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OpiniónEnfoque diferencial

Gustos, colores y otras vicisitudes

 
27
DIC 2010

A diario veo decenas de fotos. Paso muchos minutos contemplando webs de fotografía, galerías y colecciones de todo tipo en busca de material interesante. Como los genios no son algo que abunde, para encontrar una gran foto antes hay que ver mil malas.

Desde que me propusieron formar parte del equipo de "Cómo la hice", mis visitas a estos sitios web se han multiplicado, pero si antes me centraba en fotógrafos profesionales o con renombre, ahora también miro el trabajo de aficionados de toda clase y condición. ¿Y saben qué? Que para mi sorpresa, algunas de las fotos de los grandes y los -digamos- no tan grandes difieren más bien poco entre sí.

Cotilleando estos días, me acordé especialmente de Terry Richardson y su caterva de acólitos adoradores -para que no haya malas interpretaciones, efectivamente Richardson no es amigo mío- que elevan sus fotos a la categoría de obras de arte. ¿Qué diferencia hay entre algunas de sus imágenes, esas realizadas con un flash directo y que no están iluminadas sino alumbradas a lo bruto, y las de muchos aficionados que sacan la compacta cuando llevan dos tequilas de más encima?

Hasta hace algunos años, separar trigo de paja era relativamente sencillo. Las normas fotográficas eran más o menos respetadas por todos y definir una foto correcta era tan sencillo como mirar quién se había salido del trazo al colorear un dibujo. Había excepciones, por supuesto, pero se rompían las reglas con tal exquisitez que daba gusto verlo. Pero eso ya no pasa.

En esta época que nos ha tocado vivir sólo nos preocupa que algo nos guste; ya no nos preocupa saber por qué nos gusta

Ya he comentado alguna vez que en la era del todo vale importa más el cómo vendas la foto que la calidad de la misma. Una foto es tan buena como lo sea la habilidad del fotógrafo para saber promocionarla. Richardson es un ejemplo de ello.

Pero más allá de estrellas y estrellados, hay otro grupo de fotógrafos dignos de interés. Son esos fotógrafos que, sin ser estrellas, retratan un vaso vacío de cuajada y te hacen una galería que se llama "Instantes". No me dirán que no es poético.

Y es que, en cierto modo, si un Avedon cualquiera fotografía un vaso vacío, uno puede pensar "eh, que es Avedon, que puede que se le haya ido la pinza, pero a lo mejor él ve algo que yo no soy capaz de ver". Pero cuando un Juan Nadie te captura un instante, mejor ponerlo en cuarentena. Y si lo hace en blanco y negro, ya ni hablamos. Visto así, tampoco sería descabellado afirmar que Richardson es un Juan Nadie con un buen marketing.

Es el problema de la fotografía como elemento subjetivo. ¿Qué diferencia a una foto buena de una mala? Es probable que muchos de los que hayan leído hasta aquí se hayan formado una idea poco agradable respecto a mi voluble criterio fotográfico. Y tal vez estén en lo cierto. Pero los que no lo hayan hecho también tendrán su parte de razón.

Decía un antiguo profesor mío que una foto que no te toca el alma no es una buena foto. Los términos bueno y malo son, en fotografía, tan subjetivos que no hacen falta argumentos para rebatirlos. Con decir "no sé por qué me gusta", sería suficiente. Es lo que tiene la subjetividad, que no hay prueba del nueve que la rebata.

Y ahí es donde quería llegar: esa subjetividad fotográfica se ha pervertido tanto que ya nadie reflexiona acerca de la estética y la moral de una imagen. En esta época que nos ha tocado vivir sólo nos preocupa que algo nos guste; ya no nos preocupa saber por qué nos gusta.

La columna de opinión Enfoque diferencial se publica normalmente el segundo y cuarto lunes de cada mes.

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