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miércoles, 04 de abril de 2007
Petra: explorando la ciudad rosa del desierto (Parte I)
Admirada y codiciada por todas las civilizaciones antiguas. Hermosa, seductora, inexpugnable. Un monumento a la genialidad del ser humano; un lugar único en la tierra. Petra: la bella que por la mañana se viste de oro y al atardecer, de rojo.
Nómada.- Si en pleno siglo XXI esta maravilla rupestre nos conmociona, ¿qué pasaría por la cabeza de aquellas civilizaciones antiguas, de aquellas caravanas y viajeros que después de semanas de atravesar el desierto pétreo de Edom se daban de bruces con la majestuosa y refinada Petra?

© Nómada
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Las caravanas ansiaban llegar a Petra para comer, beber agua, descansar en la frescura de la sombra y admirar su belleza.

Edom era el otro nombre por el que se conocía a Esaú. La palabra "edom" estaba relacionada con el color rojo y la piedra roja. Esaú era pelirrojo y sus descendientes, los edomitas, vivían en una ciudad rodeada de montañas de piedra rojiza: Petra.

© Nómada
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La policía del desierto vigila algunos enclaves de Petra.

En lo alto de estas montañas, en un lugar prácticamente inaccesible, todavía pueden verse los restos de la aldea edomita, que fue el primer núcleo urbano de Petra, y la posterior acrópolis que levantaron los primeros nabateos.

Encaramados en lo alto y con abundante agua almacenada pudieron defenderse con éxito de todos los ejércitos que pretendieron ocuparla.

© Nómada
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Encima de estas inaccesibles montañas quedan restos edomitas.

Situado en Wadi Musa -el Valle de Moisés-, tomo el camino que conduce a la angosta garganta del Siq.

Beduinos a caballo o camello me ofrecen sus monturas para acercarme hasta el comienzo de ese desfiladero por donde se entra a Petra, pero declino la invitación. Este tramo debe hacerse caminando para disfrutar palmo a palmo del terreno.

© Nómada
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Los beduinos ofrecen monturas y carretas que llevan al turista hasta el interior de Petra.

Además, acercarse a pie a esta joya oculta entre montañas y desfiladeros es un paseo de no más de 45 minutos, donde la emoción crece a cada paso que se da. A ambos lados del polvoriento sendero empiezan a aparecer los petroglifos y las primeras construcciones nabateas.

© Nómada
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Aparecen los primeros petroglifos y betilos nabateos.

A un lado, junto al camino, aparecen tres bloques cúbicos tallados para separarlos del resto de la montaña. Los beduinos los llaman los Bloques de los Djinn, la morada de los magos o espíritus que custodiaban la entrada a Petra.

© Nómada
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Los Bloques de los Djinn.

A la izquierda, un complejo que, aunque parece un único bloque, está formado por dos pisos labrados sobre la misma montaña. El de arriba, llamado la Tumba de los Obeliscos, contiene la imagen de un hombre con atuendo griego flanqueado por dos obeliscos a cada lado.

© Nómada
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La Tumba de los Obeliscos y el Triclinio de Bab el Siq.

El de abajo es el triclinio funerario de Bab el Siq. Todos los triclinios servían para lo mismo: eran una sala vacía sin decoración de ningún tipo, con tres bancos corridos donde se reunían los familiares del finado para comer y celebrar los aniversarios del óbito. Sin duda, este complejo fue mandado construir por alguna familia adinerada de Petra.

Y un poco más adelante, la garganta del Siq.

© Nómada
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Mirando hacia la parte alta del Siq.

Es difícil expresar lo que el viajero siente al caminar por el Siq, adentrándose en un angosto desfiladero de paredes verticales de 40 metros de altura que cambian de formas y colores en cada recodo.

© Nómada
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Paredes verticales parecen engullir al caminante.

