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Las postales perdidas del tío Matt

Ciudad de México: los vestigios aztecas

 
24
NOV 2010

Por su gigantesca extensión de terreno y los aproximadamente 20 millones de habitantes que la pueblan (incluida su zona metropolitana) la ciudad de México impone. Pero también porque viene precedida de una fama de lugar sin ley del que nadie sale ileso, como una especie de Gotham City que helaría la sangre a cualquiera a base de robos, secuestros y acciones de semejante índole. Sin embargo, al llegar a la capital mexicana descubrimos que es una ciudad bastante tranquila (que vive, eso sí, a un ritmo mucho más acelerado que el resto del país), bajo cuyos cimientos se encuentran todavía los vestigios de la que fue una de las civilizaciones más importantes y efímeras: los aztecas.

Pocos restos quedan de aquel pueblo que dio nombre a un país: los aztecas, los mexicas. Al menos visualmente, pues en la ciudad de México casi todo su legado permanece bajo la superficie, enterrado por los siglos y las construcciones de los conquistadores hispánicos. Un nuevo orden fue surgiendo, literalmente, sobre los cimientos de otro.

Atardece en una de las pocas zonas de rascacielos de la megaurbe. No tengan miedo: la foto está recortada para que parezca más imponente. | Foto: Ignacio Izquierdo

La región mutó de la mano de los conquistadores en busca de oros y riquezas en el Nuevo Mundo, pero ya había sufrido una remodelación anterior. Antes de los Aztecas allí sólo había un lago, el Texcoco. Con alguna islita en medio, pero un lago, al fin y al cabo. ¿Que llevó a los aztecas a construir una ciudad encima?

Una vista de pájaro sobre la zona histórica, punto neurálgico de la ciudad, donde una vez estuvo el centro de Tenochtitlan, la gran y maravillosa urbe de los mexicas. | Foto: Ignacio Izquierdo
Foto: Ignacio Izquierdo
Reproducción según el Museo de Antropología de lo que fue Tenochtitlan. Hoy en día no queda rastro del lago: se vació y drenó para poder seguir construyendo encima.

Pues una visión. Así, como suena. El pueblo azteca comenzó a llegar desde el norte del país, vagando en busca de un águila que se comía una serpiente sobre un nopal. O al menos eso les dijo su dios Huitzilopochtli por boca de su sacerdote. Así que, tras una singladura de varios lustros, allí encontraron al águila devorando a la serpiente: en mitad del lago.

Quetzalcóatl y el Coloso (en la imagen inferior), parte de las celebraciones de "El Grito" que cada 15 de septiembre se suceden a lo largo y ancho del país. Se rememora el mismo grito que Hidalgo profirió para arengar a la población y sublevarse en contra del gobierno español, dando así lugar a la Independencia de México. | Foto: Ignacio Izquierdo

¿Quiénes eran ellos para contradecir las "palabras" de su Dios? Se pusieron manos a la obra, y en una compleja empresa de ingeniería, canales y pilares, crearon una de las ciudades más gloriosas que habría visto la humanidad.

Foto: Ignacio Izquierdo

Y una de las más poderosas civilizaciones también, pues se extendió a lo largo de 500.000 kilómetros cuadrados, llegando incluso hasta Guatemala, sometiendo a los pueblos y haciendo prisioneros para sacrificarlos y saciar a sus sanguinarios dioses, reclamando tributos y estableciendo rutas comerciales hasta América Central. Fue una capital artística, como hoy lo son París, Londres o Nueva York.

Foto: Ignacio Izquierdo
Foto: Ignacio Izquierdo
Plagados de historias y personajes, los murales que adornan muchos de los edificios gubernamentales son una de las muestras más representativas del arte mexicano.

Y en su esplendor, aparecieron los españoles para cambiarlo todo para siempre. Era 1521, y habían transcurrido apenas dos siglos desde que los mexicas llegaron al a pequeña isla en mitad de un lago. Más y más conquistadores, ejércitos, colonos y misioneros iban llegando desde el Nuevo Mundo. Los templos aztecas se destruían para crear iglesias y catedrales, y los aztecas fueron desapareciendo, muriendo como esclavos y mezclándose con los recién llegados.

