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Las postales perdidas del tío Matt

México: una grata sorpresa

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27
OCT 2010

Por qué negarlo: México no era uno de mis destinos soñados. La falta de conocimiento sobre lo que podría encontrar dentro de sus fronteras y la mala fama que arrastra -dicen de él que es tremendamente peligroso- no ayudó a la hora de tomar la decisión. Pero una vez allí, este colorido y sorprendente país hizo que se esfumaran todos mis temores. Gente amable, tremendamente hospitalaria y unos lugares para dejarte con la boca abierta. Menudo regalo.

Entré en México por el norte, llegando a los Mochis, en Sinaloa, zona tristemente famosa por ser escenario de guerras entre narcotraficantes. Uno podría pensar que en semejante lugar se vive con miedo. Lejos de ese estereotipo, me encontré aquí con gente asombrosamente tranquila y alegre, gente que se esforzaba en informarte de las mil y unas maravillas de su tierra, lo bello de sus habitantes y lo estupendo de su comida. Fue un "shock" demasiado grande el darme cuenta, una vez más, de lo injustas de las apariencias, de las nefastas consecuencias de la mala publicidad.

Amenizando la comida con música, sin preguntar y a cambio de la voluntad. México es tremendamente musical. | Foto: Ignacio Izquierdo

Quizás por eso, con ese aura de sorpresa, me dejó tan impactado el viaje en tren para cruzar la Sierra Tarahumara. Me adentraba en la Barranca del Cobre, que tras las lluvias que habían cubierto la región se veía como una impresionante versión del Gran Cañón del Colorado en Estados Unidos, sólo que esta vez con una capa verde de vegetación.

El Chepe, el tren que une Chihuahua con el Pacífico -de ahí su nombre-, cruza la Sierra Tarahumara. Antes de abrirse al turismo, éste era un viaje minero para explotar los recursos de la tierra. | Foto: Ignacio Izquierdo
La espectacular Barranca del Cobre, desde los miradores de Divisadero. | Foto: Ignacio Izquierdo

Viajar sin excesivos saltos de norte a sur (o en sentido contrario) permite ir viendo los cambios en la población y las costumbres de manera paulatina. De los sombreros de vaqueros y los pantalones, botas y cinturones de cuero tejanos de las zonas norteñas como Chihuahua, tan similares a lo que puede encontrarse al otro lado de la frontera, a las elaboradas vestimentas de los mariachis en Guadalajara, pasando por las variaciones en acento, entonaciones y comida de cualquier rincón.

Botas de cuero, indispensables para cualquier vaquero norteño en la zona de Chihuahua. | Foto: Ignacio Izquierdo

México se me iba apareciendo a base de pequeñas ciudades coloridas, diseñadas en cuadrículas por los colonizadores españoles, tan similares las unas con las otras. Inevitablemente se respira en ellas un aire que recuerda a muchas de las ciudades españolas, aunque con una identidad especial. Por mucho que quisiera parecerse a España, este país, fruto del mestizaje entre españoles e indígenas, tomó lo mejor de ambos mundos para convertirse en algo nuevo.

Las colinas moteadas de coloridas casas que pueblan Guanajuato. En este precioso lugar comenzaron los movimientos insurgentes que acabarían llevando a la independencia de México. | Foto: Ignacio Izquierdo
Arquitectura colonial española mezclada con murales, un elemento muy característico de la cultura mexicana. | Foto: Ignacio Izquierdo

Incluso su cristianismo profundo, que llegó para sustituir a la velocidad del rayo a los dioses de antaño, tiene aquí su propia y distintiva versión. Enarbolando la Virgen de Guadalupe, una de las que cuenta con más seguidores alrededor del mundo, desconcierta el sentido mucho más trágico que cobra la religión. Se siente mucha pasión, mucho fervor por la Iglesia. Incluso el ya fallecido Juan Pablo II se refería a México con un "siempre fiel".

 | Foto: Ignacio Izquierdo
Santos, más santos y la Virgen de Guadalupe por todas partes: en estatuas, estampas, murales, carteles... | Foto: Ignacio Izquierdo

Hablar de México es hablar de apenas cinco siglos de historia, de un país reciente que ha vivido demasiado. Bajo los tres siglos que comprendió la ocupación española se comenzaron a fraguar en lo que se conocía como Nueva España las bases de la fusión entre los que llegaban y sometían y los que habitaban la tierra y se resistían a desaparecer.

