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OpiniónEnfoque diferencial

Yo estuve allí

 
11
OCT 2010

Hace unos días me sugirieron que le echara un vistazo a la entrada de un blog que estaba suscitando cierta polémica entre la parroquia fotográfica. Su autora venía a decir que los fotógrafos que trabajamos en conciertos somos unos incompetentes y que no tenemos ni idea. En un blog donde la media de comentarios por post es de uno o dos, cuando uno lleva 59 y casi todos son para criticar el planteamiento de su autora es que algo ocurre.

El post en el fondo es irrelevante, y tampoco quiero hacer más sangre de un comentario a todas luces desafortunado. Una de las cosas que apunta la autora del blog, a quien no tengo el gusto de conocer personalmente, es que los fotógrafos que fotografían (fotografiamos) conciertos no nos movemos del foso.

Ya prácticamente ningún periodista con una cámara puede decir "yo estuve allí e hice las fotos que quería hacer"

Es un problema, cierto, pero no se nos debería señalar a los fotógrafos como a los culpables de ello. No es que seamos vagos (cualquiera que se haya fijado en los fotógrafos durante un concierto habrá visto que los pocos minutos o segundos que nos dejan para hacer nuestro trabajo no paramos quietos), el problema es que la fotografía del siglo XXI no se hace donde uno quiere, sino donde uno tiene permiso.

Los periodistas gráficos ya no hacemos fotoperiodismo, hacemos propaganda. "Ponte ahí y fotografía hasta que yo te diga." No lo dicen así de claro, pero es lo que significan en realidad los "por favor" y "gracias" que nos sueltan a diario. Son eufemismos que hemos aceptado como parte de nuestra profesión. Nos escandalizaríamos si alguien dijera "quédate aquí, que voy a coartar tu libertad de expresión y limitar el derecho a la información de los ciudadanos", así que lo disfrazan con palabras amables, nosotros tragamos y todos contentos.

Unas veces es por imagen, otras por dinero. Algunas veces se dice que es por seguridad. Y en otras ocasiones es evidente que es para -digámoslo claro- putear. La razón es realmente lo de menos. Lo de más es que ya prácticamente ningún periodista con una cámara puede decir "yo estuve allí e hice las fotos que quería hacer". Que le digan a un redactor que no puede formular tal o cual pregunta durante una rueda de prensa...

Y lo peor no es que esto nos ocurra a los fotoperiodistas, sino que este fenómeno se da también entre la gente de la calle. Al turista, al paseante, al vecino, al curioso, al cotilla, al historiador. Saque usted una cámara y espere. Hoy día, si se me permite una pequeña exageración, desenfundar el equipo fotográfico es la mejor forma de que se nos acerquen las autoridades.

Hoy no queremos comprar postales, sino aparecer en la foto con la obra de arte a nuestra espalda para poder etiquetarnos en Facebook

Son cosas que joroban, por no decirlo de otro modo. Uno no puede entrar en un museo y fotografiar como simple turista. Dicen que es porque la obra se deteriora. Incluso ahora, que ya es factible fotografiar sin flash, la excusa es la misma. También se oponen a que se hagan fotos en iglesias de esas que tienen más turistas que feligreses, en edificios históricos, en exposiciones... Es el denominador común de todos esos lugares (además de la tienda de postales en la salida).

Cuando más abierto debería ser el mundo, cuando más fácil debería ser llevar la cultura fotográfica a todas partes, cuando más sencillo debería ser fotografiar... es más difícil. Hoy se atisba una cámara colgada al hombro y el observador baraja automáticamente las peores opciones posibles: el vigilante de una tienda ve a un posible pirata que quiere copiar diseños; el promotor de un concierto, una postal menos que vender; el policía cree estar ante un potencial terrorista. Y vaya usted a saber qué ve el sacerdote.

En cierto modo, todo esto me recuerda a cierta entidad de derechos de autor y su afán de contener lo incontenible. Hace veinte años uno visitaba un museo y compraba la postal porque no le quedaba otra. Hoy ya no. Hoy queremos aparecer en la foto con la obra de arte a nuestra espalda para poder etiquetarnos en Facebook diciendo "yo estuve allí". ¿Para qué comprar una postal que uno puede conseguir en casa con sólo teclear cuatro letras en la Wikipedia?

La columna de opinión Enfoque diferencial se publica normalmente el segundo y cuarto lunes de cada mes.

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