• No hay artículos previos de esta serie
  • Mongolia: la naturaleza salvaje aún existe
Las postales perdidas del tío Matt

Rusia: descubriendo al gigante

 
1
JUL 2009

Rusia. La madre Rusia. Ocho horas de diferencia de usos horarios entre punta y punta. Un idioma distinto, un alfabeto diferente, una gente que se va mezclando en un país que comienza en Europa y acaba en la punta más oriental de Asia. Vodka y un viaje en tren. San Petersburgo y Moscú se convierten en la primera escala de un viaje que me llevará a recorrer el globo terráqueo.

Ahí se encuentra, imponente, desafiante, ocupando gran parte del mapamundi, la inabarcable Federación Rusa. Cómo afrontarla, cómo poder siquiera intentar conocerla en algo menos de un mes. Qué hacer, qué dejar de hacer. ¿Y el idioma? ¿Quién se acuerda del idioma?

Oh, cielos. ¿Por qué no me iría a la playa, que está llena de chiringuitos en los que sirven la cervecita como a mí me gusta, fresquita y bien tiradita?

La catedral de San Basilio, en Moscú. | Foto: Ignacio Izquierdo

El problema está en los que hacen las fotos. Que además es todo mentira. Todo Photoshop. Pero te corroe la envidia y te dan unas ganas de ver mundo que cualquiera se aguanta.

¿Y si no fuera Photoshop?

El magnífico arte ruso y la catedral moscovita del Cristo Salvador. | Foto: Ignacio Izquierdo

Ciertamente, recuerdo que en algún momento de mi vida leí un reportaje de San Petersburgo cuyas fotos mostraban fantásticos dorados, esculturas refinadas y adornos rimbombantes en sus edificios que me dejaron completamente impresionado. Desde entonces, siempre había estado en la lista de mis destinos deseados. Era el momento de saldar cuentas.

Me llamaba también la atención la experiencia de cruzar el vasto país haciendo el mítico recorrido transiberiano, que tanto misticismo genera a su alrededor, como si fuera una ruta obligatoria para todo aquel que tiene alma de viajero.

Puntos suspensivos en los jardines de San Peterhof, en San Petersburgo. | Foto: Ignacio Izquierdo

¿Sería para tanto? ¿Merecería la pena? ¿Quién querría pasarse varios días metido en un tren por voluntad propia? Habría que comprobar in situ los efectos de semejante fenómeno. Esos serían los dos grandes pilares de mi recorrido por el país.

Foto: Ignacio Izquierdo
Foto: Ignacio Izquierdo

Llegué a San Petersburgo en las últimas semanas de mayo, esperando un frío polar para el que iba convenientemente preparado. Pero la ciudad, en la víspera de sus noches blancas en las que, debido a la latitud, la oscuridad total nunca llega, me sorprendió con una más que agradable temperatura que me permitía estar en camiseta durante el día y con una leve chaqueta por las noches. Perfecto.

Las magníficas fuentes doradas de los jardines del palacio de San Peterhof. | Foto: Ignacio Izquierdo

Fue mi primera impresión de una ciudad preciosa, que se sabe que vivió tiempos mejores, llenos de esplendor, como los de esa dama elegante a la que las arrugas han ido arando su rostro y piel, pero que en su juventud fue tremendamente bella.

San Petersburgo: un poquito de color en las catedrales. | Foto: Ignacio Izquierdo

Las calles de colores, muchas de ellas ya desvencijadas pero llenas de encanto, y los canales que las atraviesan. La joya del zar Pedro el Grande, que aunque requeriría de un artesano que la volviera a pulir, seguía brillando. Se me olvidó el concepto del tiempo al pasear por las orillas del río Neva, convenientemente engalanado con azules cielos y preciosas nubes.

El Hermitage sobre el Neva. | Foto: Ignacio Izquierdo

¿Sería cierto? ¿Me estarían engañando mis sentidos? Había de serlo, pues aún no había empezado a ingerir vodka.

La Fortaleza de San Pedro y San Pablo, las infinitas salas del Hermitage (donde hay que entrar convenientemente desayunado, no acabe uno con una pájara y pidiendo el cambio), las fuentes doradas del Palacio de Peterhoff, los descomunales jardines del Palacio de Catalina la Grande o los magníficos interiores de la Iglesia del Salvador sobre Sangre Derramada (una maravilla, a pesar del nombre). ¿Quién no querría perderse por allí?

"Venga, no seas tímida..." | Foto: Ignacio Izquierdo

Reconozco que me sorprendió la sequedad de la gente. Especialmente la de ellos, que si bien no me trataron nunca mal, tampoco lo hicieron bien. Comentan las malas lenguas que un extranjero en esas tierras o está por allí para robarles a sus preciosas mujeres o algo malo estará tramando. Muy escamoso, tovarich. Y además, lleva un trípode. Lagarto. Lléname el vaso y estemos al tanto, a ver qué se cuece este pájaro.

Abandonaba San Petersburgo para dirigirme a Moscú en el tren nocturno. Los trenes nocturnos son un gran invento para los que, como yo, viajamos con poco presupuesto, pues aunamos viaje y alojamiento en el mismo precio.

