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Diario de un fotógrafo nómada

Un día de Ramadán en la ciudad de las mil mezquitas

 
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DIC 2007

Son las siete de la tarde y el sol cae por detrás de la mezquita Azul: es el momento en el que el aire se llena de cantos de muecines que llaman a la oración. El ayuno ha terminado por hoy, y Estambul, la vieja capital del mundo, se llena de bullicio y olor a comida que sale de los chiringuitos montados alrededor del hipódromo romano.

Camino esta vez por Estambul, capital del mundo durante siglos, donde la convivencia entre cristianismo e islam dejó de ser una utopía hace ya muchos años.

Estambul, una ciudad con un pasado tan intenso y repleto de historia que ha necesitado tres nombres, Bizancio, Constantinopla y Estambul, para poder resumir todo lo que ha significado para la humanidad.

Foto: Nómada
Atardece sobre el obelisco egipcio y los minaretes.

Se la llamó "la ciudad de las mil mezquitas", un sobrenombre ciertamente apropiado para esta inmensa urbe cuya silueta es un bosque de minaretes de todos los tamaños.

Los dieciséis millones de almas que van y vienen por sus calles son, en su inmensa mayoría, seguidores del islam, aunque ello no obsta para que otras minorías puedan practicar su culto en templos diferentes a las mezquitas.

Foto: Nómada
El "skyline" de Estambul está recortado por minaretes.

Entre todos los edificios dedicados al culto hay uno que merece mención especial: Santa Sofía, la grandiosa basílica que el emperador Justiniano ordenó construir, no para dedicarla a la advocación de ninguna santa, sino en honor de la Divina Sabiduría (Sancta Sophia, en latín, o Aya Sofía, en turco).

Foto: Nómada
Fachada principal de Santa Sofía.

Durante casi mil años, Santa Sofía fue la iglesia más grande de la cristiandad, hasta que Constantinopla cayó en poder del sultán Mehmed II, en 1453, que hizo de ella una mezquita. En 1935, Atatürk, el padre de la revolución turca, la transformaría en museo.

Foto: Nómada
El balcón desde el que el sultán asistía a los rezos en Santa Sofía.

En lo alto de la puerta de entrada se encuentra un extraordinario pantocrátor en mosaico. Al pasar bajo él, el visitante se encuentra con la imponente cúpula que corona Santa Sofía.

Foto: Nómada
Puerta principal. Encima, el pantocrátor.

Tal es la grandiosidad de Santa Sofía -sobre todo para su tiempo, año 537 después de Cristo-, que Justiniano, al ver su obra finalizada, exclamó: "¡Gloria a Dios por haberme juzgado digno de una obra semejante! ¡Oh, Salomón, te he superado!"

Foto: Nómada
Un rincón de una nave lateral.

La Plaza del Sultán Ahmet es un espacio único, la joya de Estambul. Allí se concentran varios de los edificios más relevantes de Turquía e incluso del mundo.

Foto: Nómada
Los mosaicos bizantinos de Santa Sofía se encuentran entre los más bellos del mundo.

Justo enfrente de Santa Sofía se encuentra la Mezquita Azul, una monumental construcción cuya extraordinaria belleza se debe a que el sultán que la mandó levantar ordenó que en ningún caso fuera inferior en esplendor a Santa Sofía.

Foto: Nómada
La Mezquita Azul: una obra extraordinaria.

La Mezquita Azul es tan hermosa que su diseño y construcción tuvieron que ser revisados a la baja, pues rivalizaba con la de Al-Haram en La Meca. En algunos aspectos superaba en prodigios a aquélla, la mezquita más sagrada, el santuario del islam. Allí, en la ciudad natal de Mahoma.

Foto: Nómada
Imagen de Al-Haram, la más sagrada de las mezquitas.

A pesar de ser un reclamo turístico de primera magnitud, la Mezquita Azul mantiene su uso como lugar de culto. Para preservar de alguna forma su carácter sagrado, los fieles entran por la puerta principal, mientras que los turistas lo hacen por la puerta sur.

Durante las horas de oración, todos los visitantes no musulmanes son invitados a salir de la mezquita hasta que finaliza el rezo.

Foto: Nómada
Interior de la Mezquita Azul, inmensa, pero de líneas airosas y refinadas.

Como ocurre, por ejemplo, con la Sagrada Familia de Barcelona, la Azul no es una de las mezquitas más visitadas por los fieles de Estambul. Cada uno prefiere ir a cualquiera de las que tiene en su barrio por comodidad y cercanía.

Las incontables mezquitas de Estambul guardan un ambiente muy íntimo; el silencio se siente espeso en el interior. Separada por celosías, hay una zona reservada para la oración de las mujeres.

