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Diario de un fotógrafo nómada

País Dogón: el enigma de Sirio 2 en un pueblo que construye "casas de la palabra"

 
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JUN 2008

La historia de los dogones es tan apasionante como hermética. Desde hace años, antropólogos y científicos de todo el mundo mantienen acaloradas discusiones sobre esta tribu. ¿Cómo es posible que un pueblo en la Edad del Hierro tenga avanzadísimos conocimientos científicos en metafísica, astronomía y otras ciencias?

En la primera entrega de este reportaje, conocimos parte de la cultura y costumbres de este extraordinario grupo étnico que habita en la falla de Bandiágara.

En este paisaje semidesértico empiezan a verse los primeros árboles, los más duros y resistentes a las condiciones extremas de tan despiadada latitud. Estas especies arbóreas son la acacia, que irá cubriendo las sabanas hacia el sur, y el baobab.

Foto: Nómada
A la sombra de un baobab.

El baobab es un elemento inseparable del universo dogón. Sin él, este pueblo no habría podido sobrevivir.

De él se aprovecha todo: su corteza para hacer cuerdas; sus carnosos frutos para comer y beber; sus hojas para hacer infusiones medicinales, y su pulpa para hacer potasa y todo tipo de masas útiles.

Incluso muerto el baobab es generoso con los dogones: al cocer su madera quemada, desprende un alcohol de cualidades extraordinarias para cicatrizar heridas y calmar infecciones.

Foto: Nómada
El baobab, siempre presente en la vida del dogón.

Otro elemento indisoluble de la cultura dogona es el mijo, al que este pueblo también debe gran parte de su supervivencia. La paja extraída de este cultivo sirve para hacer tejavanas, esteras y empalizadas.

Mezclada con barro, forma la masa de adobe con la que edifican las casas y los muros de las aldeas. Con el grano majado las mujeres obtienen la harina necesaria para elaborar pan, y fermentándolo extraen -como ya vimos- la apreciada cerveza de mijo.

Foto: Nómada
Mujer majando mijo.

Para este pueblo los animales protagonizan la esencia de su cultura y religión. Aunque modernamente hayan sido convertidos al Islam, los dogones siguen practicando un profundo animismo, atribuyendo a las bestias unos poderes mágicos y sobrenaturales prohibidos por el Corán.

Foto: Nómada
En la pared de la casa hay cocodrilos en relieve, un fetiche de los más venerados.

Las creencias animistas se dejan ver en todas las manifestaciones de la vida del dogón. Así, por ejemplo, cuando algún asunto preocupa a la comunidad o a uno de sus miembros, se acude al hechicero u "hogón", la máxima autoridad del poblado, para que con sus poderes ocultos les pueda ayudar.

Foto: Nómada
El "hogón" es el hechicero, el que ve lo oculto.

Conocido el problema, el "hogón" buscará las respuestas partiendo esa tarde hacia un lugar alejado de la aldea. Al anochecer, en una tierra sagrada delimitada por cuadrículas de piedras, plantará unas pequeñas estacas de palo y colocará unos guijarros.

Junto a estos palitos, el "hogón" colocará también unos frutos secos que servirán de ofrenda para atraer a las alimañas. Luego volverá al poblado.

Foto: Nómada
El "hogón" prepara las cuadrículas de tierra sagrada y planta las estacas de mijo.

Durante la noche, las bestias, atraídas por los obsequios, entran en esa tierra sagrada. Y mientras olisquean y comen esos frutos, pisan y mueven algunas de las ramitas y guijarros que el "hogón" había colocado la víspera.

Cada problema requiere que las estacas y piedras sean dispuestas de diferente manera, un código que sólo domina el hechicero gracias a sus conocimientos esotéricos.

Por la mañana regresa el "hogón", y observando en las cuadrículas de tierra sagrada el estado en que ha quedado la alineación de ramas y cantos, emite su interpretación de lo que los animales han respondido a la consulta realizada.

Foto: Nómada
Al día siguiente, algunas estacas aparecen partidas por las patas de las alimañas.

Las oquedades situadas en lo alto de las paredes del acantilado, que fueron las viviendas de los pigmeos tellem en tiempos remotos, son utilizadas como tumbas. Para este pueblo es muy importante el culto a los antepasados, ya que salvaguarda la continuidad de la familia y la pervivencia como grupo.

