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  • Karakorum Highway: la carretera más audaz jamás construida
Diario de un fotógrafo nómada

Pakistán, rumbo norte: circulando hacia el Karakorum entre camiones de dibujos animados

 
15
DIC 2005

Llega la hora de salir de Rawalpindi rumbo a China. Por delante, más de 7600 kilómetros hasta Beijing, nombre oficial de Pekín. La mayoría de ellos forman parte de la Ruta de la Seda, pero en vez de recorrerla a través de sus antiquísimas sendas, lo haré por la carretera que siempre había soñado conocer: la Karakorum Highway.

Para alcanzar la Karakorum Highway, conocida internacionalmente por las siglas KKH, se sale de Islamabad hacia el norte. La carretera es llana durante los 100 primeros kilómetros. El denso tráfico irá reduciéndose a medida que nos alejemos de la ciudad y la carretera comience a inclinarse hacia el cielo.

Foto: Nómada

Montado en un viejo pero bien cuidado microbús, voy disfrutando del paisaje y las escenas que se suceden a medida que avanzan los kilómetros.

Foto: Nómada

Lo primero que llama la atención es la espectacular decoración de los vehículos, sobre todo de los camiones. Sin duda, es una de las imágenes más representativas del país.

Foto: Nómada
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Precisamente, a unos 50 kilómetros de Rawalpindi, me encuentro a un lado de la carretera uno de los muchos talleres de carrocería dedicados a la tarea de embellecer estos vehículos.

Foto: Nómada
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El trabajo de un buen carrocero es una labor muy valorada y respetada en Pakistán, pues allí todo el mundo sabe que el mayor orgullo de un hombre es tener el camión más bonito y llamativo de la carretera.

Foto: Nómada
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Las carrocerías son un derroche de imaginación y colorido. El barroquismo y el arte naif se dan la mano para decorar con infinita paciencia cada centímetro cuadrado del vehículo.

Foto: Nómada
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No hay máquinas ni cadenas de montaje. Todo es artesanal y cada pieza se diseña y se hace al momento.

Foto: Nómada
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Hay sitio para todo: frases del Corán, referencias futbolísticas, estampas, figuras de animales, versos escritos en caracteres árabes...

Foto: Nómada
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Crespones de tela o lana, pegatinas, cadenas, objetos de todas clases... No cabe duda de que Pakistán es la capital mundial del "tuning".

Foto: Nómada
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Vuelvo a montar en el bus. El calor aprieta y el chófer pone en marcha un particular aire acondicionado: unos pequeños ventiladores situados encima de cada ventanilla. Al mío lo tengo que "animar", dándole unos golpecitos con los dedos para que empiece a girar sus aspas.

Foto: Nómada

Sentado junto a Raiss, el conductor, me cuenta orgulloso que su microbús va equipado con un viejo motor ruso que jamás le ha traicionado en las veces que ha atravesado la Karakorum Highway. ¡Menos mal!, pienso. Oír eso me tranquiliza, ya que la KKH no es apta para cualquier vehículo.

Foto: Nómada

Mientras tanto, veo pasar frente a mí la vida del Pakistán profundo. A través de la ventanilla y el parabrisas se suceden las aldeas y las escenas cotidianas de sus habitantes.

Foto: Nómada

Pasadas las primeras horas, la carretera empieza a empinarse suavemente. Justo ahí es donde el chófer decide parar a comer y, dando un golpe de volante, se echa a un lado de la carretera para estacionar en un lugar donde nadie diría que hay algo, y mucho menos una casa de comidas.

Foto: Nómada

En la entrada, un hombre hace pan, y de alguna parte viene un agradable olor a comida especiada. Me siento en una vieja estera y a los cinco minutos aparece el bueno de Raiss con un plato de lentejas en una mano y una marmita de carne de vaca con verduras en la otra.

Foto: Nómada

La comida es excelente, aunque no consigo acostumbrarme a comerla al estilo pakistaní, es decir, sin cubiertos, pellizcándola con trozos de pan. La mitad de las lentejas van cayendo en el camino a mi boca, para risa y alborozo de Raiss.

Terminado el festín, tomamos una taza de té y un anciano de etnia afgana se acerca para invitarnos a fumar una pipa con él. ¡Cómo vamos a rechazar tan hospitalaria invitación!

Foto: Nómada

Tras toda una liturgia de preparación del tabaco, el buen hombre enciende la pipa y nos la pasa. Raiss y él hablan pausadamente en urdu, el idioma más extendido en Pakistán.

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El anciano le está dando información acerca del estado de la KKH, pues es sabido que esta carretera sufre constantes cortes por desprendimientos de tierra y aludes. Datos que le han contado otros hombres que venían desde China en sentido contrario. Al mismo tiempo, mi chófer le cuenta noticias que trae de Rawalpindi e Islamabad.

Foto: Nómada

Observándoles, me doy cuenta de que estoy ante una estampa milenaria en la Ruta de la Seda y en tantos sitios de paso: hombres intercambiando información.

Foto: Nómada

Claro. Allí no hay televisores ni radios. Las personas hablan, escuchan y saben muchas historias que oyen a los que pasan por allí, noticias que reciben de unos para dar a otros.

Foto: Nómada

El tiempo apremia y debemos proseguir el viaje para que la noche nos coja llegando a Besham, el pueblo donde pernoctaré. Tras despedirnos del afgano, montamos de nuevo en el bus.

El pequeño ventilador de mi ventanilla apenas puede mitigar el riguroso calor de las primeras horas de la tarde. Raiss arranca el vehículo y se incorpora a la carretera, que acaba de convertirse en pendiente. Comienza la Karakorum Highway.

Foto: Nómada

El tranquilo rodar del bus y el suave traqueteo del viejo motor ruso hacen que mis párpados empiecen a cerrarse.

Voy quedándome dormido pensando en cómo pudimos perder en nuestra avanzada cultura la capacidad de reunirnos con el desconocido para saber y conocer cosas nuevas; cuándo nos olvidamos de sentarnos con el amigo, sin música a todo volumen, sin televisión, sin prisas, por el mero placer de hablar y de escuchar.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican, normalmente, el primer y tercer jueves de cada mes.

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