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OpiniónContando píxeles

¿Hay carrete para rato?

 
6
JUN 2011

Hace una década la mejor forma de empezar un debate fotográfico era preguntando si las cámaras digitales habían superado ya en calidad a las de película. Se plantaba uno en clase con unas cuantas copias de gran formato, las dejaba encima de la mesa y a ver quién era el valiente que sabía distinguir cuáles provenían del mundo de los píxeles y cuáles del de la plata. En unos minutos, la bronca entre defensores de una y otra rama estaba asegurada.

Pretender hacer ahora lo mismo sería bastante absurdo, entre otras cosas porque afortunadamente aquella cansina discusión que daba más protagonismo al medio que al propio contenido parece felizmente superada. Ahora la pregunta crítica se centra más bien en si nuestros queridos rollos de película seguirán existiendo dentro de unos años o si están abocados a desaparecer, engullidos por la tecnología digital.

La inmensa mayoría de los que nos movemos en este mundillo fotográfico tenemos muy clara la respuesta: por supuesto que sobrevivirán, aseguramos con tono grave. Tal vez relegados a un papel anecdótico, como mera curiosidad histórica o capricho de artistas lomográficos y demás bichos raros. Pero sobrevivirán.

Los expertos aseguran que la película química no sobrevivirá más de una década

Claro que serán más difíciles de encontrar y más caros, admitimos, pero siempre habrá alguna tienda que reserve un hueco para almacenar unos cuantos rollos de negativos y "diapos" y que pueda revelarlos. O un mercado negro de químicos, si no queda otro remedio que hacerlo en casa, pensarán los más pesimistas.

El problema es que igual nos estamos dejando llevar por la nostalgia y nos falta una buena bofetada de realidad a base de cifras. Precisamente de eso se encarga un reciente artículo elaborado por The Associated Press que dibuja una situación bastante delicada para la fotografía química en el mercado estadounidense.

A principios de este siglo (hace una década ya... cómo pasa el tiempo) se vendían por aquellas tierras 1.000 millones de rollos de película al año. Ahora esa cifra ha caído en picado hasta poco más de 50 millones, sumando los carretes sueltos y las cámaras de un solo uso.

De hecho, estas cámaras de usar y tirar ya se llevan la mejor parte de este agonizante pastel con más de 30 millones de unidades vendidas al año. Pero, ¿quién demonios sigue comprando estas cámaras? Pues se ve que aún tienen tirón. Tanto, que Kodak incluso ha sacado una gama de modelos "tuneados" para bodas, con sus florecillas de colores, y tal. Dan ganas de casarse y todo para poder comprar un "pack" de 10 unidades por sólo 79,90 euros.

Volviendo a los datos del citado artículo, no sólo se ha derrumbado la venta de rollos de película, sino también las cámaras que los utilizan. En el año 2000, y según las cifras reflejadas en informes de la Photo Marketing Association, se vendieron casi 20 millones de cámaras de carrete. En 2009, sólo 280.000.

Los usuarios de estas cámaras no las renuevan, explican los astutos analistas de mercado, sino que simplemente dan el salto al mundo digital. De mantenerse esta doble tendencia al mismo ritmo, los expertos aseguran que la película química no sobrevivirá más de una década.

¿Se trata del típico estudio alarmista que, de entrada, no mira más allá del ombligo de su escaparate local y pasa por alto la importancia de los llamados mercados emergentes? Podría ser, pero si quieren alguna pista más cercana de cómo está el patio, les cuento una entrañable historia.

Poco tiempo después de llegar a Barcelona comencé a trabajar en un conocido laboratorio profesional de la ciudad. Éramos más de una decena de personas atendiendo en el mostrador, recogiendo rollos, rellenando sobres, regateando las quejas cuando había un retraso o una copia no aparecía... Turnos de mañana y tarde. Al mediodía no se cerraba, y a determinadas horas se montaban unas colas espectaculares.

Cuando la película deje de ser rentable, ni Kodak ni Fujifilm ni nadie querrá tirar el dinero para satisfacer nuestra nostalgia química

No se ganaba mucho -qué bonito eufemismo-, pero a cambio aprendí a distinguir entre Astias, Provias, Velvias y demás. Pudimos practicar con procesos cruzados y revelar nuestras geniales fotos a precios muy asequibles -mira, otro eufemismo- o ver el delicado revelado en bastidores y el filtraje manual de color en el positivado.

De vez en cuando sigo pasando por allí para encargar alguna copia. Casi nunca hay cola, cierran al mediodía y, evidentemente, el mostrador tampoco es lo que era. Por supuesto, no es un caso aislado, y seguro que en muchas pequeñas tiendas de barrio la situación es bastante más dramática.

No sé si en realidad al carrete le quedan diez o veinte años de vida por delante, si está ya condenado o todavía hay esperanza. Pero lo que está claro es que, cuando deje de ser rentable (parece que por ahora lo sigue siendo), ni Kodak ni Fujifilm ni nadie estará dispuesto a tirar el dinero para satisfacer nuestra bonita nostalgia química.

Así que menos lloriquear, menos emotivos recuerdos del olor amargo que salía de las cubetas, menos batallitas de cuando sacábamos totalmente a oscuras la película del carrete y la metíamos en aquellas espirales para revelar el negativo, y más desempolvar las viejas cámaras y rescatar los rollos caducados que guardamos en un rincón de la nevera.

Yo pensaba especular con ellos para revenderlos por el doble cuando escaseen, pero visto el panorama y las previsiones de demanda, igual mejor los uso.

La columna de opinión "Contando píxeles" se publica, normalmente, el primer y tercer lunes de cada mes.

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