• El carrete no ha muerto (pero a veces dan ganas de matarlo)
  • Ni a favor, ni en contra, ni todo lo contrario
OpiniónEnfoque diferencial

Yo, mis fotos, luego yo, y al final, muy lejos, los demás

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SEP 2014

“Solo será un segundo”, dijo, y al final fueron diez minutos. ¿Quién no ha mentido un poquitín o ha abierto una puerta -que debería estar cerrada- para conseguir una foto? Hay quien lo llama picardía. Otros lo llamarán morro. Pero, en resumidas cuentas, lo que somos los fotógrafos es unos egoístas.

La mentirijilla está asociada a nuestro egoísmo como éste está asociado a nuestro ADN fotográfico, y es por eso que muchas veces el ramalazo egoísta nos sale de forma natural. Si nos aplicásemos en lograr cosas productivas tanto como lo hacemos en esquivar las normas y salirnos con nuestra foto, estaríamos muy cerca de poner un pie en Plutón y Marte no tendría secretos para nosotros.

No estaría de más reflexionar un poco antes de hacer según qué cosas y pensárselo dos veces antes de tomar según que fotografías

Es innegable que existen fotógrafos que, con educación, mano izquierda y mucha sinceridad, logran magníficas imágenes. Supongo que ellos son de los que llevan un camino recto y una vida pulcra, mientras que nosotros, la gran mayoría, retorcemos las normas para salirnos con la nuestra sin pensar demasiado en que lo que hemos hecho no estaba del todo bien.

“Vaya, no sabía que no se podía usar flash”, dijo aquel mientras agachaba las orejas y guardaba la cámara con la foto hecha. “Perdone si le he molestado”, añadió otro tras descubrir que a aquel lugareño no le hizo ninguna gracia que le robaran el alma. Pedir perdón antes que pedir permiso, que me decían a mí. Y aunque reconozco que algunas veces el perdón a pedir es muy grande, soy un defensor de no pedir permiso, o al menos lo solía ser cuando el quebranto que causábamos era leve y casi siempre sin mala fe.

Saltar una valla, pisar un jardín, ignorar a un vigilante o ningunear a un bedel son el día a día de cada una de nuestras salidas fotográficas. Algunos lo hacemos sin pensar en los demás. A otros nos da igual. Incluso unos pocos lo hacemos con la idea de que el fin justifica los medios.

Pero todos, al final, corremos el riesgo de meter en problemas a un tercero sin que aparentemente nos importe demasiado. Y ello solo porque hemos perdido la habilidad -o las ganas- de medir las consecuencias de nuestras acciones. Antes sabíamos dónde estaba el límite. Ahora no. Y si lo sabemos, nos da igual.

Sería un ingenuo si pretendiera que el colectivo fotográfico se guardase la cámara ante un no. Ingenuo e hipócrita. Pero sí es verdad que no estaría de más reflexionar un poco antes de hacer según qué cosas y pensárselo dos veces antes de tomar según que fotografías.

No, insisto, no podemos pretender que la gente deje de pasear por la playa porque queramos hacer esa puesta de sol. No podemos dejar medio ciegos a los asistentes a una obra de teatro porque queramos sacar una foto del hijo que debuta en las tablas. No podemos bloquear una carretera porque queramos tener la imagen de nuestros amigos imitando a los Beatles.

No es un problema de novatos, aficionados o poco profesionales. Esto de yo, mis fotos, luego yo, y al final, muy lejos, los demás, es algo que he visto en fotógrafos de toda clase y condición. He visto a auténticos genios de la imagen enfadarse porque alguien se ponía en medio de su foto o mostrar un desprecio absoluto al compañerismo, saltándose los límites autoimpuestos por los propios fotógrafos para tener la instantánea perfectamente centrada.

Admito -claro que sí- que hay ciertas ocasiones, unas pocas, en que hay que saltarse las normas, pisar un par de pies e incluso un par de cabezas porque la foto merece la pena. Pero estaremos todos de acuerdo en que esas situaciones no se dan en playas al atardecer ni en un patio de butacas.

La columna de opinión "Enfoque diferencial" aparece publicada normalmente el segundo y cuarto lunes de cada mes.

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