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  • Santo Domingo de Silos y su entorno: buscando respuestas en el silencio
Diario de un fotógrafo nómada

Santo Domingo de Silos: una abadía del siglo XI con monjes del siglo XXI

 
16
MAR 2006

Es el mes de marzo. Los campos de la vieja Castilla empiezan a despertar del letargo invernal y las cigüeñas construyen sus nidos sobre las torres y campanarios que sus antepasados les enseñaron. Un año más, todo se repite con la misma cadencia. Y dentro de la abadía también hay un ritmo que se repite desde hace mil años.

Las últimas nieves del invierno se van retirando y los campos de cereales se visten con el verde de los primeros brotes. Bajo un cielo plomizo, bandadas de aves anuncian ruidosas la llegada inminente de la primavera.

Foto: Nómada
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Son las seis de la tarde y estoy entrando en la hospedería de la Abadía de Silos. Fray José Luis, el monje portero, sale a mi encuentro para darme la bienvenida, acompañarme hasta los aposentos que ha escogido para mí e informarme de las reglas básicas que rigen la estancia de los huéspedes.

Foto: Nómada
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Fray José Luis, con su tono jocoso y extrovertido, no hace otra cosa que cumplir con uno de los 73 mandamientos de la Regla de San Benito, la acogida al forastero: "Recíbanse a todos los huéspedes que llegan como a Cristo, pues Él mismo ha de decir: Huésped fui y me recibieron".

Foto: Nómada
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En la hospedería sólo se admiten hombres y nunca por períodos inferiores a tres días o superiores a ocho.

Conviene tener claro que no se trata de un hotel para hacer turismo; a pesar de todo, los monjes sólo piden al huésped respeto hacia sus costumbres y no quebrantar las sencillas normas de la que, en definitiva, es su casa. Ni tan siquiera se exige asistir a los oficios que celebra esta comunidad religiosa; sólo acatar el silencio y los horarios internos.

Foto: Nómada
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Los hospedados en Silos son personas de muy diversa condición y creencias. Hombres que buscan en el silencio y el retiro el tiempo de reflexión que no tienen en su vida personal, la paz interior y la espiritualidad perdidas en el fragor del día a día.

Foto: Nómada
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El Monasterio de Silos nace entre los siglos VII al IX, fruto de la actividad de monjes ermitaños y pequeñas comunidades monásticas en esta comarca de Burgos. Pero es en el año 1041 cuando adquiere auténtica carta de naturaleza, con la llegada del abad Santo Domingo, que se hace cargo de él hasta el final de su vida, 32 años después.

Foto: Nómada

A partir de entonces, la Abadía de Silos fue creciendo en importancia y pujanza. Se construyó su célebre claustro románico y edificios colindantes, y llegó a convertirse en epicentro cultural, así como relevante destino de peregrinaje.

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La Abadía de Silos nunca tuvo el tamaño, importancia o influencia de otros grandes cenobios, como el de Cluny, Ripoll, Oña o Montecasino, pero sí destacó por su gran devoción hacia Santo Domingo y por el celo en conservar su mayor tesoro: los manuscritos.

Más recientemente, hace unos 25 años, los monjes de Silos realizaron una serie de grabaciones de cantos gregorianos que alcanzaron tal éxito que catapultaron el nombre del Monasterio, incluso más allá de nuestras fronteras.

Foto: Nómada

En los Monasterios el claustro constituye la zona medular, especialmente en aquellos dedicados a la clausura y el retiro. Un espacio para pasear, meditar u orar al aire libre, pero también el lugar donde confluyen las piezas más importantes del conjunto arquitectónico, como la iglesia, la biblioteca, el acceso a las habitaciones, la Sala Capitular...

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La iglesia, el elemento más importante, se situaba siempre al norte, por ser el edificio más alto y que más protegía de los vientos gélidos del invierno; el ábside miraba a Jerusalén.

El segundo elemento en importancia era el Capítulo o Sala Capitular, el lugar desde donde se ejercía el gobierno del Monasterio o se elegía a su abad. También era el sitio donde los monjes eran citados para resolver sus diferencias en presencia del abad y de toda la comunidad. Precisamente de ahí viene la expresión popular "Le han llamado a capítulo".

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Si por algo se caracteriza la iconografía del arte románico es por la riqueza en la decoración de los capiteles, y el claustro de Silos, presidido por un enorme ciprés de 30 metros de altura, es una de las expresiones más bellas de esta corriente cultural.

