Crónica

Sebastiao Salgado: la persona tras la cámara

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El brasileño presenta sus memorias en un acto organizado por La Fábrica y recomienda a las nuevas generaciones de fotógrafos que estudien “un poco de antropología, sociología y economía"

Foto: Eduardo Parra (Quesabesde)
Salgado, junto al presidente de La Fábrica, Alberto Anaut. Vestida de negro y sentada en primera fila, Léila Wanick, la mujer del fotógrafo.
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ENE 2014
Eduardo Parra | Madrid

Avisaron desde la organización: “La charla empieza a las nueve, pero venid pronto porque esperamos mucha gente.” Y vaya si acertaron. Poco después de las ocho el aforo de la sala de actividades -y la habitación anexa- de La Fábrica en Madrid estaba completo, un buen puñado de personas esperaba fuera por si había alguna deserción de última hora y en los pasillos apenas si cabía un alfiler. Incluso en las escaleras algunos oyentes esperaban a que el protagonista de la jornada, Sebastiao Salgado, presentara su libro de memorias "De mi tierra a la Tierra", escrito con la periodista francesa Isabelle Francq.

Apenas 24 horas después de presentar su exposición “Génesis”, el célebre fotógrafo brasileño, con su mujer en primera fila, ofreció su lado más humano, dejando un poco al margen su vida de fotógrafo para descubrir su faceta de persona preocupada por el mundo, de luchador o simplemente de padre.

Forma de vida

Salgado, a punto de cumplir los 70, reconoció que apenas se ha dado cuenta de lo que ha pasado en su vida fotográfica. Y es que a diferencia de otros que consideran la fotografía como una profesión, él la ha visto siempre como parte de su vida: “Mi fotografía es mi forma de vida.”

Estar fuera de casa ocho meses al año durante ocho años con la cámara al hombro es algo que sólo puede hacer quien realmente vive la imagen. No obstante, Salgado reconoció que su gran suerte es haber tenido una compañera, Léila Wanick, comisaria de exposiciones y editora de algunos de sus libros, que “ha defendido la retaguardia y protegido la estabilidad emocional”.

Foto: Eduardo Parra (Quesabesde)

Preguntado -como no podía ser de otra forma- por aquello que ha aprendido y que le gustaría compartir con los jóvenes fotógrafos, Salgado recomendó a las nuevas generaciones que estudien “un poco de antropología, sociología y economía para poderse situar dentro de su momento histórico”. El brasileño, economista de formación que se autodenomina fotógrafo y rehúye la etiqueta de artista, criticó esta falta de conocimiento social incluso en algunos de los fotógrafos de la que fue su agencia: Magnum.

Salgado subastó por 120.000 euros la Leica número 3.000.000 que la marca fotográfica le había regalado y gastó todo ese dinero en plantar cerca de 50.000 árboles

El Instituto Terra y su proyecto para plantar árboles también tuvieron cabida en la charla. Salgado ejemplarizó su lucha por la preservación de la naturaleza explicando cómo subastó por 120.000 euros una Leica que la marca fotográfica le había regalado (es política de la empresa regalar ediciones especiales que corresponden a números redondos de serie a fotógrafos destacados, y a Salgado le correspondió la número 3.000.000), y que gastó todo ese dinero en plantar cerca de 50.000 árboles. “La cámara tenía alguna cosita de oro… pero yo ya tenía mis cámaras y esa no la iba a utilizar”, explicó arrancando unas cuantas carcajadas entre el público asistente.

Rodrigo

Contábamos ya con casi tres cuartos de hora de intervención de Salgado cuando Lélia, su mujer, le interrumpió mientras continuaba relatando las bondades del Instituto Terra: “Hay que hablar de Rodrigo para entender el porqué de todo esto.” Y Salgado habló de Rodrigo, uno de sus dos hijos, que tiene síndrome de Down.

“Cuando Rodrigo nació fue una catástrofe para nosotros. No hay ningún ser humano que esté preparado para tener un hijo con una deficiencia tan profunda. Durante dos o tres años nuestra vida ha sido muy difícil”, reconoció el fotógrafo.

“Recuerdo una vez que supimos de un doctor en Colonia que hacía una operación que permitiría a Rodrigo hablar un poco mejor (…) Tomamos un coche, y cuando llegamos a la última gasolinera, pensamos… Rodrigo ahora podrá sacar un poquito la lengua y se le caerá un poco menos la baba, pero no vamos a resolver su problema. Seguirá teniendo síndrome de Down. Es una solución para Léila y para mí, pero no para Rodrigo. Vamos a someterle a una operación muy dolorosa para resolver nuestro problema, no el suyo. Así que dimos media vuelta y no llegamos a Colonia.”

“Fueron momentos muy difíciles, pero al final encontramos la solución. Y la solución es que no hay solución: tienes que vivir con el problema y amar a tu hijo. Y eso nos cambió la vida y nos descubrió una nueva forma de mirar el mundo.”

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