• Karakorum Highway: la carretera más audaz jamás construida
  • Khunjerab Pass: por encima de las nubes, por debajo de las cimas
Diario de un fotógrafo nómada

Karakorum Highway: el peligroso camino hacia la ciudad de Shangri Lá

 
16
FEB 2006

Retorciéndose por un paisaje vertical y convulso, entre barrancos mortales y paredes que amenazan con desplomarse en cualquier momento, la KKH sigue subiendo tenazmente hacia su destino en las nubes. Por el camino, las piedras hablan de hombres que pasaron por allí hace 2.500 años.

Son las 6:00 de la mañana y ya rodamos por la KKH. Recorrerla sin prisa pero sin pausa puede llevar tres o cuatro días hasta la frontera chino-pakistaní, en el mítico Khunjerab Pass. Curvas, calor y cansancio serán nuestros compañeros de camino. Mirando hacia abajo para no despeñarnos en cualquier precipicio, mirando hacia arriba para no ser sorprendidos por los constantes desprendimientos.

Foto: Nómada
Foto: Nómada

La KKH está construida sobre el mismo trazado de la milenaria Ruta de la Seda, de tal forma que en muchos tramos discurren ambos paralelos, cuando no el uno sobre el otro. Por el camino todavía pueden verse petroglifos de miles de años de antigüedad, realizados por personas que circulaban por esta legendaria vía.

Foto: Nómada

Monjes, viajeros, soldados, mercaderes, cazadores... Todo el que supo dibujó sobre las piedras del camino los animales que cazaba para sobrevivir o los símbolos de los dioses a los que se encomendaba.

No es para menos. Estando en esos parajes uno piensa que sólo el cielo puede sacarle de aquella tierra estremecedora, océano sin fin de montañas gigantes, donde detrás de una aparecen tres mayores para desolación del que quiere salir de allí.

Foto: Nómada

En la región de Chilas encontramos las primeras huellas de aquellos pioneros. Budas sentados en la posición del loto, estupas e inscripciones en brahmi que nos hablan de la espiritualidad de quienes las hicieron allá por el siglo VI antes de Cristo.

Foto: Nómada

Pasan los kilómetros y las horas. El sol está en su zenit y es tiempo de bajar de lo espiritual a lo material: Raiss me indica que paramos a almorzar en un lugar donde nadie diría que hay algo de comer o beber, si no fuera por dos polvorientas cajas de Pepsi que yacen a la puerta de la casucha y un viejo carro cargado con mangos medio podridos por el calor.

Foto: Nómada

En el interior, un humilde pero limpio comedor y varias mesas con hombres de aspecto afgano dando cuenta de las viandas que el mesonero sirve diligentemente. Al vernos, se hace el silencio y todos lo ojos se vuelven con sorpresa y curiosidad hacia nosotros.

Foto: Nómada

En cada mesa, un latón lleno de agua en el que los comensales meten sus vasos para llenarlos y beber. Naturalmente, el alcohol no existe. Raiss habla algo con el tabernero, y al cabo éste se acerca con un pan, una ensalada, una escudilla de garbanzos y el omnipresente guiso de carne pakistaní: el Karaghi.

Cuando ahí fuera hace 43 grados, la perspectiva de comer garbanzos puede ser devastadora para la moral del viajero. Sin embargo, y contrariamente a los malos presagios que mi estómago presentía, quedo sorprendido por la exquisitez de la legumbre y la carne guisada en esa especiada salsa de tomate.

Foto: Nómada

Después de la pitanza lo que pide el cuerpo es una siesta, cosa que los afganos allí presentes hacen en la misma mesa donde han comido. En muchos sitios de Pakistán, los asientos son como somieres donde te puedes sentar o tumbar.

Me consuela pensar que podré echar una cabezada en el bus. Sin embargo, siento lástima por el bueno de Raiss, que deberá conducir y tratar de no caer ni en los brazos de Morfeo... ni en los del Indo.

Foto: Nómada

Nos disponemos a salir cuando de una puerta interior que da al comedor sale una figura femenina tapada de pies a cabeza. Camina a pequeños pasos entrecortados, ya que no puede ver nada, su cabeza está envuelta en varios chadores que le llegan hasta la cintura. Dos hombres la llevan de cada mano para ayudarle a cruzar el comedor.

