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Con texto fotográfico

"Era como si su pensamiento vagase por cualquier otro lugar" Raffaele Petralla

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Foto: Raffaele Petralla
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JUN 2015
Declaraciones obtenidas por Ivan Sánchez

Una población de origen finés de más de medio millón de personas habita en los confines orientales de la Rusia europea. Raffaele Petralla convivió con los mari durante el tiempo suficiente para comprender la estrecha relación que les une a la naturaleza, hostil en épocas frías pero elemento indispensable de su identidad. El fotógrafo italiano, que robó este retrato a Natasha en un instante de introspección y melancolía, ha recibido recientemente una mención honorífica en el premio Giovanni Tabò del festival FotoLeggendo de Roma.

Raffaele Petralla

Siento una cierta fascinación por la antigua Unión Soviética y por lugares como el Mar Negro o Chernóbil. En 2011 descubrí casi por casualidad la república de Mari-El. En esta zona central de Rusia vive una población de origen finés que habla una lengua del grupo ugrofinés y practica una religión pagana animista. Sentí una gran curiosidad.

Ese mismo año Yuri, un músico folclórico que toca las melodías tradicionales de su pueblo, me invitó a su casa en Tonshaevo. Fue mi primer viaje a Mari-El, una región del tamaño de la Lombardía [similar a la Comunitat Valenciana] en la que viven 600.000 maris. Rodeados de la estepa hasta donde alcanza la vista, el clima influye notablemente en la vida de las personas, sobre todo por la dureza de la estación fría y porque el verano no dura más de dos meses.

El 90% de las mujeres del lugar trabajan en lo que en épocas soviéticas se conocía como kholkoz, unas fábricas gestionadas colectivamente. Hoy conservan su estructura intacta, con la diferencia que su gestión es privada. Natasha, la chica de la fotografía, tenía 22 años y apenas había acabado los estudios comenzó a trabajar en una de estas factorías.

"Después de retratarla le pregunté en qué estaba pensando: ‘La naturaleza es nuestro templo’, me respondió"

Su familia me ofreció quedarme con ellos unos días, y yo estaba en su casa cuando llegó de trabajar y se preparó un té. Ese día estaba particularmente callada, y llegado cierto momento dirigió su mirada hacia la ventana. Era como si su pensamiento vagase por cualquier otro lugar.

Comencé a divagar sobre sus sentimientos. Sabía que su prometido trabajaba como transportista y que estaba siempre de viaje, así que quizás estaba triste. O puede ser que se preguntase por su futuro: ¿había sido una elección acertada quedarse en su pueblo, con un trabajo fijo y la cercanía de sus padres? ¿O sería mejor probar fortuna con su novio en alguna gran ciudad?

Con esta percepción de la escena fotografié a Natasha mientras ella estaba absorta en sus pensamientos. Por una parte, el vestido que lleva simboliza su vínculo con las tradiciones de su pueblo y con su pasado, mientras que su mirada es una proyección hacia el futuro.

Después de retratarla le pregunté en qué estaba pensando: ‘La naturaleza es nuestro templo’, me respondió. Perdió inmediatamente ese aire de melancolía y no le hice más preguntas. Probablemente no estaba pensando en su novio, pero aquella respuesta tan decidida me hizo entender la importancia de la conexión de los mari -y de ella misma- con la naturaleza.

Para ellos no es solo su principal fuente de recursos económicos. Es incluso más que un lugar: es el sujeto dominante en esa particular dimensión espiritual que les distingue.

Un día Yuri me llevó frente a uno de los bosques sagrados que utilizan para determinados ritos gracias a un tipo de energía que no puede explicarse con la razón. Pero estos ritos ocurren solo cada cinco años y tienen prohibido adentrarse en el lugar durante ese intervalo, así que en noviembre del año pasado regresé para vivir la experiencia, que tuvo una atmósfera decididamente diferente a la de mi primer viaje.

El 1 de noviembre se considera la fecha de inicio de la estación invernal, y dada su dureza es el momento idóneo para pedir el favor de los espíritus que regulan los ciclos de la vida. Además, es la festividad de Todos los Santos, lo que recalca los lazos con el cristianismo. El blanco de la nieve que lo cubre casi todo, el humo de la leña que arde y el vapor de agua que sale de enormes calderas donde calientan agua para el ritual añaden misticismo a la ceremonia.

La crisis económica y los problemas de la modernidad han caído como una losa sobre los mari. En los últimos años muchos jóvenes han dejado sus pueblos para ir a la ciudad, donde es más fácil encontrar trabajo. Pero a pesar de esto no han perdido su optimismo por la vida. Da la sensación de que, de nuevo, los mari construirán su futuro sobre los cimientos de su mundo antiguo sin renunciar a la magia y las tradiciones de su pasado, pero viviendo y aceptando el presente.

Los artículos de la serie "Con texto fotográfico" aparecen publicados normalmente los jueves.

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