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miércoles, 02 de mayo de 2007
Petra: explorando la ciudad rosa del desierto (Parte II)
Desfiladeros, escaleras infinitas talladas en la piedra de las montañas y sendas intrincadas y ocultas para llegar a las cimas. Ahí, los nabateos, arquitectos de la piedra y el agua, erigieron los lugares más sagrados de Petra: el altar de los sacrificios y los misteriosos obeliscos de Dushara y al'Uzza.
Nómada.- Los nabateos fueron los más grandes ingenieros del desierto, no sólo por los fascinantes edificios que se han hecho célebres desde tiempos remotos, sino por la extraordinaria red de canales y cisternas que construyeron a lo largo de todo el enclave para aprovechar la escasa agua de la que disponían.

© Nómada
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Un beduino tocado con el llamado pañuelo "palestino".

Aquí, en mitad del desierto de la Arabia Pétrea, la temporada de lluvias es muy corta: se reduce a una o dos semanas durante el invierno, y cuando llueve lo hace de manera torrencial.

Los nabateos, si querían que su capital fuera la meca de las caravanas, necesitarían aprovechar cada gota que cayera para satisfacer las necesidades de sus habitantes y las de los miles de visitantes y animales que hasta allí llegarían.

Pero, ¿cómo consiguieron hacerlo?

© Nómada
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El mal tiempo deja sin trabajo a los camelleros.

El Siq, la insólita garganta por la que se accede a Petra, era en realidad la cárcava por la que el río Wadi Musa se precipitaba con grandes avenidas en la época de lluvias.

El resto del año, el lecho del Siq era un camino de piedras que conducía a un gran circo cerrado rodeado de altas montañas, un extraño lugar donde los nabateos supieron ver una fortaleza natural, un enclave inmejorable para levantar su capital, fácil de defender de las amenazas enemigas y con un suministro de agua que, bien planificado, abastecería a mucha gente durante todo el año.

© Nómada
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Este cauce y el túnel fueron excavados para desviar del Siq las aguas torrenciales del río Wadi Musa.

Los nabateos se consagraron como auténticos ingenieros hidráulicos, creando una red de abastecimiento y almacenamiento de agua que fue -y sigue siendo- objeto de admiración de las civilizaciones posteriores.

© Nómada
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El canal tallado sobre la pared del Siq recogía el agua de escorrentía de la montaña para llevarla a las cisternas.

Desviaron el cauce del río Wadi Musa para que las riadas de la estación de las lluvias no entraran por el Siq, arrasando a su paso la ciudad que planeaban levantar.

Al mismo tiempo, esculpieron un canal a lo largo de todo el desfiladero que recogería el agua que caía de las montañas para transportarla a las cisternas y fuentes de la ciudad.

© Nómada
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En muchos tramos del Siq hay canales a ambos lados.

Con esa técnica que les caracterizaba y los conocimientos del medio en el que habitaban, tallaron cientos de kilómetros de canales y horadaron todo el enclave con cientos de cisternas, muchas de ellas de más de 10 metros de profundidad.

Asegurando el abastecimiento y la abundancia de agua, los nabateos hicieron que Petra se convirtiera en una escala imprescindible en las rutas caravaneras. Día a día, crecía el número de caravanas, mercaderes, peregrinos, viajeros…

Las riquezas llegaban a Petra a borbotones y su fama se extendía por todos los rincones del mundo conocido.

© Nómada
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Esta tumba se conoce como la Tumba del Jardín por la abundante vegetación que la cubría cuando se descubrió. A su derecha, puede verse una cisterna de albañilería.

Se podía pasear a la sombra de frondosos árboles, admirar flores de intensos perfumes, oír el chapoteo del agua cayendo de numerosas fuentes… y en sus calles repletas de puestos de compra, venta o trueque, podía encontrarse casi cualquier cosa que uno deseara.

© Nómada
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Los beduinos que habitan en las cercanías tienen una vida mucho más humilde que la de los nabateos.

También construyeron un gigantesco teatro con capacidad para 8.000 espectadores.

El graderío, fiel a su estilo, fue tallado enteramente sobre la montaña. Se siguieron las pautas de los teatros romanos de la época, dando muestra, una vez más, de su vocación cosmopolita y su afán por asimilar lo mejor de las culturas y los modelos artísticos que de Oriente y Occidente recalaban en sus puertas.

© Nómada
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El magnífico circo, excavado en el monte que lo protege.

La ciudad se dividía en dos zonas: la formada por las paredes de las montañas, que estaban consagradas a edificios funerarios, rituales o monumentales, y la zona llana o central donde los nabateos levantaban sus edificios públicos, casas y calles. Esta vez sí, piedra sobre piedra, mediante albañilería.

© Nómada
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Las laderas de las montañas se reservaban para los edificios cultuales.

Algo me llama la atención durante el trayecto: veo muchas tumbas y triclinios funerarios, veo restos de edificios importantes de clara influencia arquitectónica romana o helenística, pero… ¿y los templos y lugares sagrados de culto propiamente nabateo?

© Nómada
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La famosa Tumba del Soldado Romano vista desde su triclinio, situado enfrente.

© Nómada
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El triclinio de la Tumba del Soldado Romano, el único edificio decorado por dentro, mostrando las vetas de arenisca.