Foto: Nómada
Mujeres orando tras las celosías.

Islam es una palabra árabe que significa "sumisión", y sus creyentes son los musulmanes o islamitas. La palabra "mahometano" es un término equivocado que induce a pensar que los musulmanes rinden culto a Mahoma, lo cual es incierto.

Foto: Nómada
Una pequeña mezquita de barrio.

Allah (Alá), es el nombre de Dios en árabe, y es igualmente utilizado por los árabes musulmanes y los árabes cristianos que siguen el Evangelio.

Cristianismo, judaísmo e islam son religiones monoteístas hermanas, y las tres se basan en un libro sagrado: el Evangelio de Jesucristo para los cristianos; la Torá revelada a Moisés para los judíos, y el Quran -o Corán- revelado a Mahoma por el arcángel Yibril -Gabriel- de los musulmanes.

Foto: Nómada
Este vendedor ofrece un único libro: el Corán.

Se cree que Mahoma era analfabeto. Pero entonces, ¿cómo pudo memorizar y predicar el Corán? Para los musulmanes es muy sencillo: se dio tal prodigio porque Alá lo quiso así, pues un libro tan complejo como el Corán sólo pudo revelarse por mediación divina.

Foto: Nómada
Un matrimonio escogiendo un Corán para comprar.

El Corán se divide en 114 capítulos o suras, y la religión musulmana se sustenta sobre cinco mandamientos, a los que llaman "pilares":

La fe, que se profesa con la frase "no hay más Dios que Alá, y Mahoma es su profeta".

La oración, que se realiza cinco veces al día: al amanecer, al mediodía, a media tarde (antes de que el sol se torne anaranjado), después del anochecer y antes de acostarse, en noche cerrada. Se debe rezar mirando a la Meca y siempre en árabe.

La limosna: ayudar al necesitado es obligatorio, y se piensa que repartir una parte de los bienes purifica el resto de lo que se tiene, de la misma forma que cuando se poda un árbol, éste brota con más fuerza y da más frutos.

El ayuno en el mes de Ramadán.

La peregrinación a la Meca, obligatoria para toda persona que pueda, física y económicamente. Esta peregrinación se hace vestido con un sencillo paño blanco, para que no haya diferencias de clases sociales y todos los peregrinos se vean y se sientan iguales a los ojos de Alá.

De ahí que las imágenes que vemos en televisión de la Meca nos muestren masas ingentes, cientos de miles de peregrinos ataviados de blanco inmaculado.

Foto: Nómada
El rezo se realiza con extrema devoción.

El calendario musulmán se basa en meses de 29 días y medio, es decir, el tiempo que tarda la luna en dar un giro completo sobre la Tierra. En Occidente lo llamamos "mes lunar", por eso el calendario anual musulmán lleva una diferencia de aproximadamente 10 días respecto a nuestro calendario solar.

En el islam, los doce meses tienen su nombre, como los nuestros, y en vez de enero, febrero y marzo, por ejemplo, tienen Muhárram, Safar y Rabi al-Awwal. De todos ellos, el noveno mes es Ramadán, el más especial para los musulmanes, el del ayuno.

Foto: Nómada
Orar y leer el Corán.

Al tratarse de un calendario lunar y tener ese desfase con respecto al calendario solar, el mes de Ramadán se va desplazando, adelantándose diez días cada año, de tal forma que su celebración va corriendo lentamente de estación.

Durante el Ramadán, todas las personas que han llegado a la pubertad deben abstenerse de comer, beber y mantener relaciones sexuales desde el amanecer hasta el anochecer. Tampoco está permitido fumar ni usar perfumes.

Foto: Nómada
Rezar: un acto de soledad.

Así como para nosotros, los occidentales, el día comienza a las cero horas de la medianoche, para los musulmanes el nuevo día empieza después del ocaso y muere con la siguiente puesta de sol.

Como el Ramadán no coincide con el calendario solar, hay años que cae en verano. Esto hace especialmente meritorio el ayuno, ya que los días son muy largos y las noches, cortas.

Foto: Nómada
La quinta y última oración.

Pero si en cada región del planeta, si en cada estación amanece y anochece a una hora distinta, ¿cómo saber cuándo iniciar y finalizar el ayuno? Mahoma estableció que, mientras haya luz para distinguir un hilo blanco de un hilo negro a simple vista, se deberá observar el ayuno total.

Con esta sencilla pero eficaz regla, todos los musulmanes del mundo saben cuándo deben comenzar y finalizar este mandamiento.

