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OpiniónContando píxeles

El reportero más dicharachero de Barrio Selfie

12
5
OCT 2015

Al principio todo son risas. Que si mira a esos niñatos que hacen fotos con el móvil, que si periodismo es solo el de papel, que si usar el tablet como cámara debería ser motivo suficiente para restaurar esa bonita costumbre del destierro a Siberia –nada que objetar a eso- o que si los selfies y sus palos son solo una moda tonta más.

Mucho cachondeo hasta que los móviles se llevan por delante el mercado de compactas, las periodistas prefieren ser reinas y algún genio desde su despacho y calculadora en mano descubre que un reportero, un palo y un iPhone le sale más barato que contratar a un cámara para grabar las crónicas frente a la peluquería donde se hace las puntas Cristiano.

¿Pensabais que a vosotros no os iba a tocar?, bromean los fotoperiodistas ante sus compañeros operadores de cámara mientras les enseñan la ocurrencia de esa televisión suiza que ha sustituido sus equipos por un smartphone y uno de esos absurdos palos. El selfie como nuevo género informativo. Bienvenidos al futuro, porque a fuerza de intentarlo –no es la primera vez que vemos una chorrada semejante- acabarán por conseguirlo.

Quizás el periodismo necesite nuevos referentes, pero tampoco es cuestión de pasarse de frenada y acabar reivindicando el palo de selfies como herramienta de trabajo

Se trata de una medida para que los equipos sean más ligeros, la capacidad de respuesta del periodista sea más ágil, y claro, para ahorrar algunos euros, explicaba el director de la citada televisión local suiza. Un auténtico genio al que por lo visto no se le ha ocurrido que reducir su sueldo o sencillamente poner en su cargo a un koala con un portátil y Excel también daría un empuje a las cuentas de la cadena. Y posiblemente nadie notaría el cambio.

Y es que más allá de su entrañable preocupación por el peso que cargan los reporteros, algo nos dice que aquí se ha aplicado la ley número uno del llamado cebrianismo: más pasta para el consejero delegado de turno, más becarios y menos periodistas con sueldos y condiciones dignas. Un clásico del que ya estamos tan aburridos que incluso nos estamos empezando a quedar sin chistes.

Igual es cosa de la edad y que somos de esa generación que todavía vio máquinas de escribir en la facultad –incluso se podía fumar en clase porque había algún profesor que quería darle a aquello un ambiente de redacción- y creció con Gustavo, aquella rana de trapo que presumía de ser el reportero más dicharachero de Barrio Sésamo.

Es verdad que el periodismo igual necesita nuevos referentes más allá del humo y la linotipia, pero tampoco es cuestión de pasarse de frenada y acabar reivindicando el palo de selfies como herramienta de trabajo. No por el palo, sino por lo que supone de precariedad y de otra ración de “da igual, todo vale”.

Es posible a que los liberales de turno les parezca una idea excelente. Después de todo se trata de optimizar resultados, minimizar gastos, externalizar servicios y todas esas formas de decir “pagar una miseria y que menos gente haga más trabajo”.

Pero para la profesión y la audiencia es una pésima noticia. Ya no es cuestión de calidad de imagen o del presumible tembleque de las tomas grabadas con este artilugio, porque si algo hemos aprendido estos últimos años es que esos detalles preocupan entre poco y nada a los responsables del asunto.

Porque lo del palito es otro de esos chistes sin gracia para una profesión que lleva demasiados años en crisis y reconvirtiéndose entre el lógico pesimismo y el seguir adelante porque en el fondo nos gusta. O porque no sabemos hacer otra cosa. Pensábamos que cobrar con prestigio era lo más humillante que nos podía pasar, y ahora quieren darnos un palo de selfies para grabar. Se ve que no habíamos tocado fondo.

Por cierto, si el reportero tiene que sujetar con una mano el micrófono y con la otra el palo, ¿alguien ha pensado cómo se defenderá cuando la policía empiece a repartir? Aunque, pensándolo bien, a ver si al final el dichoso palo va a tener alguna utilidad.

La columna de opinión "Contando píxeles" se publica, normalmente, el primer y tercer lunes de cada mes.

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