Foto: Nómada

Los maestros carpinteros vistieron su techo con un delicado artesonado policromado, al tiempo que los artesanos canteros cincelaron animales, plantas y escenas de gran belleza en los capiteles, haciendo una obra maestra diferente de cada uno de ellos.

Y en cada esquina extraordinarios bajorrelieves cuentan la genealogía de Cristo, el viaje de Emaús, la Anunciación... Filigranas en la piedra que contrastan con la austeridad del resto del edificio, como exigía el arte románico.

Foto: Nómada
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En este Monasterio se cultivó la cultura como en ningún otro, creándose una escuela monástica de artes y oficios que aún hoy perdura. En aquellos siglos en los que la gente era iletrada, la escultura y el relieve en piedra de las paredes de los edificios religiosos eran los únicos "libros" que el pueblo campesino sabía leer. De ahí la importancia que tenían los trabajos de cantería.

Foto: Nómada
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Silos, en la época medieval, adquirió además gran renombre por los trabajos de esmalte que realizaba el entonces considerado como mejor orfebre del mundo conocido: el célebre Maestro de Silos, al que se debe el Frontal de Silos, una pieza de cobre esmaltado de casi dos metros en la que puede verse a Cristo con sus Apóstoles. Esta pieza, labrada para cubrir el sepulcro de Santo Domingo de Silos, está considerada como uno de los esmaltes más bellos del mundo.

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A partir de aquellos siglos de la alta Edad Media y posteriores, los Monasterios vivieron su máximo esplendor, gozaron de gran poder e influencia política y llegaron a acumular grandes riquezas.

Entonces se creía que el ser enterrado dentro de un Monasterio garantizaba un lugar en el reino de los cielos. Así pues, las familias poderosas, reyes y nobles trataban de asegurar su enterramiento dentro de conventos y monasterios (y lo más cerca posible del altar), donando a las órdenes religiosas importantísimos bienes, heredades, tierras y herencias. Todo era poco con tal de conseguir un buen sitio donde ser enterrados.

Foto: Nómada

La elección del lugar de sepultura, las misas, las intercesiones y bulas o las oraciones -a veces a perpetuidad- por el alma del difunto tenían un precio muy alto y suponían un negocio muy lucrativo para los monasterios. Así, Santo Domingo de Silos también se hizo con un importante patrimonio en bienes materiales y tierras.

Foto: Nómada
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Otro de los lugares eminentes de un monasterio era la cámara del tesoro, donde se guardaba el dinero de las ofrendas, los códices más valiosos y, sobre todo, las escrituras de propiedad de todos aquellos bienes que recibía. Hoy, en Silos existe un museo donde pueden verse hermosas piezas de orfebrería y hasta un antiquísimo tímpano de la iglesia primigenia.

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Una de las piezas que más llama mi atención es un relicario exquisitamente esmaltado. Como su nombre indica, servía para guardar reliquias, y en aquella época los huesos de los santos causaban furor.

Los monasterios competían por tener las mejores reliquias y de esa forma conseguir más visitas de fieles, peregrinos y nobles. A mayor número de visitantes, mayor era la cantidad de óbolos y donativos que recibía el monasterio para sus arcas.

Debió ser entonces cuando se acuñó una frase que oí dentro de la Abadía: "La caridad cuesta dinero", y no sin razón, porque muchas de las ofrendas recibidas se gastaban en cobijar y alimentar gratuitamente a todo el que por allí pasaba.

Foto: Nómada

Dentro del Monasterio parece que el tiempo se detuvo nadie sabe cuándo. Sin embargo, los días pasan imperceptiblemente. Desde la ventana de mi celda veo el sol que se oculta tras las colinas del valle.

Suena de nuevo esa campanilla que anuncia por todas las estancias que el oficio de Vísperas va a comenzar. Me dirijo hacia el lugar de reunión, y por el camino veo aparecer por diferentes puertas siluetas silenciosas que van en mi misma dirección. Son los monjes que van a orar. Me siento con ellos en la sillería del Coro.

"Deus, in auditorium meum intende..." Comienza la oración, y el canto gregoriano se alza mansamente hacia las estrellas. Una sensación de paz me invade al tiempo que cierro los ojos.

Y oigo una voz en mi interior que me pregunta quedamente, a mí, que he viajado a las tierras más remotas, si no me falta el más extraordinario de los viajes, el que me llevará a conocer el lugar más recóndito: mi propio yo.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican, normalmente, el primer y tercer jueves de cada mes.

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