• Érase una vez Pakistán
  • Pakistán: caminando por los mercados de Rawalpindi, los últimos bazares ...
Diario de un fotógrafo nómada

Pakistán: tras los pasos de Marco Polo en un país imaginario

 
17
NOV 2005

"Pakistán fue una idea antes de ser un país y todavía hoy persisten las dudas de que sea una nación". Leyendo estas palabras del célebre periodista Edward Mortimer, desayunaba -o tal vez cenaba- en el avión que me llevaba hasta Islamabad. Con tantos cambios de huso horario no tenía muy claro qué me estaban sirviendo aquellas perfumadas azafatas pakistaníes de negros ojos y melena azabache.

Ante las informaciones que había leído acerca de que los autores de los terribles atentados islamistas de Madrid y Londres habían sido formados en las medersas o madrassas -las escuelas coránicas- de Pakistán, no podía dejar de sentir un cierto desasosiego al iniciar este viaje.

Las extraordinarias medidas de seguridad en el aeropuerto de Heathrow, donde embarcaba rumbo a Islamabad, no hacían sino aumentar aún más mi inquietud. Sin embargo, estaba decidido a recorrer la Ruta de la Seda, el camino que asombró a Marco Polo. Y Pakistán era una pieza imprescindible para entender este viaje.

Foto: Nómada

Mientras buscaba mi asiento en el avión, me sentía observado por hombres de tez oscura, largas barbas y pobladas cejas que vestían elegantes "shalwar kameez", la prenda tradicional que lucen los hombres en Pakistán, formada por una camisa larga hasta las rodillas y unos anchos pantalones.

Seguramente se preguntaban qué rayos se me había perdido en su país, pues ellos saben que ningún occidental se aventura a viajar a Pakistán por placer, salvo que sea para coronar alguna de las majestuosas cumbres de la cordillera del Karakorum. Dado mi aspecto, probablemente habrían llegado a la conclusión de que pertenecía a alguna de esas expediciones.

Foto: Nómada

Sí: por desgracia, Pakistán es un lugar con fama de ser demasiado arriesgado para el viajero. Se encuentra ubicado en la zona más crítica del planeta, entre las problemáticas regiones de Xinjiang y Tibet por el norte, la India y el territorio disputado de Cachemira al este, y Afganistán al oeste, con su capital, Kabul, a escasos kilómetros de esa frontera occidental.

El sur de Pakistán, bañado por el mar arábigo, tampoco es una tierra fácil, ya que las regiones de Beluchistán y Shind a menudo se ven salpicadas de conflictos y tensiones tribales. Así pues, aventurarse por esta zona exige permisos especiales del gobierno, muy difíciles de conseguir y en cuyo caso se recomienda ir acompañado de escolta armada.

Foto: Nómada

El propio nombre del país, República Islámica de Pakistán empezaba a darme pistas acerca de sus orígenes. Tan curioso nombre me hacía pensar que probablemente fuera el único país en el mundo cuya identidad no es étnica, histórica o geográfica, sino religiosa.

Pakistán es un joven país, creado en 1947. Un estado nacional-religioso cuyas raíces se hunden en el Islam, hasta tal punto que su vieja capital, Karachi, fue sustituida por una de nueva construcción, Islam-abad, "ciudad del Islam", 14 kilómetros al norte de Rawalpindi.

Foto: Nómada

Todavía hoy en día, el gobierno pakistaní en su página web justifica la existencia de la nueva capitalidad diciendo que "a la vista de la ideología islámica del país, la capital federal tenía que estar situada más próxima a las áreas musulmanas de Asia Central, más cerca de la fraternal gente de Irán, Afganistán, Arabia Saudí y Turquía".

La construcción de Islamabad no es sino un guiño hacia los países gobernados por el ala dura del Islam. Un gesto muy por encima de las posibilidades de un país arruinado, cuya riqueza vino durante muchos años de hacer la vista gorda a los jefes tribales que dirigían (¿dirigen?) el ingente negocio de la droga.