Vidrieras en el castillo de Chapultepec, una construcción de la época hispánica ubicada en lo alto de una colina. | Foto: Ignacio Izquierdo

Tres siglos después, los descendientes de los colonizadores conseguían tras una década de guerra independizarse de España. Aparecía un nuevo país, que curiosamente tomaba el nombre de sus antiguos habitantes. Comenzaba una nueva época.

Y si te aburres, siempre puedes jugar a buscar similitudes con España. Como, por ejemplo, la Cibeles. Un, dos, tres... responda otra vez. | Foto: Ignacio Izquierdo

Hoy en día, Ciudad de México es un monstruo gigantesco y uno de los centros económicos de un país que sigue buscándose a sí mismo. Pero no es esta megaurbe tan claustrofóbica como uno pudiera imaginarse, sino que, por el contrario, está plagada de edificios de tres o cuatro plantas -y menos- que se extienden hasta donde llega la vista.

El bullicio del Zócalo, una de las plazas más transitadas y más grandes del mundo, siempre plagada de eventos. Y si no los hubiera, da igual: es un punto de encuentro de muchos de sus ciudadanos. | Foto: Ignacio Izquierdo

Hay una especie de rivalidad que "enfrenta" a Ciudad de México con todo el país. "¿El DF? ¿Los chilangos? Éstos se creen mejores que el resto", y el eterno "es demasiado peligroso" son los piropos que el resto del país les regala. A mí, sinceramente, me pareció un lugar bastante relajado (lo que no le quita el grado de desorden multiplicado por cien que ya reina en casi todo el país).

Las pompitas de jabón, un clásico que hacer furor en la capital. | Foto: Ignacio Izquierdo
Foto: Ignacio Izquierdo
Máscaras de lucha libre, uno de los "deportes" nacionales más populares, que por supuesto tiene sus "templos" en la ciudad de México.

Y es que suceden mil cosas en cada calle de esta ciudad. Con sólo sentarnos a mirar nos aseguramos horas de diversión. Coches por todas partes, puestos de ropa y comida que salen de la nada, vendedores ambulantes (que lo mismo te venden un libro para aprender a sumar que para hacer facturas o una colección pirata de los grandes éxitos del momento). Bailarines, mimos y mendigos que se cruzan con corbatas y gente emperifollada, entre parques y restaurantes, mientras hay quien grita vendiendo sus productos a ritmo de cumbia.

Color y bailes por las calles. Cualquier excusa es buena (a veces, ni siquiera existe). | Foto: Ignacio Izquierdo

Hay diversiones para todos los gustos, iglesias de todas formas y colores, murales que cuentan con todo lujo de detalle su historia, peleas de lucha libre con acrobáticas piruetas que te emocionan, paseos en barca, terracitas especializadas en tequila, centenares de tiendas de libros usados donde pasarte horas buscando y rebuscando, espectáculos y grandes actuaciones callejeras, niños jugando en las plazas, gente alimentando a las palomas, "descendientes" aztecas purificando tu alma. Aburrirse aquí es difícil.

Películas, ropa, aparatos electrónicos y similares, todos de dudosa procedencia, decoran cada calle. | Foto: Ignacio Izquierdo

Tan distinta como auténtica, Ciudad de México, el DF, bien merece, independientemente de las opiniones de cada cual, una buena visita.

Foto: Ignacio Izquierdo

Ignacio Izquierdo explica que "comenzó recorriendo el mundo sin ser consciente de ello mientras seguía a su padre y su trabajo". Ahora, ha decidido dar la vuelta al mundo e inmortalizar el periplo con su buen ojo fotográfico. Su viaje se puede seguir en su blog, "Crónicas de una cámara", y en QUESABESDE.COM.

Los artículos de la serie "Las postales perdidas del tío Matt" (en homenaje al personaje de la serie "Fraggle Rock") se publican normalmente el tercer miércoles de cada mes.

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