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OpiniónEnfoque diferencial

Tocando techo

 
12
AGO 2013

Todas parecen iguales. He aquí una frase que no es raro escuchar si nos estamos un rato frente a un mostrador de cualquier tienda de fotografía observando a posibles clientes que entran, ojean, compran (o no) y se van. El mercado de las cámaras compactas digitales ha tocado techo, y tal vez esto signifique que da igual que salgan más y más modelos, pues el escaparate ya da cabida a una cantidad más que suficiente de ellos.

Como en todo aquello que es un negocio, uno de los grandes vicios de la fotografía digital ha sido el constante -y a veces cansino- goteo de productos que hemos sufrido durante años. Prácticamente no había mes en que una marca u otra lanzase uno o más modelos. Incluso hemos visto cómo se presentaban medio centenar de compactas en un mismo día.

No es que esto sea malo per se. Lo malo es que las novedades no son tales, sino argumentos fabricados en los departamentos de "marketing" para disimular que, en efecto, lo nuevo es algo viejo pero más grande. Ha ocurrido -y seguirá ocurriendo- con los sensores, con la sensibilidad y con los zooms.

Ha llegado el momento de dejar de intentar vender algo viejo como algo nuevo para poder seguir sosteniendo un precio

Las cámaras compactas que podemos definir como tradicionales parecen haber alcanzado un límite a partir del cual ya no pueden crecer más. Por abajo les comieron el terreno los teléfonos móviles; por arriba se lo están comiendo las cámaras de óptica intercambiable y sin espejo. ¿Y por el centro? Ahí ya es el propio mercado el que se está fagocitando a sí mismo al ofrecer al público cámaras que no dan nada nuevo sino prestaciones que los usuarios ni necesitan ni -como antaño- fingen necesitar.

Y es que hace cinco o diez años se le podía decir a un comprador que una sensibilidad de 1.000 ISO era necesaria porque con ella podría hacer fotos en casa sin flash. Y eso, pese a que nunca nadie se quejó de tener que usar el flash, era algo de lo que más o menos se podía tirar para vender más. Pero ahora... ahora es más complicado convencer a un potencial comprador de una cámara compacta de que necesita -fotográficamente hablando- algo más de lo que prácticamente cualquier smartphone le aporta, aun estando la calidad de la inmensa mayoría de estos últimos muy por debajo de cualquier compacta medianamente decente.

El sentido común dicta que el gremio de fabricantes debería pisar un poco el freno, más de lo que ya lo está haciendo, y recapacitar. Ya no vivimos en aquella época en la que uno buscaba una marca y poco más. Hoy ya hay cámaras compactas digitales de cualquier marca, incluso copias "made in China" que por muy pocos euros ofrecen una mínima calidad. Aquello de ir a la tienda y pedir una Kodak es algo del pasado.

Sólo hay que leer este artículo que publicábamos la semana pasada sobre las esperadas novedades para después de verano. Independientemente de que se conviertan en realidad, esto es de lo que la gente habla, y nadie habla -oh, qué sorpresa- de cámaras compactas. Incluso hay un móvil que figura en las apuestas.

En cualquier caso, ello no significa que este segmento de mercado esté muerto, pero sí está enfermo. Mientras que el gran público pide más y más modelos sin espejo, el mundo compacto, agotado en ideas técnicas, sufre por reinventar un formato que no da más de sí.

Ha llegado el momento de dejar de intentar vender algo viejo como algo nuevo para poder seguir sosteniendo un precio. Las cámaras compactas digitales han cumplido su función mucho antes de que llegase la revolución digital, y aún pueden seguir haciéndolo si las firmas las venden sin disfrazarlas, sin recurrir a argumentos que en no pocas ocasiones defraudan al comprador. La cámara compacta ha muerto. Larga vida a la cámara compacta.

La columna de opinión Enfoque diferencial se publica normalmente el segundo y cuarto lunes de cada mes.

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