Dominando el lazo en un lienzo charro, el espectáculo derivado de los ganaderos que se encargaban de controlar reses y caballos en sus haciendas. | Foto: Ignacio Izquierdo

Después llegaría la independencia, y tras ella y el reconocimiento de un nuevo país llamado México se formarían demasiados grupos que aún a día de hoy siguen luchando por encajar los unos con los otros. No sólo los criollos y mestizos, sino muchos otros pueblos indígenas que han sobrevivido sin alterar demasiado sus costumbres.

Una india tarahumara, uno de tantos y tantos pueblos nativos de México. | Foto: Ignacio Izquierdo

Las calles donde se materializa esta mezcla rezuman energía: música norteña con música de banda; comidas tradicionales y regionales con puestos de tacos, quesadillas y similares; autobuses destartalados y "pickups" que transportan a todo el que quepa en ellos; gente moderna al lado de trajes tradicionales; mercados donde se apila la fruta fresca; carnicerías y pescaderías; ropa copiada; imitaciones de todo; juguetes; globos de colores; cantantes de rancheras que te abordan guitarra en mano y mariachis que se ofrecen para que consigas tu amor con una serenata. Sólo sentarse y mirar ya merece la pena.

El mariachi moderno: un chorro de voz acompañada de guitarrón, metales y violines, narrando historias casi siempre trágicas. | Foto: Ignacio Izquierdo
En contraposición con el mariachi moderno, el tradicional es más cercano a la cultura popular, con sus propios bailes y ritmos en cada zona de México. | Foto: Ignacio Izquierdo

Contrastan las pequeñas poblaciones con centros más turísticos, situados generalmente en las costas. Malecones por los que deambulan tantos turistas como buscavidas y vendedores ambulantes. Hoteles de lujo al lado de casas desvencijadas que luchan por mantenerse en pie. La selva adentrándose en las ciudades, rompiendo piedras, paredes y suelos. La sensación de estar inmerso en un todo destartalado que, de algún modo, funciona.

Carnitas, o cómo no hace falta cortar un cerdo antes de freírlo. | Foto: Ignacio Izquierdo
Gorditas, quesadillas, chiles rellenos... ¡pase a comer, güerito! ¿Qué va a querer? | Foto: Ignacio Izquierdo

Volví a sentir tras mucho tiempo una sensación similar a la que tenía viajando por el sudeste asiático. Ese mismo descontrol alegre y feliz, acompañado de sonrisas sinceras que no buscan más que una carcajada cómplice. Esas calles desordenadas donde se sucede lo inesperado.

Calles perdidas por Puerto Vallarta, alejadas de los hoteles turísticos de pie de playa. | Foto: Ignacio Izquierdo
Un pescador da de comer restos de pescado a las aves que rondan el puerto. | Foto: Ignacio Izquierdo

Así pasaron mis primeras semanas en tierras mexicanas, relajándome cada vez más, olvidando los miedos que acarreaba a mi llegada e intentando entender y adaptarme a su modo de vida, a su manera de ver las cosas. Y conociendo poco a poco su historia, que en mucha parte es también la nuestra. Próxima parada: Ciudad de México.

Con un tequila añejo todo se ve mucho mejor. Sin sal ni limón, sólo dejando los sabores fluir en lengua y paladar. | Foto: Ignacio Izquierdo

Ignacio Izquierdo explica que "comenzó recorriendo el mundo sin ser consciente de ello mientras seguía a su padre y su trabajo". Ahora, ha decidido dar la vuelta al mundo e inmortalizar el periplo con su buen ojo fotográfico. Su viaje se puede seguir en su blog, "Crónicas de una cámara", y en QUESABESDE.COM.

Los artículos de la serie "Las postales perdidas del tío Matt" (en homenaje al personaje de la serie "Fraggle Rock") se publican normalmente el tercer miércoles de cada mes.

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