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OpiniónEnfoque diferencial

El concepto

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DIC 2013

Profesional. Una palabra muy manida tras la cual se esconde un concepto mucho más amplio que una definición de diccionario. Profesional implica precisión, rozar la excelencia, colmar el 100% allá donde lo no profesional a duras penas llega al 90%. Marcar las diferencias, en definitiva.

En fotografía sufrimos, como en otras profesiones, el mal del profesional. Esa tendencia a valorarnos por el tamaño -y precio- de nuestro equipo y a menospreciar nuestras capacidades con la siempre molesta frase de “mi cámara hace las mismas fotos y cuesta un 20% de lo que cuesta la tuya”.

Una de las situaciones más incómodas para un fotógrafo es la que genera el típico moscón que, en efecto, se empeña en mostrarte que su cámara y la tuya producen fotos de calidad más que similar. Sobre todo a las tres de la tarde de un despejado día de verano. A ninguno de estos fotógrafos de biblioteca -si se me permite la expresión- se le ocurre comparar fotos en un día de lluvia, en un callejón a las tres de la mañana o mientras corretea delante de nosotros un deportista con un balón en el pie. Del mismo modo que nadie compararía el puente de San Francisco con el puente de su pueblo sólo porque por ambos pueden circular coches.

Se supone que un profesional es el no va más. Pero para convertir un supuesto en un hecho, algo debemos poner de nuestra parte

Cuando se aspira a lo más alto hay que sacar hasta el 100% del rendimiento de nosotros mismos, pero también de nuestras herramientas. Parece evidente, ¿verdad? Pues eso muchos profesionales no lo hacen. Que no lo haga el mismo moscón de antes mientras fotografía el cumpleaños de su sobrino, de acuerdo, pero me sorprende cómo en la profesión hemos interiorizado –yo el primero- el discurso del “no funciona”, cuando lo que deberíamos decir es “no sé hacerlo funcionar”. ¿Leerse el manual? ¡Ni hablar!

Los profesionales, precisamente por serlo, gozamos del privilegio de la experiencia. Sólo nos basta tener una cámara entre manos para saber utilizarla, y de eso nos valemos muchas veces pensando solamente en salvar la situación sin ser conscientes de que el resultado hubiese sido mejor de haber sabido configurar correctamente el enfoque, ajustar con precisión el balance de blancos o saber hasta cuándo es utilizable -antes de que el ruido sea insoportable- la alta sensibilidad.

Aunque debo reconocer que este virus del sabelotodismo nos afecta más a los fotoperiodistas que a otras ramas profesionales de la fotografía (no he encontrado todavía a ningún fotógrafo de moda que maltrate tanto al color como hacemos nosotros), no es muy complicado dar con gente profesional de la que se puede llamar veterana con cámaras configuradas de fábrica. ¿Que el menú de autofoco tiene 57 opciones? Vale, pero mi cámara no enfoca.

Conozco un caso ciertamente muy puntual pero también muy real. Un fotoperiodista, mientras trabajaba, descubrió que el dial trasero de su cámara había dejado de funcionar un año después de haberla estrenado. Tocó visita al servicio técnico, y entonces -y sólo entonces- se percató de que el botón de encendido de su cámara tenía una posición en la que el dial trasero quedaba inhabilitado. Un caso excepcional que ilustra cómo algunos profesionales creemos saberlo todo cuando, en realidad, aún nos queda mucho por aprender.

Un profesional no es un simple aficionado, y entiéndase que no uso aquí el término aficionado con afán peyorativo. Un profesional es el no va más, la crème de la crème, la cúspide de la pirámide. Eso es lo que se supone. Pero para convertir un supuesto en un hecho, algo debemos poner de nuestra parte. Saber cómo trabajamos, conocer la herramienta con que lo hacemos y por supuesto bajar de vez de cuando de nuestra montaña.

La columna de opinión "Enfoque diferencial" aparece publicada normalmente el segundo y cuarto lunes de cada mes.

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