lo falsa que era.

- Tenemos una misión -contesté.

- ¿Una misión?

- Tenemos que pegarle fuego a todo el puto edificio.

Lo miré fijamente. El tipo seguía sonriendo, pero había perdido parte de su aplomo, era evidente.

- Tú también tienes la marca de los elegidos. -Le cogí la mano y señalé unos lunares que tenía, así a voleo. - A ti puedo contártelo.

Retiró la mano como si temiera contagiarse de algo. Me acerqué a él, que retrocedió hasta la pared, y le clavé los ojos.

- A veces oigo voces. Las voces me dicen que queme cosas.

Aquí el tipo ya perdió del todo la compostura y salió corriendo. Me quedé un rato más, hasta que apareció el nuevo titular del despacho: un niñato imberbe con más ínfulas que educación. Farfulló alguna excusa por la tardanza y me dijo que me daba cinco minutos.

Yo le daba menos a él, pero me abstuve de decirle nada. Dije las cuatro tonterías de rigor y me despedí educadamente después de dejarle mi tarjeta. Las cosas se hacen bien o no se hacen.

A los dos días volvió a llamarme mi cliente de siempre, contento como unas castañuelas porque lo habían restituido en su cargo de manera inesperada y asombrosa. No le pregunté qué había sido del niñato. Como dijo aquél, no es nada personal. Solo negocios.

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