Raiss me dice que esta gente son afganos y que no permiten que sus mujeres sean vistas por otros hombres; por eso la llevan así. En ese momento caigo en la cuenta de que en las horas que llevamos transitando por esta región no he visto ni una sola mujer.

Foto: Nómada

Subimos de nuevo al bus para seguir remontando la KKH. El calor sigue apretando y yo a duras penas consigo mantener los ojos abiertos. En el asiento de al lado, Raiss tiene que hacer esfuerzos para mantener los ojos abiertos. Se moja la cara con agua mineral que lleva junto al parabrisas, agua que por su temperatura serviría mejor para hacer un té que para espabilarse.

Foto: Nómada

Perder el rumbo no es fácil, ya que tanto la Ruta de la Seda como la KKH se abren paso por el único lugar posible para ello. No hay sitio físico para otro trazado. Tanto es así, que muchas veces se circula por lugares imposibles, atravesando curvas en medio de un torrente o apoyándose en laderas de precaria estabilidad.

Foto: Nómada

Condiciones meteorológicas extremas, paredes de gran verticalidad y jóvenes montañas todavía asentándose: la combinación perfecta para que las laderas sean una amenaza permanente, especialmente durante los meses de octubre a julio.

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Unos golpes en mi brazo me despiertan. El conductor me avisa de que ahí delante hay un desprendimiento. Poco a poco, aminora la marcha hasta pararse en la pequeña cola que se ha formado. En la KKH el poco tráfico que hay es casi exclusivamente de camiones y pequeños transportes colectivos.

Foto: Nómada

Afortunadamente, lo más grueso ya ha caído sin provocar ninguna víctima, pero todavía siguen desprendiéndose piedras y restos de ladera. El ejército pakistaní y la policía ya han llegado y están tratando de limpiar la carretera.

Foto: Nómada
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Sabe Dios cuánto tiempo tardarán en despejar el paso, pero observando a la gente que ha quedado atrapada como nosotros, no parece que les preocupe demasiado esta incógnita.

Foto: Nómada

Estos chóferes son gente experta y no pierden el humor por esto; conocen bien cómo se las gasta la KKH. Tratan de pasar el rato como buenamente pueden; unos durmiendo, otros mirando cómo limpian de rocas la calzada y otros contando las exhaustas gallinas que transportan, no sea que en alguna curva haya "volado" alguna.

Foto: Nómada
Foto: Nómada
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Finalmente, se abre un estrecho carril para que puedan pasar los vehículos. Arrancamos y retomamos el camino hacia Gilgit, una aldea kashmir donde el fundamentalismo islámico está muy arraigado entre sus habitantes. Los propios pakistaníes llaman a esta zona "territorio tribal". Raiss me dice que en esta población no es prudente fotografiar, así que guardo mi equipo en la mochila a la espera de situaciones menos comprometidas.

Foto: Nómada
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Después de hacer noche en Gilgit, al alba emprendemos nuevamente el camino. La KKH nos irá llevando por debajo del Rakaposhi -la pared brillante-, un gigante de casi 8.000 metros de altura (7.788 metros, concretamente), rodeado de tres inmensos glaciares y del que se dice que es uno de los picos más bellos que se pueden contemplar en todo el mundo.

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El Indo ha desaparecido y a nuestro lado corre el Nagar, cuyas aguas nos acompañarán hasta darle el testigo al turbulento río Hunza.

La carretera sigue subiendo y ya rodamos desde hace horas a más de 3.000 metros de altitud para llegar a Karimabad, donde pararemos unos días. Aquí, en el corazón del valle de Hunza, descubriremos un paraíso colgado del cielo.

Foto: Nómada

La localización de la mítica ciudad de Shangri Lá es todo un misterio. Unos dicen que está al norte de la India, bajo los contrafuertes del Himalaya. Otros especulan con que está en Nepal, en algún valle perdido en lo más profundo de los Anapurnas. Por último, los antiguos viajeros de la Ruta de la Seda aseguraron haberla visto aquí, en el valle de Hunza, junto al Nanga Parbat y el Rakaposhi.

Foto: Nómada

Yo, que conozco los tres países, tampoco sabría asegurarlo. Sólo sé que este rincón del mundo, el valle de Hunza, tan hermoso, tan olvidado, tan desconocido, merece el protagonismo de nuestro siguiente artículo.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican, normalmente, el primer y tercer jueves de cada mes.

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