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OpiniónEnfoque diferencial

Ponerse una medalla

 
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ENE 2012

La semana pasada me asignaron cubrir el inicio del juicio al magistrado Baltasar Garzón. Era un acontecimiento muy mediático, y precisamente por ello el Tribunal Supremo organizó un "mudo" (lo que en la jerga vendría a ser ese espacio de tiempo generalmente previo al comienzo de una reunión en el que los medios gráficos pueden pasar para tomar imágenes). Así lo hicimos: llegamos y fotografiamos al juez a su llegada y luego un poco más cuando éste ya estaba sentado en el banquillo, segundos antes de que se declarase abierta la sesión. Finalmente nos fuimos porque nos echaron.

La sorpresa llegó después, cuando apenas salíamos y las ediciones digitales ya empezaban a ilustrar los avances de la crónica. Usaban para ello las fotos que en el interior de la sala estaban haciendo los redactores con sus teléfonos móviles. De calidad técnica mediocre, estas imágenes ciertamente tenían mucho más valor informativo que las nuestras, y por ello se colaron directamente en las portadas de los medios on-line. Contra eso nosotros, los fotoperiodistas, no podíamos competir.

En otro rincón de España, concretamente en Castellón, un chaval de instituto fotografiaba por esas mismas fechas a sus compañeros, tapados todos con mantas y batas para combatir el frío en clase. Ese joven hacía, sin saberlo, de periodista. La imagen saltó con rapidez de las redes sociales a la prensa. Contra esa foto nosotros, los fotoperiodistas, tampoco pudimos competir.

No contentos con hacer fotos cuando no hay fotógrafos, ahora los redactores también las hacen cuando sí los hay

La diferencia entre el primer y el segundo caso es evidente, y pone de manifiesto una vez más el maltrato que la fotografía sufre en la prensa últimamente. Mientras que la foto de Castellón constituye un excelente ejemplo de periodismo ciudadano y de cómo la fotografía digital ha permitido dar voz a los sin voz, el primer caso demuestra que cada día más los fotógrafos somos informadores de segunda. Que un redactor haga una foto ya no se considera sólo correcto, sino que es obligatorio e incluso hay recompensa por ello. Que un fotógrafo haga una pregunta es, simplemente, inconcebible.

¿Se imaginan a un fotógrafo o un operador cámara preguntándole al presidente del gobierno de turno sobre la prima de riesgo durante el "mudo" de una reunión? Sería el acabose. Sin embargo, que un redactor desenfunde su móvil para hacerse con la foto de portada es visto por todos como lo más normal del mundo.

En el Tribunal Supremo algunos de mis compañeros se enfadaban -no sin razón- tras constatar que, mientras a los fotógrafos nos prohibían estar a menos de cinco metros del juez Garzón, los redactores podían acercarse a charlar con él y, por supuesto, sacar su teléfono para tomarle una fotografía. ¿Pero qué doble vara de medir es ésta? ¿Dónde queda el respeto profesional?

Las circunstancias están empujando al fotoperiodismo tan al borde del precipicio que ahora mismo tenemos más cuerpo colgando que en tierra. No contentos con hacer fotografías cuando no hay fotógrafos, ahora los redactores también las hacen cuando sí los hay. Así nos va.

Cierto es que este mundo no es perfecto y que hay medios que no pueden de ninguna manera permitirse a dos periodistas para realizar una cobertura. Pero lo que no entiendo -o mejor dicho, miedo me da entenderlo- es el comportamiento de esos redactores que, por ponerse una medalla más, hacen su foto con el iPhone para vender una crónica más completa incluso a costa de pasar por encima de sus compañeros fotógrafos.

Que se saque una fotografía donde no ha habido ni habrá fotógrafo es una cosa. Pero otra muy distinta es sacarla mientras el fotógrafo está haciendo también su trabajo. Ojalá algún día nuestros compañeros redactores usen el teléfono no para fotografiar, sino para llamar al correspondiente departamento de comunicación y quejarse de que allí donde debería haber un fotógrafo no lo hay.

La columna de opinión Enfoque diferencial se publica normalmente el segundo y cuarto lunes de cada mes.

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