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OpiniónEnfoque diferencial

Tengan cuidado ahí fuera

 
8
NOV 2010

La historia de fotógrafos y ladrones que hemos conocido hoy parece sacada de una película de espionaje industrial. Un fotoperiodista que se aloja en un hotel, una pausa rápida para cenar, una puerta abierta sin romper la cerradura, un equipo que aún no se comercializa que desaparece y otro equipo igual de caro pero menos moderno que es abandonado como si no costase un céntimo. Un perfecto caldo de cultivo para conspiraciones varias.

Somos un blanco fácil. Una persona que trajina miles de euros en equipo fotográfico que se vende como rosquillas yendo sola por la vida es como echar azúcar en un hormiguero. Los fotógrafos somos objetivo prioritario de los amigos de lo ajeno. Todo el mundo lo sabe, pero a nadie le importa. Como siempre.

Los fotógrafos vamos solos por la vida trajinando miles de euros en equipo fotográfico que se vende como rosquillas. Somos un blanco fácil

Las compañías de seguros que extienden pólizas por los equipos fotográficos se cuentan con los dedos de la mano -y sobran dedos-, y las que lo hacen tienen unos precios desorbitados que la mayoría no podemos asumir. Más caros que el seguro de robo de mi coche, sin ir más lejos. Eso los profesionales, porque si eres "sólo" aficionado, olvídate de seguros.

Y es que, suspicacias al margen, lo que es evidente es que los chorizos de ahora no son como los de antes, que te pedían la bolsa o la vida según su víctima salía del bar a las cinco de la mañana con unos cuantos cubatas disueltos ya en el torrente sanguíneo. No. Los de ahora se han estudiado el catálogo de Domke, el de Newswear y el de Crumpler y se conocen las bolsas de fotografía como yo me conozco la tabla del cinco. Saben que un 85 mm f1.2 es más caro que un 50-500 mm, aunque éste sea más grande, y distinguen perfectamente una Mark III de una Mark IV. ¡Ay, chorizos de antes, que difícilmente sabían que III es tres y que IV es cuatro! Si va a ser verdad el refrán aquel que dice que "otro vendrá que a mí bueno me hará".

Denunciar es inútil. Reclamar al hotel, una pérdida de tiempo. Asegurar, demasiado caro. ¿Qué nos queda? Nada. Como decía mi hermano, hasta que no me ocurra, no me voy a preocupar, y una vez que pase, ya no tendrá remedio. Así de simple, así de triste.

Dos clases de fotógrafos hay: aquellos a los que les han robado y aquellos a los que les van a robar

Además, ahora, con eso de Internet, la globalización y el simple hecho de poder vender en Abequewalda desde Madrid -maldito eBay-, el viejo recurso de ir al servicio técnico a dar los números de serie del material sustraído es tan inútil como rezarle al santo. "No te esfuerces", me decían en cierto servicio técnico cuando me robaron la bolsa años atrás. "Si tu equipo ya estará en Rumanía." Ese día descubrí que el exceso de sinceridad sienta como una patada en la entrepierna.

Porque, en efecto, yo también he sufrido un robo. Y sé lo que se siente. Dos clases de fotógrafos hay: aquellos a los que les han robado y aquellos a los que les van a robar. El asunto es especialmente delicado cuando hablamos de personas que viven de eso de apretar el botón del obturador. Un aficionado "pierde" su cámara, y por mucho que le duela puede vivir sin ella. A nosotros nos roban, y sin darnos tiempo a soltar una lágrima tenemos que estar en la tienda comprando un equipo nuevo.

Que esto de los robos fotográficos no es como que te den un tirón del bolso o que se lleven el coche. Cuando nos roban las cámaras no podemos esperar a ver si aparecen ni confiar en la siempre eficiente -pretendo parecer irónico- labor policial. Nosotros sabemos que bolsa que vuela, bolsa que no se vuelve a ver.

Ya lo decía el sargento aquel de "Hill Street Blues": tengan cuidado ahí fuera.

La columna de opinión Enfoque diferencial se publica normalmente el segundo y cuarto lunes de cada mes.

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