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jueves, 04 de mayo de 2006
Kirguises del Pamir: los nómadas de las nubes
En lo más remoto de Asia Central, a más de 4.000 metros de altura, se extiende la gran meseta del Pamir, que junto al vecino Tíbet constituye el techo del mundo. Allí, donde el oxígeno escasea y la grandiosidad del paisaje montañoso supera lo imaginable, allí viven los kirguises. Los hijos de las nubes.
Nómada.- Siguiendo la Ruta de la Seda desde Pakistán y atravesando el Khunjerab (que significa "Valle de Sangre" por los asaltos y matanzas que practicaban los bandidos de las montañas a las caravanas de la época), el paisaje se abre a la meseta del Pamir, donde parece que estirando el brazo se puede tocar el cielo.

© Nómada
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Apenas circulan vehículos por estos parajes. Casi todos chinos, llevan mercancías.

En un mundo repleto de fronteras artificiales, atravesar esta zona sí es cruzar una auténtica frontera, pasar de una masa continental a otra, de una garganta angosta, pedregosa y retorcida con desniveles escalofriantes a una meseta esteparia.

Una simple barrera en ninguna parte sirve de entrada a la región autónoma de Tadjik Tashkurgan, la puerta al Pamir.

© Nómada
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Control de entrada al Pamir.

El Pamir, un inmenso altiplano flanqueado por las más grandes cordilleras del mundo, es uno de los lugares del planeta donde la luz es más pura; tanto, que los límites de la visión aumentan extraordinariamente y se puede distinguir con facilidad objetos muy lejanos.

© Nómada
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Pasillo de entrada al plató del Pamir.

Estamos en la Alta Tartaria, también llamada "el tercer polo", el nudo gordiano donde confluyen las cordilleras más altas del mundo: el Himalaya oriental, el Karakorum, la cordillera del Pamir, el Hindu Kush, los montes Kunlun y los gigantes del Tian Shan. Un entorno de inenarrable belleza natural y de durísimas condiciones de vida.

© Nómada
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El techo del mundo, el espectáculo de la naturaleza en estado puro.

En su viaje por esta región, Marco Polo escribió: "Viajando siempre entre montañas llegamos a alcanzar una tierra de la que se dice que es el lugar más alto del mundo. Y cuando se llega a aquella altura uno se encuentra con un gran lago entre dos montañas (…) Allí existen bestias de todo tipo en gran número, entre otras, ovejas de gran tamaño cuyos cuernos tienen seis palmos de longitud (…) Esa altiplanicie es el Pamir (…) La región es tan elevada que no se ve ningún tipo de ave volando por allí."

© Nómada
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Rebaños de yaks pastando en la planicie.

Curiosamente, a ese ungulado de largos cuernos se le llama desde entonces carnero de Marco Polo.

Hoy, 700 años más tarde de aquella descripción, su aspecto es el mismo. El lago al que se refería Marco Polo es el Kara-Kul (Lago Negro), un lugar de una belleza difícil de olvidar.

© Nómada
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El Kara-Kul, un lugar tan bello como desconocido.

Como fieros guardianes, a ambos lados del lago se sitúan dos gigantes de casi 8.000 metros, el Kongur (7.719 metros), con más de diez glaciares descendiendo de sus cimas, y el Muztagh Ata (7.524 metros), o Padre de las Montañas Nevadas, famoso por ser el monte que ostenta el récord de descenso en esquí más largo del mundo.

© Nómada
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El Kongur, con sus mechas de nubes. A la derecha, una de sus numerosas lenguas glaciares.

© Nómada
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El Muztagh Ata, una montaña muy visitada por las grandes expediciones alpinas.

En esta estepa inhóspita de verdes prados de altura, conviven los rebaños de camellos, yaks y ovejas que pastorean los pueblos nómadas kirguises. Y desperdigadas, sobre las rocas, marmotas de pelo rojo sesteando al sol.

© Nómada
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© Nómada
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Rebaños de camellos baktiares pastan en la llanura.

Mirando los camellos baktiares no es difícil imaginar lo que debió ser la Ruta de la Seda: largas reatas de estos poderosos animales atravesando desiertos y montañas, transportando sobre sus jorobas pesados fardos con todo tipo de óleos, especias, sal y otras mercaderías.

El camello baktiar es el animal más preciado por los kirguises. Les da carne, leche y lana, y además es capaz de acarrear 300 kilos de carga. En esta tierra se dice que un camello vale por ocho yaks, nueve caballos o cincuenta carneros.

© Nómada
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Yaks del Pamir.