Foto: Nómada
En primer plano, casas del poblado. Al fondo, en la pared, las viviendas de los antiguos tellem.

En los enterramientos, el dogón deposita junto al cadáver los objetos que el finado utilizó en vida, pues creen que allá adonde vaya los seguirá necesitando.

Si el cadáver es de una mujer, será enterrado con los pucheros de barro y cuencos de calabaza que usaba para cocinar.

Foto: Nómada
Cuencos de cocina de un enterramiento femenino.

Por el contrario, si el difunto es un varón, a su lado yacerán los husos y ruecas que utilizaba para tejer, pues en el mundo dogón las tareas textiles son propias de los hombres.

Foto: Nómada
Un hombre en su telar.

Los dogones construyen en las escarpadas pendientes del acantilado, culminando las casas con un tejado de ramas secas. Sus aldeas muestran una distribución urbana muy compleja -un dédalo de callejuelas, chozas y silos-, cuya planta se asemeja a una figura humana.

Foto: Nómada
Los poblados tienen un diseño laberíntico.

De todas las edificaciones, la más importante es la "toguna" o "casa de la palabra", que ocupa el lugar de la cabeza de esa figura humana que forma la planta de la aldea.

La "toguna" es una construcción que consta de un voluminoso techo de ramas de mijo dispuestas siguiendo un código arcaico, sostenido por pilares de piedra o gruesos troncos.

Foto: Nómada
La "toguna" o "casa de la palabra".

La "toguna" juega un papel fundamental en la vida de los dogones: es el lugar donde se va a discutir los problemas y a llegar inexorablemente a un acuerdo.

La altura del techo es muy baja y en su interior sólo se puede estar sentado. El dogón considera que, para hablar y limar diferencias entre dos personas, no hay mejor posición ni más relajada que estar sentado mirando a los ojos del oponente.

Foto: Nómada
Los hombres pasan el rato en la "toguna" o cerca de ella: es su lugar de reunión.

Pero existe otra razón por la que se construye el techo tan bajo: para evitar que en caso de discusión muy acalorada alguno de los oponentes se levante agitado y se marche.

El golpe que se daría en la cabeza le disuade de exaltarse. Una treta muy convincente para seguir sentado, intentando buscar una solución por la vía del diálogo. Soluciones sencillas para problemas complejos.

Foto: Nómada
Un hombre hace cuerdas mientras conversa en la "casa de la palabra".

La "toguna" es también un lugar de reunión, algo así como la taberna del pueblo, donde los hombres, una vez terminadas sus tareas diarias, se reúnen para charlar de sus cosas, entretenerse con juegos o contar historias de su riquísima tradición.

Foto: Nómada
Unos ancianos pasan el rato en la "toguna" con un antiquísimo juego. Las fichas son semillas.

Pero no se puede hablar de los dogones sin hacer referencia a sus danzas absolutamente espectaculares. Cada fiesta religiosa, especialmente el funeral, se celebra con un acto central, que es el baile.

Ataviados con disfraces y máscaras atávicas que representan a animales de su mitología, los dogones escenifican una liturgia transmitida de generación en generación.

Foto: Nómada
Las danzas dogonas son mundialmente conocidas.

De niño se mira y se aprende; de joven se baila, y de anciano se canta. Todos participan en la liturgia. Todos, excepto las mujeres, que extrañamente no se acercan al círculo donde se baila. Algo muy chocante, dado que esta danza se llama "La Dama", y es la mujer la protagonista de tan espectacular ritual.

Foto: Nómada
Los ancianos cantan, los jóvenes bailan y los niños aprenden.

Cuenta una de las más viejas leyendas dogonas que el hombre no conocía las máscaras. Un buen día, la mujer las encontró entre la maleza y empezó a ponérselas por las noches para asustar al hombre.

El hombre, ante aquellas aterradoras formas que se le aparecían cada noche, temía la llegada del ocaso. Pero un día decidió ocultarse y pudo ver a la mujer que iba a un sitio donde escondía las máscaras y se probaba una detrás de otra para escoger con cuál iba a asustar al hombre esa noche.