Foto: Nómada

Otro hecho que hace tan peculiar a este país es que hasta su propio nombre, PAKISTAN, es un acrónimo de Punjab, Afgania (provincia del noroeste), Kashmir, Irán, Shind, Turkestán, Afganistán y Beluchistán. Pakistán, además, significa también "País de los Puros".

La palabra y los conceptos se gestaron a partir de la idea de crear un estado musulmán independiente, idea liderada por un grupo de intelectuales de Bombay que vivían exiliados en Londres.

Foto: Nómada

Cuando los británicos abandonaron el subcontinente indio, esta élite intelectual consiguió su objetivo de tener un territorio propio, aunque los conflictos que se produjeron a continuación provocaron la muerte de millones de personas y el éxodo de otros tantos hindúes y sikhs de Pakistán a la India, y de musulmanes en dirección a Pakistán.

Por si fuera poco, Pakistán, con una historia breve y sangrienta, tiene asentados sus frágiles cimientos sobre un magma de grupos étnicos y tribus tan diferentes como sus propios intereses, lo que hace que las disputas tribales sean un constante riesgo de enfrentamientos internos.

Foto: Nómada

Pakistán es un caleidoscopio de pueblos y lenguas, dominado por seis grandes grupos: punjabíes, pastunes del norte, afganos, sindhis, balochis de Beluchistan y mohajir (los que emigraron a Pakistán con el advenimiento de la nueva nación).

A partir de aquí empecé a entender que la forma de mantener más o menos unida tanta diversidad étnica sólo podía ser el Corán. La religión es el único nexo que amalgama, aunque de forma precaria, a estos pueblos tan distintos.

Foto: Nómada

Pero dejando de lado consideraciones político-religiosas, pronto descubriría que Pakistán, situada en el corazón de esa "autopista" milenaria que ha sido la Ruta de la Seda, es un compendio de historia de la humanidad.

Hoy todavía pueden verse tallados en las montañas y desiertos pakistaníes los caminos que venían de Persia hacia la India y China, por donde transitaron exploradores chinos, tratantes de caballos mongoles, mercaderes persas, caravanas uygures, viajeros italianos, brahmanes indios, soldados de Alejandro Magno y de Kublai Khan que desertaban de las campañas ante la dureza de aquel territorio y la imposibilidad de volver a su patria por falta de medios o por sus heridas... Todos en busca de los secretos de la seda.

Foto: Nómada

Pakistán se convirtió en paso obligado durante miles de años de quien quería comprar, vender, conquistar o conocer.

Todos dejaron alguna huella de su cultura o raza, de ahí que resulte muy frecuente encontrar, entre gentes de rasgos típicamente árabes o indios, pueblos donde abundan los pelirrojos, valles donde las gentes tienen los ojos verdes o personas de tez blanca y morfotipo caucásico.

Foto: Nómada

Desde la noche de los tiempos, aquellas tierras que hoy se llaman Pakistán acogieron a todo el que llegó. Y eso para sus habitantes es inmutable; hoy, sigue siendo igual.

Cambiarán los nombres, las religiones y los regímenes políticos, pero no los pueblos y su herencia. Aquellas gentes seguirán conservando intacta la hospitalidad, la alborozada bienvenida al viajero, la curiosidad por conocer al extranjero.

Foto: Nómada

Y no puedo olvidar esas noches, sentado con ellos sobre viejas alfombras, respondiendo a las preguntas que me hacían, en medio de un silencio casi sagrado, roto tan sólo por mi voz y la del intérprete.

Y no puedo olvidar aquellos inmensos ojos llenos de fascinación cuando, después de fotografiarles, se miraban en la pantalla de mi cámara fotográfica.

Y no quiero olvidar su deseo de estrecharme la mano al partir. Alguno incluso poniéndose dos veces en la cola para repetir.

Recuerdos que conservaré en el cajón donde guardo mis tesoros. Hasta el final de mis días.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican, normalmente, el primer y tercer jueves de cada mes.

0
Comentarios


  • Comenta este artículo

    No estás identificado

    Entrar