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OpiniónEnfoque diferencial

Te lo digo yo, que no sé de lo que hablo

 
12
ABR 2010

Estos días soy el afortunado tutor de prácticas de una joven fotógrafa, una experiencia que recomiendo a todos los profesionales del sector. Ya voy por mi segundo compañero de prácticas, y si no media catástrofe, el próximo año seguiré con otro más.

Los alumnos de prácticas son como los niños pequeños: no se cortan en decir lo que piensan y preguntan lo que ignoran sin temor a miradas inquisitorias. Esta semana mi compañera de prácticas me dejó un poco de fuera de juego cuando, contemplando y salivando ante una vitrina de exposición de Leicas en un centro comercial, me soltó algo así como "Leica es buena, ¿no?"

Mi primera reacción fue contestar con un rotundo "por supuesto", mientras pensaba en acercarme a su instituto a preguntarles a los profesores qué demonios les están enseñando a los chavales. Preguntar por Leica es como preguntar por Pelé o Ángel Nieto, por Carl Lewis o Einstein: todo el mundo los conoce y en su campo son venerados casi como dioses.

La mayor parte de los comentarios en Internet sobre Leica son loas y veneraciones a una especie de dios fotográfico intangible

Sin embargo, durante un interminable segundo reflexioné acerca de mis experiencias con Leica. ¿Hace cuánto tiempo que no toco una Leica? ¿Hace cuántos años que no hago un reportaje con una Leica? ¿Por qué cada vez que veo una Leica digo que la quiero? ¿Quién soy yo para calificar a las Leica de excepcionales, si de ellas prácticamente sólo sé lo que he leído en medios especializados?

Hagan la prueba. Dense una vuelta por Internet y los foros de fotografía y busquen los temas de debate acerca de Leica: prácticamente no hay quejas de los modelos de carrete y pocas de los digitales; la mayor parte de los comentarios son loas a la marca y veneraciones a una especie de dios fotográfico intangible del que nadie se atreve a decir nada malo por el qué dirán.

Insisto: de Leica sé poco, aunque empecé a sospechar que había más marca que mito y más mito que cámara el día en que Steve McCurry me insinuó que no había para tanto. Y lo decía McCurry, uno de los mejores fotógrafos de la historia, y no un opinador de tres al cuarto que brama palabras en una página de Internet porque le pagan por ello.

Cualquier marca que se precie tiembla antes de lanzar un producto porque sabe que, de una u otra parte, la van a acribillar. En el mundo globalizado de Internet las firmas saben que si sus cámaras presentan un fallo, por pequeño éste que sea, los medios especializados, foros y blogueros van a dar cuenta de él.

Sin embargo, Leica tiene ese aura de intocable, ese halo de misticismo, esa reputación de máquina perfecta. Supongo -y digo supongo, porque no he tenido ocasión de certificarlo- que la fama actual de la marca es producto de un trabajo bien hecho durante años. Pero, oiga, no venda usted la moto en foros y demás espacios de opinión si nunca ha tenido siquiera una Leica entre las manos.

No voy a ser yo, pobre de mí, quien levante ahora el dedo acusador señalando a Leica, pero sí me voy a atrever a pedir a los fotógrafos en general un poco más de objetividad antes de enjuiciar un producto sólo por ser de una marca.

Todas envejecen y pierden credibilidad con el paso del tiempo. Es algo natural, y de hecho es necesario para espolear a las divisiones de I+D+i y conseguir que el nuevo producto sea mejor que el anterior. Y Leica, de momento, tiene mucho más que perder que ganar si comparamos su producción actual con la de hace cuarenta años.

La columna de opinión Enfoque diferencial se publica normalmente el segundo y cuarto lunes de cada mes.

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