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OpiniónEnfoque diferencial

Envidiémosle

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NOV 2014

Lo de soltar a bocajarro que con esa cámara cualquiera hace buenas fotos es una aserción tan manida que, a estas alturas, hasta resulta graciosa. A algunos aún nos sigue resonando la épica sentencia de Fernando Roi en referencia al tamaño de la cámara (“te tienes que poner cachondo haciendo fotos”), y pese a ello todos sabemos que, en efecto, tener una gran cámara no es el pasaporte a la excelencia fotográfica.

Carlos Pérez Naval, un chaval de tan solo nueve años, se alzó hace unos días como flamante ganador del Wildlife Photographer of the Year (WPY) en la categoría para benjamines. Más allá de los extendidos halagos hacia este pequeño gran fotógrafo de naturaleza, me han llamado poderosamente la atención ciertas opiniones que ponen en tela de juicio su trabajo (véanse por ejemplo las que cuelgan de la entrevista que le hicimos en Quesabesde o las que pueden leerse en Facebook).

Algunos han cargado contra el joven ganador del WPY por usar un buen equipo, una crítica tan manida que hasta resulta graciosa

Dejando al margen quienes cuestionaban su técnica -crítica del todo respetable en algunos casos-, me decepcionó ver cómo algunos cargaban contra el joven fotógrafo por usar un buen equipo e ironizaban sobre la forma en que un chaval de nueve años puede pagar unas ópticas de varios miles de euros.

Es curioso. Son más de los que hubiese pensado los que no son capaces de concebir siquiera que lo más normal del mundo es que un padre les preste cosas a sus hijos, sea un balón de fútbol, una bicicleta o una cámara. Pero tal vez tras esa aparente incredulidad lo que se esconde en realidad es la práctica de un deporte patrio arraigadísimo: la crítica destructiva.

Quizás vayan por ahí los tiros. Es muy triste leer afirmaciones tan poco acertadas como “con padres con dinero, cualquiera” o “si yo tuviera esa cámara” o “no hay modo de saber si él ha hecho las fotografías”. No seré yo quien defienda a quien seguramente no lo necesite, pero permítanme que comparta mi asombro tras ver cómo algunos fotógrafos o amantes de la fotografía despellejan a otro fotógrafo obviando el pequeño detalle de que con solo nueve años ya ha ganado -en la categoría de su edad, cierto- un concurso internacional de gran renombre.

Como otros comentaristas dicen, se debería hacer extensivo este premio a los padres. Unos padres que han sabido inculcar a un niño algo tan delicado como la pasión por la fotografía y la naturaleza, que han decidido fomentar esos valores en una sociedad que bebe del influjo de personajes televisivos de dudoso valor intelectual.

Mucho más importante que el premio es la actitud de esos padres. Si ya de por sí a veces es difícil es echarse al monte para hacer fotos porque uno quiere, no me puedo ni imaginar cuánto lo será llevando encima -tal vez literalmente- a un niño de cinco, seis o siete años que apenas sabe qué es una cámara, que se cansa y se aburre o que simplemente quiere jugar a otra cosa.

Lo bordaba otro comentarista: muchos padres llevan a sus niños al fútbol solo para aprender un buen rosario de insultos al árbitro, pero de eso pocas quejas se oyen. Tampoco se escucha a nadie decir que ese chaval es bueno jugando al fútbol porque sus padres le han comprado unas botas de marca y han sacrificado todos los fines de semana para que le diera al balón.

Muchas veces los propios fotógrafos somos nuestro peor enemigo. Ya me hubiera gustado a mí, con nueve años, haber sabido siquiera lo que era una cámara. El chaval tiene suerte de tener esos padres. Envidiémosle por tener esa suerte en vez de criticarle por ello.

La columna de opinión "Enfoque diferencial" aparece publicada normalmente el segundo y cuarto lunes de cada mes.

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