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OpiniónEnfoque diferencial

La teoría del fraude

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24
MAR 2014

Decía un tipo hablando del secuestro y la posterior liberación del capitán Phillips que los soldados que aquel día dispararon no podían permitirse el lujo de fallar, que su efectividad debe ser siempre del 100%.

Si no recuerdan quién era el tal capitán ni saben de qué les estoy hablando, ahí va una síntesis: Richard Phillips, capitán de la marina mercante de Estados Unidos; en 2009, piratas somalíes le retienen varios días como rehén; soldados estadounidenses le liberan a tiros, disparando tres de ellos una única bala de forma simultánea a tres secuestradores; cuatro años después, Tom Hanks encarna al capitán en una película no exenta de polémica (pero éste ya es otro tema).

Los fotógrafos de antes tal vez no, pero los de ahora nos hemos ganado una fama justo contraria a la de estos soldados. Ya no medimos, calculamos, aseguramos y disparamos. Ahora ponemos el piloto automático y tiramos ráfagas interminables de fotogramas como si no hubiera un mañana. Es difícil dar con un fotógrafo que dispare las fotos de una en una, y casi imposible encontrar aquel que cuente sus disparos por éxitos, aunque su blanco sea un inanimado bote de sopa de tomate. Somos un fraude. En serio.

¿En serio? No, claro que no. No negaré que eso del “cómo se nota que ahora no usáis carrete” lo oigo prácticamente a diario, como tampoco negaré que hay días en que desecho más fotos digitales que las que se podrían tirar en un mes con película. Pero de pecar de ciertos excesos a negar nuestra capacidad de ver -fotográficamente hablando- hay un trecho.

Nadie pregunta si nos pasamos cuatro horas esperando la luz perfecta o si nos fastidiamos la espalda buscando un ángulo de tiro imposible. De nosotros sólo interesa la foto

Un fotógrafo tiene –o debería tener- una capacidad especial para ver y prever cosas. Un fotógrafo de eventos, por ejemplo, preverá que no podrá hacer la foto porque en el momento crítico el público se pondrá en pie para aplaudir, obstruyéndole el tiro. En un estreno de cine un fotógrafo experimentado sabrá nada más llegar que las luces apagadas a su espalda son un potencial problema porque, aunque de antemano todo pueda parecer estar bien, cuando los focos se enciendan la sombra de los propios fotógrafos se proyectará dentro del encuadre.

Son muchos los ejemplos que podrían ponerse. No es que seamos superhombres de visión mágica, es que la experiencia es un grado y del mismo modo que el fotógrafo de deportes enfoca a un jugador sin balón porque sabe que le van a pasar la pelota dentro de un segundo, los fotógrafos que cubrimos información general anticipamos otro tipo de gestos.

Muchas veces ni siquiera se trata de anticipar, sino de reaccionar rápido ante lo que está pasando, o incluso ver que algo ha ocurrido y enfocar. Y esperar. Y seguir esperando. Confiar en que el gesto, el suceso, el instante, vuelva a suceder.

La ráfaga fotográfica es una herramienta, y como tal la utilizamos. Fotografiar es una actividad con muchos condicionantes en la que infinitas variables tienen que converger, y es cierto que en ocasiones esas grandes instantáneas que vemos en los periódicos son -es cierto- fruto de la casualidad tras disparar diez fotos en un segundo.

Decía un soldado en el libro que relata la caza de Bin Laden que de ellos sólo se conocen sus errores, que de sus éxitos nadie habla. De los fotógrafos, sin ir tan lejos, a veces ocurre algo parecido. De nosotros nadie pregunta si nos pasamos cuatro horas esperando la luz perfecta, si nos tuvimos que tragar dos horas de mitin o si nos fastidiamos la espalda buscando un ángulo de tiro imposible. De nosotros -y no es un reproche al público- sólo interesa la foto.

La columna de opinión "Enfoque diferencial" aparece publicada normalmente el segundo y cuarto lunes de cada mes.

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