El yak, ese pequeño búfalo de las alturas himaláyicas, es un animal fundamental para la supervivencia de estos pueblos, ya que de él se aprovechan hasta los excrementos, que se utilizan como combustible en un lugar donde por la extrema altitud no pueden crecer los árboles y, por tanto, la madera no existe. La poca que se ve la trae el ejército chino desde las regiones bajas.

© Nómada
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Al fondo de los valles se divisan rebaños de yaks y yurtas de pastores nómadas.

El yak es un animal imprescindible en estas latitudes. Se adapta muy bien a las alturas, puede llevar hasta 80 kilos de peso y da carne y leche. De aquí se obtiene la manteca, un producto esencial para kirguises y tibetanos, pues es la única fuente de grasa, tanto para la alimentación como para otros usos.

De las astas se hacen peines y cucharas; de las pezuñas, cuencos, y la piel y el pelo sirven para hacer mantas, ropa de abrigo, cuero y resistentes cuerdas.

© Nómada
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Una yurta, la vivienda de los nómadas de la estepa.

La mayoría de kirguises viven en pequeños poblados de cabañas hechas con ladrillo de adobe. Es su residencia fija, donde vuelven después de meses de atravesar con sus rebaños aquellos valles pegados a las nubes.

Durante gran parte del año los kirguises habitan en la estepa, en sus yurtas, unas tiendas circulares de pelo y mantas. La mayoría son nómadas o seminómadas que practican la migración, llevando sus animales a valles de diferente altura, según la dureza de la estación del año.

© Nómada
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Pastores kirguises galopando en la lejanía.

Los pastores kirguises montan en asno o sobre pequeños caballos que manejan desde niños con asombrosa maestría. Durante los traslados a otros pastos es la mujer la encargada de montar y desmontar las yurtas. El hombre se ocupa de cargarlas en los camellos y de situar correctamente la estructura de madera.

© Nómada
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Interior de una yurta, con la estufa donde se cocina. El combustible es excremento seco de yak.

En el interior de las yurtas el equipamiento es muy básico: mantas, recipientes y una estufa en la que cocinan su austera dieta, formada por tortas de pan mojadas en leche agria, té, queso seco y un fortísimo licor destilado a partir de la leche de yegua fermentada.

Rara vez sacrifican un animal y las verduras apenas se consumen, pues no existen en estas altas tierras; deben comprarse a comerciantes tadjikos o uigures y traerlas a diario desde los valles bajos, algo fuera del alcance de sus modestas economías.

© Nómada
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Una mujer observa a sus hombres cabalgando al atardecer.

Los kirguises son descendientes de pueblos guerreros turcomanos y practican la religión islámica sunita, aunque el Corán no les influye en algunas cosas como la integración de la mujer, que participa junto con los hombres en los trabajos y reuniones sociales. Además, ellas no ocultan su rostro bajo velos.

© Nómada
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El niño acaba de ser circuncidado y reposa dentro de la yurta durante unos días, hasta que se le cicatrice la herida.

Los hombres llevan el sombrero blanco tradicional de su etnia y las mujeres se recogen el pelo con un pañuelo. Todas llevan pantalón debajo de las faldas y sienten una pasión especial por el color rojo.

© Nómada
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Sombrero tradicional de los hombres kirguises.

Todos los pueblos nómadas del planeta tienen una característica común: su hospitalidad con el forastero y su generosidad, pues saben que quizás mañana sean ellos los que necesiten alimento y cobijo en su camino.

© Nómada
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© Nómada
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Niños kirguises.

Los kirguises no iban a ser menos, y al acercarnos a la yurta, una vez vencidos los primeros recelos, inmediatamente sacan té con manteca y su omnipresente pan ácimo para agasajar al visitante.

© Nómada
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A veces la vista engaña, y lo que parece agua es en realidad un lago de arena gélida procedente de las morrenas glaciares.

La vida ha regalado a los kirguises los paisajes más hermosos de la tierra, el aire más puro y la luz más límpida, pero a cambio les ha obligado a sobrevivir en unas condiciones despiadadas, sin apenas vegetales y donde la temperatura oscila los 40 grados de la noche al día.

© Nómada
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Mujeres kirguises se despiden de nuestro vehículo.

Los kirguises, gentes de honor, valientes y taciturnos, de cantos tristes y pocas palabras. Hombres enjutos cabalgando siempre junto a sus rebaños, mujeres apasionadas por el color rojo, niños con sus caras redondas quemadas por el sol y el aire…

Un pueblo olvidado en una tierra donde el viento no cesa ni de noche, cuando su sonido se confunde con el aullido del lobo tibetano.

Kirguises, los hijos de las nubes, casi en el cielo, casi en el infierno.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican, normalmente, el primer y tercer jueves de cada mes.

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