Girándome hacia mi guía, le pregunto por qué no vemos ningún espacio de este tipo. Y apuntando con su dedo hacia el cielo, me dice: "Porque ellos oraban allí arriba, junto a las nubes."

Al poco, iniciamos la ascensión por una sinuosa escalera que se interna hacia las montañas. Los escalones, tallados hace 2.500 años, están muy erosionados en algunos tramos. El camino es uno de los itinerarios más sobrecogedores del complejo arqueológico.

© Nómada
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La escalera comienza a encaramarse por tortuosas gargantas.

Prevenido de la dureza de la ascensión, tomo un ritmo constante, acompasando mi respiración. Al ganar altura, las montañas empiezan a enseñar sus caras ocultas, paisajes prodigiosos imposibles de ver desde abajo.

100. 200. 300 escalones. Las fachadas de las tumbas asoman por todos los rincones; algún beduino pastorea con sus cabras.

400. 500. 600. Empiezan a pesar tantos peldaños. Parado para tomar aire, me quedo embobado observando las irisaciones multicolores de las rocas que nos rodean.

© Nómada
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Las vetas de la roca son, por sí solas, un verdadero espectáculo.

700. 800. 900 peldaños. La temperatura es gélida, pero el sudor me corre por la cara y la espalda. Waleed, el guía, maldice el cigarrillo que ha fumado después de desayunar, y yo, con la respiración entrecortada, ya no miro a ningún lado, sólo al siguiente escalón que tengo que abordar, que cada vez parece más alto.

© Nómada
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El viento glacial hace lagrimear a la niña beduina.

Por fin, a la vuelta de un recodo, en una pequeña cima, aparecen dos extraños obeliscos de proporciones colosales. El dios de los nabateos, la piedra, representado en estas dos figuras por las divinidades de Dushara y Al'Uzza.

© Nómada
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Los obeliscos de Zibb Attuf.

Lo más fascinante de todo es que los obeliscos no están colocados sobre el suelo, sino que emergen de él. Para dejarlos al descubierto, rebajaron la cima de la montaña más de 10 metros a su alrededor.

Realmente asombrosa, la técnica de construcción nabatea.

© Nómada
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El Alto Altar del Sacrificio, lugar más alto de Petra.

Un poco más lejos, subiendo a la cima más alta del entorno por un último tramo de escaleras, se llega al Jabal el-Madhbadh, el Alto Altar del Sacrificio, el lugar más sagrado e importante de Petra: un santuario con un gran triclinio, varios altares para las ofrendas y, cómo no, cisternas excavadas para recoger el agua que se utilizaría en las ceremonias.

Desde aquí, las vistas de Petra son espectaculares.

© Nómada
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Detrás del altar, sobre la montaña del fondo, se divisa la tumba del profeta Aarón.

Después de un rato en el que el dios pétreo de los nabateos nos regala unos minutos de sol para disfrutar de este lugar mágico, comenzamos a bajar de nuevo hacia la zona central de Petra, desde donde seguiremos nuestra visita hacia el célebre monasterio de Ad-Dayr.

© Nómada
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Algunos niños esperan a que se reúnan las cabras para traerlas a sus jaimas.

A lo largo del descenso me topo con nuevas sorpresas talladas en la piedra que sugieren que esta abrupta senda debió tener el carácter de "camino sagrado". En el fondo de la garganta, en un recodo, aparece esculpida la figura monumental de un león.

El lugar se llama la Fuente del León, y de su boca mana el agua interrumpidamente durante todo el año.

© Nómada
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Una abuela beduina ante la Fuente del León.

Avanzando por la Vía Columnata en dirección Este, al término de la calzada, comienzo una nueva ascensión, ahora hacia el gran monasterio rupestre de Ad-Dayr. Otra vez ante nosotros, una escalera interminable tallada en lo más abrupto de una angosta garganta.

© Nómada
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Las formaciones de rocas policromas provocan la admiración del viajero.

Los escalones, cerca de mil, trepan sin misericordia para salvar las pendientes casi verticales del Jabal Ad-Dayr. Por el camino diviso grupos de beduinos tomando té para calentarse.

Tras 40 minutos de esfuerzo, llego a la cima, donde se abre una gran explanada. A la derecha, sobre la ladera de la montaña, la colosal fachada de Ad-Dayr.

© Nómada
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El monasterio de Ad-Dayr.

El monasterio, de 40 metros de alto por 50 de ancho, está encajado y esculpido a base de vaciar pacientemente la montaña, en la cara más protegida de la terrible climatología de esa cima.

© Nómada
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En esta imagen se aprecia cómo el templo ha sido "arrancado" a la montaña.

Ad-Dayr se considera la fachada que mejor ilustra el gusto y estilo arquitectónico nabateo, un lugar de culto importantísimo para este pueblo que, a golpe de mazo y cincel, convirtió Petra en una joya, un jardín fresco y sombreado, un lugar sin parangón para asombro y admiración de todas las generaciones venideras.

© Nómada
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Nada mejor para terminar este fantástico viaje al pasado que un té a la menta.

Instruidos de la piedra y el cincel, eruditos del desierto, doctos en hidráulica… los nabateos, un pueblo casi desconocido, padre del actual mundo árabe, que dejó Petra en herencia a la humanidad para irse después en silencio, como hacen los hombres sabios.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican el primer miércoles de cada mes.

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