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Las postales perdidas del tío Matt

Sídney: que sí, que no y todo lo contrario

 
21
ABR 2010

Sídney es uno de esos lugares que muchos tenemos en mente a la hora de buscar un destino idílico. Una ciudad de corte occidental con todos los lujos de la naturaleza al alcance de la mano. Casi todos quieren ir a Sídney, pero, ¿es ésta la ciudad perfecta? Ni de lejos. A pesar de las muchas ventajas de que presume, sigue padeciendo los mismos defectos que todas aquéllas de las que nos queremos alejar.

Cierto: pocas capitales pueden presumir de tener la playa a escasos ocho kilómetros de su centro y de disfrutar de tantos días de sol al año que te apetezca pasarlos todos en ella. Sídney es la Tierra del Sol, de aguas claras y azules, donde todo el mundo es "surfero" y hace gala de un físico envidiable. ¿Cómo resistirse a este lugar? Y sobre todo, ¿encajarían mis michelines en semejante edén?

Foto: Ignacio Izquierdo
La opera de Sídney, inconfundible icono de la arquitectura mundial.

Sídney vive -o al menos así lo ha sabido vender- como una ciudad con un sano ritmo de vida, de gente relajada y buen vino. Pero cuando uno aterriza aquí, sobre todo tras pasar por Asia, se encuentra con la misma gente estresada, con los ejecutivos corriendo de lado a lado con un café de Starbucks. Los mismos semblantes serios de todas las ciudades. Y encima, con el agravante de que todo aquí es ridículamente caro, incluso para los propios australianos.

Foto: Ignacio Izquierdo
Foto: Ignacio Izquierdo
¡Al agua! Bondi Beach, a tiro de piedra del centro de Sídney, se ha convertido en todo un referente.

Reconozco que no es éste un juicio justo. Las imperecederas sonrisas asiáticas y el colorido de las caóticas calles habían hecho lógica mella en mí. Y el cuerpo, contrastes, aguanta los justos. Pero una valoración más objetiva deja a Sídney, para un servidor, en el mismo punto de la balanza que cualquier otra gran ciudad.

Foto: Ignacio Izquierdo
Piscinas tanto artificiales como naturales junto a la playa. Tenemos para todos los gustos.

Sídney tiene sus cosas buenas y se respira como más agradable que otras urbes, pero al final, si algo hemos aprendido, es que no hay lugares perfectos. Es todo cuestión de saber vivir con los defectos y las virtudes de cada sitio.

Foto: Ignacio Izquierdo
El "wannabe" del lujo, en el centro comercial de Queen Victoria.

En Londres el clima deja que desear. Pero, ¿quién puede resistirse a un buen paseo por el Támesis, donde siempre suceden mil cosas, o por las angostas e históricas calles de la City? En Tokio la comunicación es la barrera, pero ahí está la gracia. En Madrid no hay playa, pero tiene el mejor puerto de España y se come de miedo. En Asia encontramos las sonrisas, la alegría, la gente en las calles, pero si alguna vez caemos enfermos (o muy enfermos), se acabaron las risas y las alegrías.

Foto: Ignacio Izquierdo
¡Que viva el rojo! Esperando al tren en una de las estaciones centrales.
Foto: Ignacio Izquierdo
Celebraciones del Mardi Gras, que aquí es el equivalente de la Fiesta del Orgullo Gay (no en vano, Sídney es una de las ciudades más "gay friendly" del mundo).

La joven Sídney, eso sí, sabe mirar como miran los hijos a sus padres, y sabe en lo que quiere parecerse a ellos y en lo que no quiere tener nada que ver. Está en plena adolescencia, debatiéndose entre ser una ciudad de negocios o de relax, un referente mundial o una urbe más para evitar demasiadas complicaciones. Un continuo "quiero, pero no". Un "contigo, pero sin ti".

Foto: Ignacio Izquierdo
Jugando con las fuentes, algo que, entre sus muchas virtudes, es además de agradecer en los bochornosos días de calor.

Tampoco me tengan mucho en cuenta. Al fin y al cabo, son éstas las primeras impresiones de alguien que apenas pasó unos días por allí. Una pequeña etapa, que no tenía otro fin que saciar los recovecos idealizados por mi mente. Y los lugares, al final, están para vivirlos. Y ahí es donde -creo- tiene el gancho esta ciudad: en que sin pensarlo, sin comerlo ni beberlo, te sabe a poco y quieres pasar en ella un par de días más.

Foto: Ignacio Izquierdo
Una muestra de los Jardines Botánicos Reales, en cuya entrada puede leerse: "Por favor, pisen el césped".

Desearías tener algún día más para pasear por esa otra playa llena de acantilados que está un poco más allá. Te atreverías a quedarte unos días más para llegar a las Blue Mountains. ¿Y por qué todo el mundo va en barco? Yo quiero un barco, quiero aprender a navegar con vela. También quiero aprender a cabalgar las olas. O a bucearlas. O comprobar si es verdad que la Ópera suena con esa nitidez de la que se jacta. Y pasear descalzo por el césped en los parques.

Foto: Ignacio Izquierdo
Darling Harbour y Sydney Harbour son puntos de encuentro de yates, barcas, hoteles, restaurantes y garitos.
Foto: Ignacio Izquierdo
El puerto de Sídney: imposible perdérselo.

Va a ser verdad: voy a necesitar unos cuantos días más... ¿Me quedo?

Ignacio Izquierdo explica que "comenzó recorriendo el mundo sin ser consciente de ello mientras seguía a su padre y su trabajo". Ahora, ha decidido dar la vuelta al mundo e inmortalizar el periplo con su buen ojo fotográfico. Su viaje se puede seguir en su blog, "Crónicas de una cámara", y en QUESABESDE.COM.

Los artículos de la serie "Las postales perdidas del tío Matt" (en homenaje al personaje de la serie "Fraggle Rock") se publican normalmente el tercer miércoles de cada mes.

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