En algunos rincones puede observarse restos del pasado caravanero del sitio, como la sorprendente talla de La Caravana, recientemente descubierta, que representa a dos hombres conduciendo cada uno de ellos a dos dromedarios, al modo de cómo entraban estas reatas de animales cargados de mercancías para venderlas en la ciudad.

© Nómada
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El relieve de La Caravana.

El relieve fue esculpido sobre la propia garganta aprovechando las formas y colores de la roca. La parte superior está completamente erosionada, mientras que la inferior, al haber estado enterrada durante siglos, se encuentra en mejor estado de conservación.

© Nómada
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En cada recodo cambian el color y las formas de las paredes.

El silencio casi religioso hace que el ruido de las pisadas se perciba mucho más fuerte. La mirada, ensimismada, no para de recorrer el insólito paisaje. La cabeza imagina que, como en el cuento de Julio Verne, se trata de un viaje al centro de la tierra. Y el corazón palpita cada vez más rápido ante la inminente cercanía de la entrada a la ciudad de Petra.

© Nómada
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El Siq parece realmente un viaje al centro de la tierra.

Petra está llena de instantes mágicos, paisajes asombrosos e imágenes de rara belleza, pero el momento culminante de la visita se produce al término del desfiladero del Siq, cuando, como si del telón de un teatro se tratara, se abre repentinamente la roca para mostrar al viajero la colosal fachada de el-Khazneh el-Faroum: el Tesoro del Faraón.

© Nómada
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Uno de los momentos inolvidables de Petra: cuando se abre el Siq para dejar ver la primera maravilla: el Tesoro del Faraón.

Dicho nombre proviene de la vieja creencia de los beduinos de que el faraón que mandó construir el mausoleo guardaba su tesoro en la urna esférica que corona la monumental fachada.

Desde que los beduinos se hicieron con espingardas y otras armas de fuego, no cesaron de disparar contra esta bola pétrea con el ánimo de romperla y hacer caer el oro que supuestamente encerraba.

© Nómada
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A ambos lados de la formidable fachada se pueden ver los huecos tallados donde se ponían los andamios y escalaban los picadores de piedra.

De todas las maravillas de Petra, el edificio del Tesoro es el mejor conservado. Encajado entre montañas, en la cara Este de una de ellas, quedaba protegido del sol, el viento y las aguas torrenciales que se producen en el invierno de esta zona escarpada.

Esta hermosa fachada es un testimonio elocuente del grado de civilización, refinamiento y prosperidad que la ciudad llegó a alcanzar.

© Nómada
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La boca del Siq vista desde el mausoleo del Tesoro.

En Petra se encuentran más de mil tumbas monumentales, lo cual hace suponer que la muerte les obsesionaba, tal y como les ocurría a sus vecinos, los egipcios.

Entre las más notables se encuentra el complejo de tumbas conocidas con el nombre de Tumbas Reales, situadas al oeste, por donde muere el sol, como hacían también los faraones.

© Nómada
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La ladera de una montaña sirve de lienzo al grandioso complejo de las Tumbas Reales.

La primera de este conjunto es la Tumba Palacio, quizás el edificio funerario más monumental de Petra. Se le llamó así por su semejanza con los palacios helenísticos. En ella se enterraron a cuatro reyes.

Y para cada uno de ellos, un piso que se iba labrando en la montaña según iban falleciendo. Llegado el cadáver del cuarto monarca y faltándole altura a la montaña, los arquitectos decidieron levantar este último piso con labores de albañilería.

Desgraciadamente, los terremotos y los siglos de erosión hicieron que este piso de elaborada crestería se viniera abajo, quedando tan sólo algunos vestigios de su construcción.

© Nómada
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La Tumba Palacio y su crestería derruida.

Otra de las extraordinarias Tumbas Reales es la llamada Tumba Corintia, nombre que debe a los capiteles que decoran su fachada. En ella se evidencia la mano de la naturaleza, que, sobre el trabajo del hombre, ha ido esculpiendo con la erosión toda su superficie, haciendo desaparecer hasta los peldaños de acceso a la entrada.

