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OpiniónContando píxeles

Pequeñas mentiras fotográficas

 
21
NOV 2011

Como todas las ciencias que ni son exactas ni -de hecho- son ciencias, la fotografía siempre ha estado rodeada de cierta parafernalia con una buena dosis de teatro. Y ahora que no nos escucha nadie y estamos entre amigos, podemos decir la verdad. No digo que aquí todo el mundo venda humo, pero seamos sinceros: siempre hay que echarle un poco de rollo al asunto para convencer a la humanidad de que una imagen es mucho más que eso, el reflejo de un instante, una historia condensada o incluso arte. Nada menos.

No está escrito en ningún código secreto que pasa de generación a generación, pero todos los que nos movemos en los alrededores de este mundillo sabemos que hay ciertas mentiras a las que recurrir de vez en cuando mientras entornamos la mirada, ponemos voz grave y sujetamos la cámara con una mano como si fuera un apéndice más de nuestro cuerpo.

Siempre hay que echarle un poco de rollo para convencer a la humanidad de que una foto es el reflejo de un instante o incluso arte

Empezando por eso de autoproclamarnos fotógrafos con una alegría pasmosa, conscientes de que, así en frío y de entrada, no suena mal. Al menos es mejor que liarse a explicar que en realidad lo que uno hace es probar cámaras y buscar ruido cromático a 456.000 ISO. O que es periodista tecnológico. Eso nunca. Dice la leyenda que algunos, en sus casas, prefieren ocultarlo diciendo que trabajan de pianistas en un burdel. Está mejor visto.

Pero no nos pongamos dramáticos. En realidad estamos hablando de pequeñas tonterías. Mentiras piadosas destinadas a mantener el mito, ahora que cualquiera con un iPhone e Instagram puede hacer fotos bastante más vistosas que las nuestras.

Por eso no hay nada malo en pasarse el día soltando perlas del tipo "la cámara no es lo importante, sino el fotógrafo". Que sí, que queda muy bonito y puede que hasta cuele. Pero, entre nosotros, ¿para qué te has gastado entonces una pasta en el último modelo y llevas diez meses dando la lata con la Nikon D800?

Muy manoseado pero totalmente inocente es también eso de "ya mando yo las fotos". Es mentira, y en realidad todos tus amigos lo saben. Te dejan ejercer de fotógrafo oficial de la cuadrilla para que estés entretenido, pero saben que todas esas imágenes están condenadas a perderse en tu disco duro. Nunca las colgarás en Facebook ni las enviarás por e-mail. Por eso, mientras tú no te das cuenta y andas calculando la exposición óptima para la foto de grupo, alguien disimuladamente va sacando fotos con el móvil.

¿Y cuál es la excusa que todos ponemos para no enviarlas? Exacto: "Es que las tengo que editar." Porque los Fotógrafos -con mayúscula- no seleccionamos y retocamos las imágenes como el resto de los mortales. Nosotros "editamos".

Retocar es de perdedores. Editar, en cambio, es un proceso mucho más digno que permite exprimir al máximo las posibilidades de la cámara. Una vez eliminadas las 99 fotos malas y seleccionada la obra de arte, sólo se trata de ajustar todos los niveles, subir los negros, reventar la saturación y el contraste, seleccionar el cielo y oscurecerlo, meter una máscara de enfoque, aplicar un viñeteo que ni la peor de las Lomo... y por supuesto recortar la imagen para corregir el lamentable encuadre original.

"Sólo disparo cuando tengo la foto clara", soltamos cuando en nuestra cabeza todavía martillea el sonido de la ráfaga de 50 fotos

Nosotros lo sabemos, pero ellos no. ¡Qué fotos más espectaculares!, te dirán. Y es entonces cuando tú le restas importancia al asunto. Dices, por ejemplo, que se nota mucho el uso de buenas ópticas y -atención- que sobre todo la clave está en ver la foto antes de disparar. Con un par.

"Sólo disparo cuando tengo la foto clara", soltamos sin pestañear cuando en nuestra cabeza todavía martillea el sonido de la última ráfaga de 50 imágenes que hemos hecho para un puñetero retrato. Y lo más divertido es que, posiblemente, la mejor foto de nuestra vida será esa que hagamos casi sin querer. Pero, tranquilos: no seré yo quien desvele ese pequeño secreto.

Incluso algunos van más allá y sueltan perlas del tipo "prefería trabajar con película, porque pensabas más cada disparo". Da un poco de risa, pero si vemos que la cosa funciona y que el respetable nos escucha impresionado, podemos tensar un poco más la cuerda y jugar la baza de la nostalgia química.

"Cómo echo de menos revelar yo mismo las fotos", podemos decir con gesto serio y la mirada perdida en el horizonte. "Y el olor agrio de los químicos", podría añadir alguien mientras guiña un ojo para darnos a entender que es de los nuestros y nos va a seguir la corriente.

Y es que restarle importancia al equipo y, por tanto, atribuirnos los méritos casi en exclusiva es una gran triquiñuela. Cuanto más espartanos seamos o parezcamos, mejor. ¿Zoom? "Qué va, lo mío son las ópticas fijas." ¿Enfoque automático? "Eso es de vagos; yo enfoco a mano." ¿Palanca de arrastre? "Ojalá volviera." Bueno, tampoco nos pasemos.

"Cómo echo de menos revelar yo mismo las fotos", decimos con gesto serio y la mirada perdida en el horizonte

Pero, sin duda, mi gama de mentiras fotográficas favoritas es la de las políticamente correctas. ¿De verdad te gusta esa foto de Flickr que comentas para ver si luego también te doran a ti la píldora? ¿Es necesario que mintamos cuando alguien nos enseña una birria en HDR que hace sangrar los ojos? Pues sí, porque somos tipos educados.

De todos modos, el no va más de la modestia y la corrección política es para los fotógrafos de boda. "El mérito es vuestro", les dicen a los novios. ¡Mentira! El mérito es de quien, detrás del visor, ha conseguido disimular la caspa del restaurante, el espantoso vestido de lentejuela de ella y el traje que a él le sentaba como un libro a Berlusconi.

¿Verdad que a todos nos resultan familiares -por decirlas o escucharlas- algunas de estas tonterías? Pues quien esté libre de pecado, que dispare la primera foto.

La columna de opinión "Contando píxeles" se publica, normalmente, el primer y tercer lunes de cada mes.

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