Foto: Nómada
Las máscaras son inquietantemente inexpresivas.

El hombre, desconcertado, fue a la "toguna" y pidió consejo a los ancianos. Éstos decidieron que debería arrebatarle las máscaras a la mujer y bailar siempre en su honor, pues gracias a ella, que las había encontrado, poseerían la magia de los animales.

Foto: Nómada
Algunos danzan sobre zancos con una agilidad asombrosa.

Habitualmente las máscaras de madera representan animales mitológicos, excepto para el Sigui, una fiesta muy especial para la que se construyen disfraces únicos que después serán guardados para siempre en un lugar secreto. Estas máscaras son la memoria de los dogones, su archivo de sabiduría y vivencias.

Foto: Nómada
Las máscaras del Sigui son la memoria de los dogones.

En el año 1931 dos antropólogos franceses pasaron una larga temporada estudiando a los dogones. Su anfitrión era Ogotemmêli, un venerable anciano -muy famoso en todo el país por su sabiduría- que de joven había quedado ciego a causa de un accidente de caza.

Foto: Nómada
Durante la danza ritual los niños siempre observan y practican.

Debido a esta limitación, había dedicado su vida a instruirse escuchando y recogiendo todo el saber de las gentes que a diario acudían a consultarle.

Así, el anciano, consciente de la importancia del trabajo etnológico que realizaban aquellos hombres blancos, les fue relatando las viejas historias y los secretos de su mitología.

Foto: Nómada
Las mujeres no quieren desvelar los enigmas de sus ancestros.

Los científicos quedaron estupefactos ante los extraordinarios conocimientos que el anciano iba desgranando al describir la cultura dogona, mitos y teorías acerca de temas tan complejos como la astronomía y la composición de la materia.

Foto: Nómada
Un anciano hace girar su plumero mágico.

Por increíble que parezca, los dogones conocen desde la noche de los tiempos incógnitas que la ciencia empírica ha descubierto recientemente. Los mitos de este pueblo encierran un conocimiento avanzadísimo, imposible para su época y conocido mundialmente con el nombre de "el mito dogón".

Foto: Nómada
En la danza hay muchos fetiches mágicos.

Ogotemmêli descubrió a los franceses la cosmogonía de su pueblo y la visión que tienen los dogones del universo. Un saber enigmático que conoce a la perfección la configuración de la Vía Láctea y el sistema solar, el átomo y la estructura de la materia.

Foto: Nómada
El actual Gran Hogón, un hombre con las ideas muy claras que trata de poner en marcha varios proyectos de desarrollo en estas aldeas.

Aún más inquietante resultó para aquellos antropólogos blancos comprobar que la fiesta del Sigui se dedicaba a una estrella y tenía lugar cada 51 años, coincidiendo con la rotación de un cuerpo celeste invisible desde la tierra, una estrella venerada por los dogones que gira en torno al astro Sirio. En 1862 se confirmó la existencia de esta estrella y fue bautizada con el nombre de Sirio 2.

Foto: Nómada
A pesar de tanto enigma, la vida de los dogones transcurre con toda normalidad.

¿Cómo pueden atesorar los dogones estos conocimientos científicos? ¿Quién les ha enseñado a dibujar en las máscaras del Sigui la constelación de Sirio y la Vía Láctea con tanta exactitud? ¿De dónde han sacado los conocimientos metafísicos que impregnan el mito dogón? ¿Por qué sus poblados vistos desde una aeronave tienen forma de figura humana?

Foto: Nómada
Este pueblo esconde misterios insondables.

No faltan quienes aventuran hipótesis de visitantes de otros mundos. El caso es que la discusión entre astrónomos, antropólogos, etnólogos y ufólogos está más viva que nunca.

Foto: Nómada
Los niños, ajenos a todo, aprenderán la cultura de sus antepasados.

Y mientras estas preguntas traen en jaque a la comunidad científica de Occidente, en el acantilado de Bandiágara los niños siguen jugando, las mujeres moliendo el mijo y los hombres conversando en la "casa de la palabra" y tallando sobre las máscaras sus leyendas arcanas en el lenguaje pausado de la madera y el formón.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican normalmente el primer miércoles de cada mes.

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