© Nómada
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Debido a su mal estado, la Tumba Corintia es la primera que ha empezado a ser restaurada.

La tercera tumba monumental de este complejo es la Tumba de la Seda, nombre que debe al fantástico veteado de color que luce la arenisca de su fachada. También los peldaños de acceso han sido rediseñados por la erosión.

© Nómada
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Una llamativa amalgama de colores decora la fachada.

Por fin, cierra este conjunto la colosal Tumba de la Urna, así llamada por la vasija que corona su frontal. Bajo la fachada principal se ve una galería de bóvedas de cañón que fue construida durante el período bizantino siguiendo la escuela nabatea, es decir, empleando el trabajo de albañilería sólo cuando la roca del monte no alcanzaba las dimensiones deseadas.

© Nómada
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La Tumba de la Urna, la más colosal del complejo.
© Nómada
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Impresiona la altura de esta talla.

Esta tumba es tan grande que los propios bizantinos la hicieron catedral. En su interior, como en el de todas las construcciones nabateas de este tipo, no hay nada, tan sólo la fascinante decoración que emana de las vetas de arenisca.

© Nómada
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Veteado en el techo interior, junto a una ventana.

© Nómada
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Galería de la Tumba de la Urna vista desde el interior.

Es mediodía y el cielo está cada vez más negro. Después de las recientes nevadas el viento gélido y racheado flagela la piel con los granos de arena y hielo que lleva en suspensión. Mi guía me avisa de que se avecina una tormenta torrencial.

Maldigo mi mala suerte, pues todos los elementos se han puesto en mi contra. Es un gran contratiempo visitar un lugar tan bello y fotogénico como Petra con estos cielos blancos, cargados de nubes pertinaces, con una luz y unos contrastes perversos que hacen imposible recoger y reproducir la extraordinaria amalgama de colores de sus laderas.

© Nómada
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La mujer beduina se calienta en la hoguera de una pequeña cabaña sin puertas.

Por si fuera poco, se ha levantado el viento del desierto, lo único que, junto a las salpicaduras salitrosas de la mar, no resiste ninguna cámara de fotos, por muy sellada que esté. Lo prudente es recoger el equipo y esperar a otra oportunidad.

Petra es enorme, y para verla como se merece es preciso emplear como mínimo dos días. Todavía faltan muchas maravillas y lugares increíbles que visitar. Para acudir a ellos las distancias son largas, y en algunos casos hay que subir cientos de escalones tallados sobre la piedra.

© Nómada
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Los niños beduinos están aclimatados a las temperaturas extremas, tanto en verano como en invierno.

Con esta ventisca y lloviendo furiosamente, cualquier escalón se torna resbaladizo y puede ser una trampa mortal para caer en los muchos precipicios que bordean el camino.

Me encasqueto hasta las orejas el gorro polar, fijo las cinchas de mi mochila y meto las manos en los bolsillos para intentar calentar y reanimar la circulación de los dedos. A paso ligero, retrocedemos en dirección al pueblo de Wadi Musa antes de que descargue la tormenta.

© Nómada
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Muchos caminos en Petra son escalonados. Si llueve, se convierten en torrentes y saltos de agua; hay que huir de ellos.

Waleed, que así se llama el guía, habla con la voz entrecortada por el esfuerzo. Me cuenta que antes de que los nabateos construyeran la extensa red de canalizaciones de Petra, las grandes avenidas de agua bajaban tumultuosamente por el desfiladero por el que volvemos, llevándose por delante animales y todo lo que se ponía en medio.

Le miro de reojo levantando la ceja, me mira, y después de unos segundos le grito: ¡Acelera!

Y empezamos a correr despavoridos entre carcajadas y tropezones.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican el primer miércoles de cada mes.

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