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OpiniónContando píxeles

Si vas a montar una foto, al menos disimula

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ABR 2016

Cuenta la leyenda que hubo un tiempo en el que los fotógrafos no preparaban sus fotos ni las pasaban por Photoshop para poner o quitar cosas a esa realidad que a veces se empeña en no ser perfecta. Se dice que, junto a dragones, unicornios y banqueros con moral, estos seres mitológicos habitaron un día el planeta y se dedicaban solo a sacar fotos, intentar publicarlas y –posiblemente esto es lo más difícil de creer del cuento- cobrar por ellas.

Pero ya se sabe qué pasa con este tipo de fábulas. Los unicornios y dragones está claro porque tienen su propio icono en WhatsApp, pero de los otros dos seres no hay pruebas reales de que algún día hayan llegado a existir. Y es que lo de hacer trampas con las fotos es algo posiblemente tan viejo como la fotografía y el oficio.

Pero es verdad que el tema parece haber explotado en los últimos tiempos. No es que antes no se hiciera –igual menos al ser más difícil hacer piruetas en el cuarto oscuro-, sino que ahora es mucho más fácil que te pillen. Por muy fino que seas con las capas y el tampón de clonar, ahí fuera hay un ejército de cuñados con lupa que tarde o temprano te acabarán calando. Y después ya sabes lo que viene: escarnio público, críticas a todo el colectivo de fotoperiodistas, poner en tela de juicio la deontología de la profesión…

Lo más grave de este tipo de prácticas es que el debate acaba posándose en el fotógrafo en lugar de en lo que está contando

Precisamente por eso lo más fascinante del asunto no es que a alguien se le pase por la cabeza que puede poner o quitar cosas a una foto, sino que crea que no lo van a pillar. Pero, ¿dónde has estado los diez últimos años, muchacho? ¿Tú no lees los periódicos ni ves la que se monta en cada World Press Photo?

Pero es verdad que no hace falta tirar de Photoshop para retocar la realidad. De hecho –insistimos en ello porque somos muy pesados- cualquier foto implica un proceso de selección subjetivo por parte del autor. Pero no hablamos de eso, sino del que recoloca la realidad para que la foto le quede bonita. A veces es un lobo amaestrado que salta vallas. Otras, una niña colocando un osito de peluche tras unos atentados. Posiblemente sea igual de grave en términos fotográficos, pero lo segundo clama más al cielo.

El artista de este penúltimo caso de olé-tus-huevos-fotográficos ha sido Khaled Al Sabbah, que tras los recientes ataques terroristas en Bruselas dio instrucciones a una niña para que apareciera casi posando frente a un improvisado memorial en recuerdo de las víctimas.

Lo más sorprendente del caso es que Al Sabbah lo hizo delante de las cámaras de televisión que transmitían en directo desde allí. Y entre eso y que algún compañero se chivó, la actitud de este director de escena metido a fotógrafo ha sido bastante criticada durante los últimos días. Bastante criticada es un eufemismo para no decir que se ha convertido en algo así como el mal en estado puro, el Kim Jong-un de la fotografía.

Para redondear la historia, resulta que el autor de la controvertida imagen –que subió a Instagram y luego retiró ante la polémica desatada- había ganado hacía pocos días un premio de fotoperiodismo por una instantánea tomada en Palestina. Parece lógico pensar -en ese caso hablamos de un funeral de niños- que allí no hubo montaje, pero el problema es que ahora mismo todas las fotos de Sabbah serán puestas en entredicho.

O mejor dicho, lo más grave es que con este tipo de prácticas no solo se pone en tela de juicio el trabajo de todo un colectivo (“si lo hace uno, seguro que lo hacen todos”, comentará el tonto de turno), sino que la mirada y el debate acaban posándose en el fotógrafo en lugar de en lo que está contando. Y como se suele decir, si la noticia eres tú, algo estás haciendo mal.

El tema de las fotos preparadas no es en absoluto nuevo. Siempre ha habido listos que aseguran que los fotógrafos van por ahí abofeteando niños pobres para que salgan llorando en las fotos o pagando a la gente para disparar, que siempre le da dramatismo al asunto.

Otras veces no se trata de comentarios de enterados, sino que hay pruebas bastante creíbles que apuntan -por ejemplo- que algunas de las fotos más conocidas de Agustí Centelles de los combates en Barcelona durante la Guerra Civil son milicianos posando ante la cámara. Por no hablar, claro, de la famosa y siempre polémica foto del miliciano de Robert Capa.

Pero volviendo con Sabbah y su conducta, la respuesta del reportero tampoco es muy tranquilizadora: ha cambiado “fotoperiodista” por “fotógrafo” en su perfil de Instagram –que como todo el mundo sabe es lo que cuenta- y ha explicado que se trata de un proyecto personal, no un trabajo de prensa. ¿Suficiente? Evidentemente no. ¿Justificable el linchamiento público? Por supuesto que tampoco. Como si no tuviéramos otros periodistas a los que linchar antes.

En cualquier caso, la pregunta que seguimos haciéndonos no es ya por qué hacía falta montar esa foto en lugar de esperar a que la niña pusiera o no el osito, sino a quién se le ocurre hacer eso a plena luz y con cámaras delante. ¡Al menos disimula, maldita sea! Tal vez eso sea lo más preocupante: que el fotógrafo pensara que no estaba haciendo nada malo o fuera de lo normal.

La columna de opinión "Contando píxeles" se publica, normalmente, el primer y tercer lunes de cada mes.

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