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Diario de un fotógrafo nómada

Santo Domingo de Silos y su entorno: buscando respuestas en el silencio

 
6
ABR 2006

Caminar por el claustro de la Abadía de Santo Domingo de Silos es una actividad reconfortante y benéfica para los sentidos. El eco de las pisadas y el canto de los pájaros nos acompaña a cada paso. En el aire flotan aromas de hierbas silvestres y medicinales que hacen del momento una experiencia casi mística.

La Regla de San Benito es un código que consta de 73 normas que rigen la vida monacal de los benedictinos y que posteriormente fue asumida por la mayoría de órdenes religiosas a modo de reglamento interno. Básicamente, se resume en una frase: "ora et labora", y así ha sido llevada a la práctica en la Abadía de Silos desde siempre.

Foto: Nómada

La Regla, entre otros muchos preceptos, establece unos horarios con tiempos para la oración (Maitines, Misa, Vísperas, Completas, etc.) y tiempos para el trabajo manual y artístico.

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Fruto de ella, los trabajos se reparten entre la comunidad monástica de tal forma que cada monje es responsable de unas tareas específicas. Así pues, en la Abadía de Silos siempre ha habido el hermano jardinero, el bibliotecario, el cocinero, el boticario...

Foto: Nómada
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Extramuros, estas tierras castellanas son ricas en hierbas y plantas medicinales, y los monjes de Santo Domingo de Silos conocían sus secretos curativos. Entre ellos cabe destacar a Fray Isidoro Caracha, considerado uno de los mejores boticarios de la época.

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En un rincón del claustro todavía se puede ver la antigua farmacia monacal con sus frascos, alambiques, hierbas, patas y astas de animales, así como todo un arsenal de libros con fórmulas para elaborar pócimas y ungüentos balsámicos.

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No se sabe cuánto de química y cuánto de alquimia se practicó en este lugar, ya que los monjes -los grandes expertos en botánica y farmacología de la época- consideraban que el ejercicio de estas ciencias eran la mejor forma de orar a Dios. Por eso no es de extrañar que surgieran tantos clérigos botánicos.

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Resulta curioso que las obras de Paracelso, prohibidas por la Inquisición, eran los libros más buscados y apreciados por los boticarios, así que es de suponer que muchas bibliotecas monásticas tuvieron copias clandestinas de las obras de este gran médico naturista que pensaba que si Dios había creado la enfermedad, también habría dispuesto el remedio, siendo labor del alquimista su hallazgo.

Foto: Nómada
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Y hablando de libros, otra de las zonas imprescindibles de un monasterio es su "scriptorium" y biblioteca, el lugar donde los monjes copiaban y guardaban los manuscritos. Esta labor contribuyó no sólo a preservar la cultura clásica, sino a transmitirla hasta nuestros días.

En la Edad Media, la lectura y escritura (siempre en latín) eran patrimonio exclusivo del clero, que se afanaba en conservar y poseer en sus estancias todo el conocimiento de la época.

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La imprenta no existía, de ahí que los monjes copistas trabajaran a destajo confeccionando letra a letra códices de salmos, cantorales, manuscritos iluminados, hagiografías, Libros de Horas, Beatos, mapas y todo aquello que llegara al Monasterio.

Pero antes de empezar a escribir había que hacer el libro, ardua tarea que consistía en curtir, estirar, cortar y preparar pieles de oveja o carnero. Para un libro de dimensiones normales en la época (unas 300 páginas), eran necesarias las pieles de 70 animales.

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Una vez construido el libro, se encuadernaba con madera y se dibujaban en las páginas las líneas paralelas, para que los monjes escribieran recto. Mientras, otros monjes preparaban las tintas naturales y pinturas con los que se iluminarían (ilustrarían) los textos.

La Abadía de Silos llegó a hacerse con un importante archivo de alrededor de 200 libros. Posteriormente, a mediados del siglo XVIII, la mayor parte de sus códices fueron vendidos en Madrid para conseguir algo de dinero con el que sufragar la restauración del antiguo monasterio y su claustro, prácticamente en ruinas.

