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OpiniónContando píxeles

Historias para no dormir

 
19
FEB 2007

Salvando las distancias, con las averías de una cámara digital ocurre algo parecido a los accidentes: pensamos que es algo que sólo les puede pasar a los demás.

Hasta que un día el bueno de Murphy decide darse un paseo por el apasionante mundo de los megapíxeles y -¡alehop!- el botón de encendido no responde, la pantalla muestra una imagen distorsionada o al cambiar de óptica en medio de una boda la réflex de turno decide colgarse como Windows en sus mejores momentos.

Que un dispositivo electrónico falle no es noticia. Preocupante es, en todo caso, ver cómo en los últimos tiempos proliferan en casi todas las marcas anuncios sobre tal o cual defecto de fabricación de un sensor o una soldadura que no resiste como debería el paso de los años.

Es preocupante la proliferación de anuncios sobre tal o cual defecto de fabricación en cámaras digitales

Es entonces, al saltar al escenario de las garantías y los servicios técnicos, cuando la pesadilla puede comenzar.

No es, ni mucho menos, un tema nuevo o exclusivo de nuestro segmento. Basta darse una vuelta por cualquier foro para toparse con quejas sobre la reparación de una cámara, una conexión ADSL que sigue sin funcionar o esa factura de teléfono en la que, vaya por dios, siempre se confunden en contra del cliente.

Precisamente porque ocurre en las mejores familias, les contaré una divertida historia, pero omitiendo marcas y referentes concretos. No es, créanme, por ahorrarnos el tirón de orejas a una compañía o darle palmaditas en la espalda a la otra. Sencillamente, sería injusto citar los trapos sucios de una sin detenerse a investigar los de la competencia.

Érase una vez la feliz dueña de una veterana compacta. Una de esas cámaras que, con más de cuatro años a sus espaldas, había perdido gran parte de su glamour inicial, pero seguía haciendo unas fotos estupendas.

¿Y si la avería ocurre la semana antes de irse de viaje y no hay una cámara de repuesto?

Qué menos, teniendo en cuenta que aquella joya de 3 megapíxeles y una descomunal pantalla de 1,5 pulgadas había costado en su día bastante más de 300 euros.

Pero, un buen día, la pantalla empezó a fallar y las fotos salían llenas de rayas verticales de colores. La cámara estaba literalmente inservible y, lógicamente, la garantía hacía años que había expirado.

Aun a sabiendas de que la reparación costaría más que una cámara nueva, acudió al servicio técnico de la marca. Eso es, por lo menos, lo que se podía deducir del nombre de la empresa, de los rótulos de la tienda y sus furgonetas e incluso de la página web.

Le quedaba cerca del trabajo, así que decidió llevarla allí directamente. Mientras esperaba el presupuesto de reparación, descubrió que aquel modelo había aparecido citado en un comunicado público de la marca en el que se alertaba sobre un defecto de fabricación.

Efectivamente, tras una rápida búsqueda en QUESABESDE.COM, encontró la noticia y comprobó, aliviada, que la descripción del fallo coincidía exactamente con los síntomas de su compacta.

¿Cuántas averías que deberían ser reparadas sin coste acaban pasando por caja por desconocimiento del usuario?

Imprimió el comunicado oficial, y cuando en el servició técnico le pidieron 160 euros por la reparación les explicó la buena noticia: en estos casos, la marca se hace cargo de la avería, aunque el producto ya no esté en garantía.

Sorprendentemente, eso no le sirvió de nada. La recepcionista de turno no quería oír hablar de otra cosa que no fuera la cifra indicada en el presupuesto. A mí qué me cuenta, ventanilla dos, vuelva usted mañana... en fin, seguro que a muchos les resulta familiar.

De vuelta a casa con la cámara y un justificadísimo enfado, llamó al teléfono de atención al cliente de la marca y allí le recomendaron acudir -de nuevo- al servicio técnico oficial. A otro, al único que ellos recomiendan en su web, dijeron.

Y allá se fue con la noticia, el comunicado y dispuesta a armar un buen jaleo si era menester. "No sabe usted con quién está hablando" y todas esas cosas. Esta vez, sin embargo, no hizo falta. Lo explicó, rellenaron un formulario y prometieron decirle algo en unos 15 días.

Después de un mes sin noticias, llamó para ver qué ocurría. Entonces le informaron de que, en efecto, se trataba de un fallo de fabricación. Sin embargo, como ya no había piezas de recambio para un modelo tan viejo, le sustituirían la cámara estropeada por una nueva.

Y así lo hicieron. Un mes después.

Me pregunto cómo iban a reparar una cámara para la que ya no existen recambios

Pese al final feliz de la historia y la lógica alegría de la dueña de aquella nueva compacta -equivalente a aquel modelo, pero a día de hoy-, hay unas cuantas preguntas a las que aún no he conseguido encontrar respuesta.

No era ninguna urgencia en este caso, pero pasaron casi tres meses hasta que el tema estuvo resuelto. ¿Y si algo parecido ocurre la semana antes de irse de viaje y no hay una cámara de repuesto? O peor aún: ¿y si es un profesional el que necesita la cámara para trabajar?

¿Cuántas averías identificadas como defectos de fabricación de la cámara y que deberían ser reparadas sin coste acaban pasando por caja por desconocimiento del usuario? ¿Cómo es posible que un taller que usa el nombre de una prestigiosa marca pretenda cobrar más de 150 euros por un arreglo que luego resultó ser gratuito?

Y, sobre todo, me pregunto cómo demonios iban a reparar una cámara para la que se supone no existen recambios.

La columna de opinión "Contando píxeles" se publica, normalmente, el primer y tercer lunes de cada mes.

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