Paseando por los canales de San Petersburgo bajo la atenta mirada de la catedral de San Isaac. | Foto: Ignacio Izquierdo

Además, tienes el extra de compartir el tren con los mismos rusos que antes te lanzaban las mismas miradas envenenadas. Pero dentro de los vagones se transforman. Se vuelven dicharacheros, e intentan hacerte sentir cómodo aunque no entiendas ni una palabra. Nunca es tarde para darse a la mímica.

La experiencia será más divertida cuanto más baja sea la clase en que se viaje. Platskartny (tercera clase) es la opción preferida para una experiencia tremendamente rusa.

Entraba en Moscú sin demasiadas buenas referencias (ni buenas expectativas). Así me lo habían pintado. Cuidadín con la Militzia, que son todos unos corruptos. Se quedan con tu pasaporte y sólo te lo devuelven a base de un buen unte de rublos. Extorsión y chantaje. Mal vamos, si llegamos a un lugar donde a lo último que quieres encontrarte es a sus cuerpos de seguridad.

La terrible Militzia atemorizando a los turistas en Moscú. | Foto: Ignacio Izquierdo

Me esperaba más de lo mismo que en San Petersburgo, pero me encontré desafiando las previsiones, con gente mucho más curiosa por el viajero que, nada satisfecha con la imagen de ciudad hostil que tiene Moscú, animaban a recorrerla sin preocupaciones ni miedos.

Blancos y dorados dentro del Kremlin. | Foto: Ignacio Izquierdo

Así que, desafiando todas las predicciones, no sólo no tuve ningún problema, sino que me lo pasé en grande en la locura de sus calles. Si bien mi sentido arácnido me tenía alerta cada vez que veía a la Militzia, la verdad es que no parecían tener ningún tipo de interés en mi persona (a pesar de la evidente pinta de turista bastante despistado de la que hago gala).

La Plaza Roja, con la catedral de San Basilio al fondo. | Foto: Ignacio Izquierdo

Moscú es imponente. Se reconvirtió en la capital de Rusia en detrimento de San Petersburgo tras la revolución bolchevique y se destruyeron edificios históricos (especialmente iglesias y catedrales) para construir en su lugar rascacielos salidos de las páginas de Gotham City.

La luna asoma tras la Plaza Roja. | Foto: Ignacio Izquierdo

Es grande, descomunal, y a pesar de todo no llega a ser ni la mitad de bonita que San Petersburgo. Sigue siendo demasiado gris y hace mucho que sigue descuidada.

Pero Moscú, a sabiendas de que su aspecto no es su punto fuerte, potencia la vida de sus calles. No niego que el magnífico tiempo que me acompaño y que acabó obligándome a comprar crema solar antes de lo debido influyó para acabar encantado con ese lugar, pero lo cierto es que la gente parecía más alegre que en San Petersburgo, como si estuvieran orgullosos de vivir en esa ciudad.

Fuentes, fuentes, fuentes. Increíble el veranito moscovita. | Foto: Ignacio Izquierdo

Moscú era el punto de partida del tren Transiberiano. Tendía a pensar en el Transiberiano como un único tren que cruza la gran extensión rusa para llegar tras 10.000 kilómetros al Océano Pacífico.

Pero lo cierto es que no es un tren, sino un recorrido. Vamos, que hay de todos los tipos y colores. Unos más rápidos, otros más lentos, otras más firmes, otros que se mueven tremendamente. Son muchísimas las opciones de viaje, por lo que habrá para todos los gustos y bolsillos.

Atardecer tras el Rossiya 002, en algún lugar entre Moscú y Vladivostok. | Foto: Ignacio Izquierdo

De cualquier manera, lo que está claro es que, a menos que se haga un viaje con muchas y muchas paradas, vas a pasar buena parte del tiempo conociendo a todos los compañeros del tren. El roce hace el cariño, y al final son incontables las horas de conversación, de discutir y filosofar de la vida y la política.

Cogiendo la posturita. | Foto: Ignacio Izquierdo

Esa gente unos días antes desconocida se va convirtiendo en tu pequeña nueva familia. A compartir la comida, a ayudar a hacer las camas. Voy a preparar un té, ¿te preparo otro Tatyana? Uy, paradita de media hora. Vamos a recorrer los puestos de la estación, a ver qué nos podemos llevar al buche y almacenar en la despensa. ¿Que si jugamos a las cartas? Por supuesto. Y no te has bajado del tren y ya les estás echando de menos.

Decidí que no haría la ruta entera hasta el Pacífico por cuestiones principalmente monetarias y porque los viajeros que me iba encontrando me animaban a optar por la ruta alternativa que cruzaba Mongolia hasta Pekín.

Atardecer en la isla de Olkhom, en el lago Baikal. | Foto: Ignacio Izquierdo

Mongolia... Qué de misterio en ese nombre, qué de aventura en esas tierras. Decididamente, cruzaría por allí.

Ignacio Izquierdo explica que "comenzó recorriendo el mundo sin ser consciente de ello mientras seguía a su padre y su trabajo". Ahora, ha decidido dar la vuelta al mundo e inmortalizar el periplo con su buen ojo fotográfico. Su viaje se puede seguir en su blog, "Crónicas de una cámara", y en QUESABESDE.COM.

Los artículos de la serie "Las postales perdidas del tío Matt" (en homenaje al personaje de la serie "Fraggle Rock") se publican normalmente el tercer miércoles de cada mes.

0
Comentarios


  • Comenta este artículo

    No estás identificado

    Entrar