Foto: Nómada
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Por fortuna, en 1880 llegaron a Silos los monjes de la Abadía de Ligugé (Francia) y se hicieron cargo de toda la restauración, así como de recuperar la mayoría de ejemplares de la legendaria biblioteca.

Pero no todos los libros pudieron ser recuperados. Ejemplares como la Biblia de Mazarino -el primer libro impreso en el mundo-, las Etimologías de San Isidoro -terminado de escribir en 1072 y una de las joyas silenses por su extraordinaria decoración- o el Liber Comicvs -libro sobre la antigua liturgia hispánica del que se dice que contiene notas marginales escritas de puño y letra del propio San Benito- fueron subastados y comprados por la Biblioteca Nacional de París.

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Dentro de lo malo, no fueron destinados a enriquecer colecciones privadas, y de esa forma hoy podemos admirarlos en esta institución francesa.

En compañía de fray Alfredo, mi joven y amable cicerone, me dirijo a la biblioteca de la abadía, un lugar no accesible a las visitas.

Foto: Nómada
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Voy con la idea de encontrarme algo parecido a lo que se recrea en la película "El nombre de la Rosa", pero al atravesar la puerta quedo impresionado por lo que veo.

En lugar de viejos pupitres con tinteros y plumas polvorientas bajo la luz de los cirios, veo ordenadores y fotocopiadoras. Modernidad y funcionalidad. A mi izquierda, enormes códices, y a mi derecha, varios monitores con sofisticados sistemas informáticos.

Foto: Nómada
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Fray Alfredo mira divertido mi cara de sorpresa, y adivinando mis pensamientos me dice: "Amigo mío, es una abadía del siglo XI con monjes del siglo XXI."

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Después de la visita a las zonas más interesantes del monasterio, vuelvo a mi habitación en la hospedería, recojo mis cámaras y me lavo un poco antes de bajar al refectorio (comedor), a dar buena cuenta de la sencilla pero suculenta comida que nos han preparado en la abadía.

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Allí, fray Jose Luis y fray Pedro nos sirven las fuentes de verduras y carne con una permanente sonrisa en la cara. Sin duda, hacen todo lo posible para que nos sintamos bienvenidos en su casa. Mientras, realizan comentarios acerca de la historia de la abadía y los pueblos de la comarca que concitan mi curiosidad.

Foto: Nómada
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Me cuentan que muy cerca, atravesando el cañón del río Mataviejas, hay un pueblo, Hacinas, que tiene unos robles fosilizados de... ¡120 millones de años de antigüedad!

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Y que también en los alrededores se encuentra Villoviado, el pueblo donde nació el cura Merino, famoso párroco y guerrillero que tuvo una azarosa biografía militar y política durante y después de la Guerra de la Independencia.

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Fray Pedro y fray José Luis siguen amenizando nuestra comida con relatos y curiosidades de otros pueblos vecinos, como la gran villa de Lerma, o Arlanza, cuna de Castilla. Los monjes saben que sus huéspedes son personas que en los días que pasan entre ellos gustan de hacer un poco de turismo por los alrededores.

Foto: Nómada
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Un tipo de turismo tranquilo y poco frecuente por viejos pueblos y aldeas silenciosas, casi deshabitadas, cuyas torres y campanarios fueron testigo durante mil años del paso de reyes, santos, campesinos, ejércitos, ermitaños, rebaños de ovejas trashumantes...

Foto: Nómada
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Piedras de iglesias, monasterios y torres castillo que vivieron días de gloria, de esplendor cultural, de guerras de reconquista e independencia, yacen hoy arrinconadas al borde del camino, condenadas al más triste de los destinos: el olvido.

Hoy, todas esas aldeas que rodean Silos son también un entorno perfecto para esos hombres que van a su abadía a meditar, a descansar y a encontrar aquello que apaga el ruido de los pensamientos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo nómada" se publican, normalmente, el primer y tercer jueves de cada mes.

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