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Diario de un fotógrafo nómada

Pakistán: caminando por los mercados de Rawalpindi, los últimos bazares del mundo

 
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DIC 2005

Una de las experiencias más especiales que he vivido es pasear por los bazares Rajah y Saddar de Rawalpindi. Una vivencia única, incluso para los que tenemos la suerte de conocer mercados tradicionales de medio mundo. Allí no se venden "souvenirs" -lógico, pues no hay turismo- y es donde empieza mi viaje por la Ruta de la Seda. Rajah y Saddar: probablemente, los últimos bazares en estado puro del mundo.

Al aterrizar en Islamabad sabía que me enfrentaba a un mundo nuevo. Era el comienzo de un viaje largamente soñado: la parte más recóndita de la Ruta de la Seda.

Foto: Nómada
Foto: Nómada

Como en cada viaje, iba preparado para ver y sentir. Sin embargo, esta vez era distinto; tenía una cierta aprensión: en esta ocasión pisaba una tierra desconocida que asociaba con terribles noticias de guerras y atentados islamistas.

Pakistán, un territorio del que sólo sabía su delicada situación en la frontera con Afganistán y su mortífera carrera contra la India por hacerse con la producción de la bomba atómica.

Foto: Nómada
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Al entrar en el aeropuerto y situarme en la cola de "foreigners" para enseñar mi pasaporte, llegó la primera imagen llamativa: una pequeña sala acristalada a mi derecha, en cuya puerta había un cartel: "Prayer Area" ("Área de Oración"). Dentro, varios hombres dejaban su equipaje en un rincón y, arrodillados sobre una alfombra, oraban en dirección a la Meca.

Aquello era un aviso de la relevancia de la religión islámica, cuya huella encontraría en cada paso que diera por Pakistán.

Foto: Nómada
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Islamabad está a tan sólo 14 kilómetros de Rawalpindi. Un pequeño paseo en taxi es suficiente para observar el fuerte contraste entre los modernos edificios de la nueva y desangelada capital y el bullicio, el caos y la degradación urbanística de la vieja Pindi, así llamada por los pakistaníes.

Después de una necesaria ducha en el hotel, salí a dar un paseo, a tener mi primera toma de contacto con el país. Y para ello, nada mejor que una buena comida.

Foto: Nómada
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Arroz frito con verduras, pollo al cilantro o un buen "karachi" -carne en salsa de tomate, ligeramente especiada- iban a protagonizar mi bautismo gastronómico en tan lejana tierra, todo ello regado con un "Dew", una limonada local.

Al ser un país musulmán estricto, no es posible encontrar alcohol; únicamente alguna cerveza en los escasos hoteles que reciben viajeros de Occidente o China.

Foto: Nómada
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Para terminar la pitanza, un "lasi", ese magnífico postre indo-pakistaní a base de cuatro partes de yogurt, una de agua, una de hielo picado y azúcar. En vaso y con pajita, toda una exquisitez. En India le añaden además banana, piña e ingredientes de todo tipo... incluso marihuana, aunque he de reconocer que no hace mucho efecto.

Foto: Nómada
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Con el estómago lleno y las fuerzas renovadas, me dirigí a los bazares, visita que tan efusivamente me había recomendado el recepcionista del hotel.

"Rajah Bazaar", exclamé, y el taxista arrancó su pequeño y vetusto Suzuki sin quitarme el ojo desde el retrovisor. Podía más su curiosidad por mí que el millón de probabilidades que se tienen de atropellar a alguien cuando se conduce por una calle pakistaní.

Foto: Nómada
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Llegué a la entrada del bazar, bajé del taxi, recogí la mochila y la cámara y busqué unas rupias en mi bolsillo para pagar al chofer. Pero al girarme para entrar en el Rajah empezaron a temblarme las piernas.

Muchas de las personas que por allí deambulaban se habían detenido y girado hacia mí. De una acera de enfrente se acercaban hacia mí grupos de hombres con paso decidido. Las mujeres dejaban de regatear en los tenderetes y me miraban a través de las rendijas de sus burkas...

En menuda me he metido, pensé. Con lo tranquilo que se está fotografiando pingüinos en las Galápagos... ¡quién me mandaría a mí!

Foto: Nómada
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Poco a poco fui rodeado. Era observado desde una distancia prudencial, entre murmullos, con esos enormes ojos de mirada penetrante.

El círculo se había cerrado y yo, paralizado, no sabía que hacer. De pronto, recordé que la correa de mi cámara lleva un anagrama que pone en letras bien visibles: "op/teach USA". ¡Mierda! Disimuladamente, le di la vuelta a la correa para que las letras quedaran boca abajo, tocando la piel.

En breves segundos, por la cabeza de aquel tipo (yo mismo), de pelo rubio, tez blanca y mirada entre helada y alelada, pasaron imágenes de secuestros, vídeos de rescate emitidos por Al-Jazeera y otra docena de ideas horripilantes.

Foto: Nómada
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Tratando de superar mis miedos levanté la mano, sonreí a modo de bandera blanca y exclamé: "¡Salaam aleikum!" ("Hola").

Y se produjo la magia. De pronto, muchas de aquellas personas empezaron a gritar "¡aleikum salaam!, a sonreír y a parlotear conmigo como si yo les pudiera entender.

Foto: Nómada
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Alargaban sus brazos hacia mí para saludarme, pero no me tocaban, no se atrevían... Se abrió el círculo y empezaron a reír y bromear entre ellos, dándose palmadas en la espalda unos a otros e invitándome a que les fotografiara.

Foto: Nómada
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Los comerciantes me invitaban a entrar y hacerles fotos rodeados de sus artículos. Algunos incluso corrían apresuradamente a por un teléfono móvil para fotografiarme a mí, lo que me hizo caer en la cuenta de lo inmensamente pobre que es Pakistán; allí apenas se ven este tipo de aparatos, cuando en otros países en vías de desarrollo como la vecina India o en muchas zonas de Latinoamérica los hay por todas partes -aunque luego no tengan qué comer.

Foto: Nómada
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Caminé por Rajah y Saddar. Se acostumbraron a mí y me acostumbré a ellos.

Caminé y me emborraché de sensaciones, de colores y olores a especias, a frutas frescas y deliciosas verduras.

Foto: Nómada
Foto: Nómada

Caminé y me embriagué del caos, del ruido del humo de los carricoches y motos, de los destellos dorados de bordados y bisuterías, de la maestría de sus artesanos.

Caminé bajo el hechizo de aromas de perfumes orientales de mujeres ocultas bajo velos. Caminé y caminé por los bazares de las mil y una noches.

Foto: Nómada

Y sobre todo me emborraché de sus gentes, de su alegría y su timidez, de su humildad, de su enorme y escondida grandeza, la de los pueblos prisioneros del olvido, que cada mañana tienen el valor de despertar con alegría para vivir un nuevo día.

Caminé y fotografié.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican, normalmente, el primer y tercer jueves de cada mes.

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