Foto: Nómada
Una musulmana mira con curiosidad a una turista occidental.

Las mujeres embarazadas o amamantando, los enfermos y las personas de viaje están dispensados, pero deberán hacer el mismo número de días de ayuno a lo largo del año cuando su situación vuelva a la normalidad.

Los ancianos también están eximidos, pero se les recomienda que durante todos los días de Ramadán alimenten a un necesitado.

Foto: Nómada
Un musulmán kurdo pasa las cuentas de su rosario.

Modernamente, durante el mes de Ramadán, algunas de las mezquitas más importantes se engalanan con letreros luminosos. Miles de bombillas escriben sobre el cielo frases de carácter religioso o citas del Corán.

Foto: Nómada
Las grandes mezquitas se adornan con frases luminosas.

El sol se pone, y desde los cientos de minaretes de la ciudad, los muecines, todos a una, comienzan a entonar una sobria melodía: es el Magrib, la llamada a la oración del atardecer.

Justo en ese momento, la ciudad sufre una explosión de vida. El ayuno ha terminado y la gente sale a la calle a celebrarlo.

Como si cada tarde de Ramadán fuera Nochebuena, los atascos de tráfico son monumentales, ya que todo el mundo quiere llegar a tiempo para el ocaso y salir de fiesta. Se hacen regalos, cantan y los más pudientes van a los restaurantes a celebrar la fiesta. Las colas para cenar son larguísimas.

Foto: Nómada
Largas colas a la puerta de los restaurantes.

Los más humildes -la mayoría- se juntan en comedores públicos que monta el ayuntamiento para estos días en unas carpas, en las que se distribuye la comida gratuitamente. Los hombres entran por un lado y las mujeres, por otro.

Foto: Nómada
Carpa donde se reparte gratuitamente cada atardecer la cena de Ramadán.

Muchas familias prefieren reunirse en los parques, extender un mantel sobre la hierba y degustar las delicias gastronómicas que sus mujeres han preparado con mimo durante todo el día.

Foto: Nómada
Las familias se reúnen para celebrar el fin del ayuno.

Son lo más parecido a nuestro "botellón", con la diferencia de que no se emborrachan -el alcohol está prohibido en el islam- y no alborotan, y cuando se van lo dejan todo inmaculadamente limpio.

En estas cenas familiares festivas no puede faltar el "lukum" de zanahoria y rosa, el "baklava" o el insuperable "ekmek kateif", los dulces conocidos en todo el mundo con el apetitoso nombre de "delicias turcas".

Foto: Nómada
Una foto típicamente familiar. El Ramadán se parece mucho a nuestra Navidad.

El islam no tiene sacerdotes, y en cada mezquita las oraciones son dirigidas por una persona que la comunidad escoge por sus conocimientos del Corán.

Ver rezar a un musulmán es conmovedor. Su devoción, sus expresiones y sus gestos hablan de una fe total en Alá y un acatamiento absoluto al Corán. La imagen se corresponde con el significado de "islam": sumisión.

Foto: Nómada
Los eruditos siempre están estudiando el Corán.

Como tantas veces ocurre, los textos se tergiversan, se manipulan las ideas y los símbolos se adulteran. En Occidente, hoy más que nunca, oír hablar del islam o del Corán provoca desasosiego, porque unos pocos se empeñan en convencernos de que son "el enemigo".

Foto: Nómada
Una alfombra típica de mezquita. Cada nicho está tejido para que quepa un fiel y se sitúen ordenadamente cuando oran en multitud.

Algunos grotescos gobiernos occidentales y sus enemigos, algunos infames gobiernos orientales, se ocupan a diario de sembrar la desconfianza entre ambos mundos y de que todos nos miremos mal.

Y procurando que cada día se arme la de Dios y Alá.

Foto: Nómada
Santa Sofía, que fue cristiana y musulmana.

Hoy el mundo es la PlayStation con la que ambos bandos juegan a esas guerras en las que mueren los demás, con ejércitos tecnológicos en un lado y jóvenes inmolables-desechables en el otro.

Foto: Nómada
Derviches de Konya danzando y orando en trance.

Y en algún sitio lejano donde la oscuridad se rompe con velas, los derviches, en éxtasis místico, siguen bailando su danza interminable, con una mano extendida hacia el cielo en la que Alá deposita la paz, y con la otra mano dirigida hacia abajo, para que esa paz descienda hasta la tierra y se extienda.

Y mientras escribo esto, más de mil millones de musulmanes ajenos a todo rezan a su Dios con los ojos cerrados, pidiéndole salud y trabajo para llevar mañana el pan a sus familias.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican normalmente el primer miércoles de cada mes.

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