| Nómada.- Un seísmo se ha cebado con la genuina Pakistán. Recién llegado a casa tras un periplo por aquellas selváticas tierras, llega a mis oídos la trágica noticia. Corro a la sala y enciendo la televisión.
En la pantalla se suceden imágenes de sitios que acabo de visitar y ahora están devastados, cubiertos de escombros o simplemente desaparecidos.
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Se oye un rugido atávico y a continuación se abre la tierra con apocalípticas contracciones. Aldeas, cosechas, personas, animales… todo a su paso queda sepultado. Su rastro es la destrucción total y las imágenes de los supervivientes.
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Niños medio desnudos llorando y gateando alrededor de un cadáver parcialmente enterrado por las piedras.
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Mujeres kashmires que se abofetean en las mejillas, como queriendo despertar de una aterradora pesadilla.
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Hombres con indumentaria típicamente afgana y pastún que luchan denodadamente por rescatar de entre los escombros algún cuerpo.
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En la televisión, una voz con sonido telefónico narra entrecortada lo que está pasando: "El seísmo ha destrozado la precaria red de carreteras y comunicaciones del país."
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"La situación empeora por momentos, las vías están colapsadas por los masivos desplazamientos de personas y los convoyes de vehículos y animales…"
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"… las fuertes lluvias de las últimas horas han multiplicado el caos, la ayuda es escasa y desorganizada."
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Y en la pantalla del televisor, las imágenes siguen desgarrando el alma: mujeres con la expresión aturdida, vagando sin rumbo, tal vez escogiendo un barranco para lanzarse y reunirse con sus seres perdidos…
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Dos niños de siete y nueve años rescatan a su hermana de entre los escombros y la llevan hasta un campamento del ejército cargando con el bebé en brazos. "Son verdaderos héroes", destaca un general pakistaní. "Dicen que su casa ha sido destruida, que sus padres han muerto y que no queda nadie con vida en su aldea."
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Un hombre sentado en el suelo sostiene sobre sus piernas el cadáver de alguien que parece su hermano. Le acaricia la cara mientras con los ojos inundados de lágrimas mira alternativamente al cielo y a ese cuerpo inerte, buscando una explicación que nadie le dará.
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Más allá, una mujer arrodillada en un montículo, con la cara y los brazos extendidos sobre los cascotes de lo que queda de su hogar, permanece inmóvil; ya no llora, ya no grita llamando a los que han quedado debajo sepultados. Tampoco le quedan fuerzas ni uñas para seguir arañando la tierra.
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Terminan de dar la noticia en la televisión y pasan a otros temas. Apago el aparato y me quedo sentado en el sofá, tratando de asimilar lo que acabo de ver.
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No sé cuanto tiempo he pasado así, pero cuando reacciono debe ser bastante tarde: el sol, a través de la persiana, dibuja líneas de luz en la penumbra de la habitación.
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Me levanto medio aturdido del sofá y me siento en el ordenador dispuesto a transcribir mis notas de viaje para un nuevo artículo.
Leo mis comentarios escritos a mano y repaso las fotografías que he traído de Pakistán…
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No puedo pensar, no puedo contar. La catástrofe ha devastado también mi corazón.
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Enmudecido el recuerdo por tanto dolor, esta vez no puedo escribir.
Por eso, hoy no hay palabras, sólo fotos. Sean ellas mi oración por esa tierra salvaje, por ese humilde pueblo que me robó el corazón.
Érase una vez Pakistán.
Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.
Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican, normalmente, el primer y tercer jueves de cada mes.

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