• Guerra de formato medio
  • Bazares navideños
OpiniónContando píxeles

Parecidos razonables

 
2
NOV 2009

Por suerte para la salud de mis cuentas numeradas en Suiza no me gano la vida sacando fotos. O sí, pero no buenas fotos. Ya saben: que si ruido cromático, que si aberraciones laterales, la dichosa Sagrada Familia, el bodegón de turno... El objetivo es poner a prueba el rendimiento de la cámara, no hacer grandes fotografías. Ésa es la excusa.

Así que la cuestión artística queda reservada para las vacaciones, alguna que otra escapada que se tercie, la boda de tal o cual amigo que te engaña para sacarle las fotos -¡inconsciente!- y algún que otro atentado fotográfico en el prescindible blog que un servidor perpetra en sus ratos libres.

Ha llegado el momento de reconocer que estoy enganchado a los malditos programas de revelado RAW

Aunque por ahora no me han llamado de PHotoEspaña para exponer ni del concurso Caminos de Hierro para pedirme disculpas por aquella vez que les envíe tres fotos y ninguna de ellas sobrevivió a la primera limpieza, estas leves experiencias me han servido para descubrir un par de cosas.

De entrada, cada vez entiendo más por qué algunos colaboradores de esta casa que sí son fotógrafos ponen cara de póquer cuando comentamos que la mayoría de muestras de una prueba van a publicarse tal como salen de la cámara: en JPEG o con dos ligerísimos ajustes al procesar el fichero RAW, si fuera menester.

Sumidos en la dinámica de las pruebas de producto, en realidad nos quedamos en la primera etapa de un proceso que para la inmensa mayoría de los aficionados pasa por el ordenador.

Ajustar los niveles, la temperatura de color, el contraste, la saturación o la máscara de enfoque son operaciones tan naturales que poner las fotos totalmente desnudas sobre la mesa resulta duro para quienes tienen cierto aprecio por sus imágenes.

Además -y este es el segundo descubrimiento-, una vez que te acostumbras procesar todas tus fotos se convierte en una especie de adicción que te hace poner los ojos en blanco con sólo pensar en dejarlas tal cual salen de la cámara.

Así que creo que ha llegado el momento de reconocer que estoy enganchado a los malditos programas de revelado RAW. Y lo peor de todo es que, a veces, tras diez minutos trasteando con los ajustes y con las innumerables opciones que ofrecen, me quedo mirando a la pantalla y moviendo la cabeza en sentido afirmativo y con cara de satisfacción. "Pedazo fotón", y tal.

Se está produciendo cierta homogenización en la estética de las fotos debido a estos procesos de retoque

Pasado el primer "subidón" que produce descubrir que una imagen mediocre -en el sentido literal del término- puede convertirse en algo bastante aparente, al cabo de unos días puedes acabar convirtiendo tu álbum de fotos en una sucesión de instantáneas demasiado parecidas las unas a las otras tras aplicarles una buena dosis de todos esos trucos recién descubiertos.

Pero lo que acaba realmente con el espejismo es caer en la cuenta de que no es que tus imágenes se parezcan mucho entre ellas, sino que se asemejan a un montón más que hay por ahí. No hablo del contenido, sino de la estética que lucen buena parte de ellas y que parece seguir una especie de moda o decálogo no escrito.

Lo mismo que a la hora de capturar y tratar las imágenes parece que hay modas (antes de ayer todo era HDR; hoy, si no haces un time-lapse con tus fotos, parece que no eres nadie), también en la estética final de las fotografías da la sensación de que se está produciendo cierta homogenización por gentileza de estos adictivos procesos de retoque.

Claro que el contenido y la historia que nos esté contando esa foto es lo que al final queda. Pero en un ecosistema en el que cada minuto se producen millones de fotografías hay que llamar la atención al primer golpe de vista.

Y para ello lo que ahora mismo más triunfa son, por ejemplo, las tomas monocromáticas en las que hay algún punto de color. O los paisajes con tonos muy saturados y un cielo bien dramático, con sus nubes y su degradado.

O las imágenes "desaturadas" casi totalmente hasta rozar el blanco y negro, con el contraste y los negros muy subidos. Y un enfoque muy fuerte. Y un poco de viñeteo en las cuatro esquinas. Y si se tercia, todo ello muy acentuado y revuelto para conseguir un aspecto a lo Polaroid o a lo cámara Lomo.

Tonos muy saturados, algo de viñeteo... nos comportamos como un rebaño que recala con asiduidad en esa media docena de ajustes

¿Verdad que les suena? ¿Verdad que han visto unas cuantas fotografías así en su propio álbum, en Flickr o en decenas de concursos? ¿Verdad que resultan visualmente muy atractivas a la hora de capturar nuestra atención?

Ahora que hacemos más y mejores fotos que nunca (no es que seamos mejores: es una cuestión de acertar a base de muchos disparos), ahora que tenemos acceso a galerías interminables para aprender mirando y que disponemos de programas de tratamiento con posibilidades ilimitadas, resulta que nos comportamos como un rebaño que recala con asiduidad en esa media docena de ajustes.

O tal vez sea precisamente esa saturación de imágenes lo que nos lleva a no conformarnos con conseguir una instantánea más y querer convertirla después en el ordenador en algo tan diferente y original que acaba siendo igual al resto.

La columna de opinión "Contando píxeles" se publica, normalmente, el primer y tercer lunes de cada mes.

0
Comentarios


  • Comenta este artículo

    No estás identificado

    Entrar