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OpiniónContando píxeles

El malvado Samuel Aranda

 
18
MAR 2013

Es normal que desconfiemos de ellos. No contentos con provocar guerras para poder hacer fotos épicas de esas que ganan premios una vez retocadas o de pegar a niños pobres para que la instantánea quede más dramática con lágrimas -todo el mundo sabe que es así-, la vileza de los fotoperiodistas llega hasta el punto de pretender cobrar por su trabajo. Como si apretar un botón fuera un trabajo. ¿Y qué más?

Con estos antecedentes no es de extrañar que los ciudadanos de bien estén siempre al quite, intentado cazar en fuera de juego a uno de estos malvados reporteros. Para desenmascararles de una vez por todas y dejar bien claro que sólo les mueve su ego y las ganas de enriquecerse.

Y es que no hay mejor manera de forrarse que jugarse la vida con una cámara al cuello en guerras que a nadie importan. Eso es lo fácil, demagogos. Los auténticos héroes de la fotografía son aquellos que, a base de sesudos ensayos y mucha reflexión, consiguen trincar 110.000 míseros euros, gentileza de un premio Hasselblad.

Buen ejemplo de este tipo de fotógrafo sin escrúpulos es Samuel Aranda, flamante ganador del premio World Press Photo a la mejor foto de 2011. Como si semejante reconocimiento no fuera suficiente, hace unos días tuvo la osadía de no querer colaborar de forma desinteresada -sin cobrar, por si alguien no capta el sutil eufemismo- con una gran editorial que prepara un libro sobre Extremoduro. ¡Egoísta!

Aunque este detalle ya nos dio una pista sobre el tipo de personaje que se esconde tras la cámara, una astuta "investigadora de la cultura visual y la literatura" ha puesto sobre la mesa en un artículo publicado por Duckrabbit una estremecedora historia que sitúa a Aranda -y por extensión a todos los fotoperiodistas- cerca de Bin Laden en lo que a maldad respecta.

Y es que no hay mejor manera de forrarse que jugarse la vida con una cámara al cuello en guerras que a nadie importan

Resulta que este reportero de Santa Coloma de Gramenet -catalán tenía que ser- licenció su ya famosa foto de Yemen para que pudiera ser utilizada en la portada de un disco y en camisetas del grupo canadiense Crystal Castles.

¿En qué ha convertido Aranda esta imagen? En un simple trofeo del hombre blanco que va de caza y retorna victorioso al Imperio. Algo así dice con su afilada pluma nuestra enfadadísima opinadora, que no duda en definir la decisión de Aranda como una prueba evidente de la ceguera del fotoperiodismo. ¡A la hoguera con el maldito fotógrafo vendido al consumismo y al mercado!

El artículo en cuestión ha sido muy comentado durante estos días y el propio fotógrafo ha salido al paso de las acusaciones. Además de extrañarse de que la autora del artículo no se haya molestado en pedirle su opinión sobre el asunto -un anticuado, este Aranda-, anota un par de detalles interesantes sobre su decisión de permitir el uso de la foto en este disco.

Resulta que las personas que aparecen en esa instantánea que tanto recuerda a la Pasión están informadas y de acuerdo con la iniciativa. Además, los músicos en todo momento vincularon su propuesta a un mensaje político y de difusión de lo ocurrido en Yemen. Digamos que la madre abrazando a su hijo herido no es algo así como una Hello Kitty para conseguir una camiseta mona.

Dejando a un lado el sarcasmo, no deja de ser sorprendente esa especie de presunción de culpabilidad que rodea a los fotoperiodistas y la facilidad con la que se desenfunda el cuchillo ante la mínima duda sobre su integridad. Como si más allá de dedicarse a uno de los peores trabajos del mundo -en términos estrictamente laborales- tuvieran que demostrar cada día su pureza espiritual.

Ni que decir tiene que Aranda está en su perfecto derecho de hacer lo que le plazca con sus fotos. Incluido ganarse la vida con ellas. Conociendo su discurso (se ve que la autora del polémico artículo no se ha molestado en investigar sobre el proyecto #despuésdelaprimavera y el trabajo para ir más allá de la instantánea puntual), cuesta desconfiar de sus motivaciones. Y hacerlo señalando la portada de un disco sin molestarse en ir un poco más allá es bastante ridículo.

En cualquier caso, estaremos atentos para ver la reacción de esta pensadora cuando se entere de que Rage Against the Machine usaba la icónica imagen del Che en sus conciertos y algún disco. Esperemos que antes de acercarse al teclado para destapar semejante escándalo alguien le explique que Alberto Korda -autor de la foto- murió hace 12 años. Y que nunca cobró ni un duro por el famoso retrato del revolucionario cubano. Detalles sin importancia, claro. Seguro que era otro de esos malvados fotógrafos.

La columna de opinión "Contando píxeles" se publica, normalmente, el primer y tercer lunes de cada mes.

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