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OpiniónEnfoque diferencial

El Pete Souza español

 
25
JUN 2012

No me gustan los políticos. Dicen que el roce hace el cariño, pero la realidad es que cuanto más rato paso junto a ellos, menos simpatía me inspiran. No dudo de su bondad en el terreno estrictamente personal, pero de eso no tenemos constancia quienes trabajamos a su alrededor. En el trato cercano uno ya desconfía de ellos hasta cuando le invitan a café.

Sin embargo, que no me agraden mis políticos no significa que me guste que den una pésima imagen -en el estricto sentido de la palabra- en el mundo. Y si ese político es el presidente del gobierno de España, aún menos.

Ya he comentado antes lo dejados -no doy con otra expresión mejor- que los equipos presidenciales eran para con la imagen de nuestros máximos mandatarios. Fotos de pobre factura y mal planeadas basadas en una máxima: cuantas menos haya, menos posibilidades hay de dañar la imagen del presidente.

Lo explico con un ejemplo. Hace no mucho un fotógrafo fue a tomar unas fotos de un político. El fotógrafo iba con un amigo, también fotógrafo, que casualmente es entusiasta de las Harley. El fotógrafo, ni corto ni perezoso, invitó al político a retratarse sobre la moto, y el del traje y corbata aceptó. La foto era magnífica, pero al poco de su publicación arreciaron feroces críticas de los enemigos políticos de turno por hacer ostentación el fotografiado de su carísima moto en plena crisis.

Que un periodista gráfico se mueva tranquilamente por la Moncloa como lo hace Pete Souza por la Casa Blanca es más que improbable

Que se desmintiera que la moto fuese del político dio igual. El daño ya estaba hecho, y el afectado decidió que nunca más se haría fotos que se salieran de lo oficial, neutro y aséptico. Con nuestros presidentes pasa lo mismo: fotos en la puerta de la Moncloa y poco más, que de pie, sonriendo y estrechando manos es difícil meter la pata. Hasta ahora.

Cuando hace pocas semanas me enteré de que Mariano Rajoy se llevaba de viaje a su fotógrafo de partido para que asumiera la tarea de fotógrafo institucional ya fue una pequeña alegría. Cuando vimos que "el nuevo" se equipaba con dos cuerpos de la cámara de gama profesional más moderna del mercado no pude sentir sino cierta satisfacción. Cuando esta última semana he visto publicadas fotos del presidente mientras mantenía una charla telefónica a bordo de su avión o en un momento de relax con la prensa no he podido evitar lanzarme sobre el teclado para escribir estas líneas. Ya era hora.

Es cierto que para la mayoría de la gente, incluso para los muy amantes de la fotografía, pensar que el mejor consuelo que nos puede ofrecer un presidente es que ahora permite que le hagan fotos más distendidas no es una gran noticia. Pero del mismo modo que los súper fans de la informática se lanzan como locos a comentar el Visual Basic de "CSI", mi alma de fotógrafo brindó con cava del bueno esta semana. Igual el fotoperiodismo político no está acabado del todo (eso suponiendo que podemos considerar al fotógrafo presidencial como periodista, lo cual ciertamente es mucho suponer).

En mi pequeño mundo todos miramos al fotógrafo del Despacho Oval con cierta envidia. No por el material que usa, y tal vez tampoco por las situaciones que fotografía, sino por la relativa libertad de la que disfruta.

Que un periodista gráfico se mueva tranquilamente por la Moncloa como lo hace Pete Souza por la Casa Blanca es ahora -y en un futuro lejano- más que improbable, pero al menos ya hay un fotógrafo, aunque sea el oficial, que puede estar donde al resto de informadores gráficos nos gustaría. No es el escenario ideal, pero es un primer paso.

Los fotógrafos somos muchas veces el último mono. Pero en este caso, en plena crisis, parece que sí ha habido dinero para equipar con cuerpos y objetivos de primera al fotógrafo presidencial y dejarle cierto margen de maniobra. Nunca es tarde.

La columna de opinión Enfoque diferencial se publica normalmente el segundo y cuarto lunes de cada mes.

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