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Entrevista
OLIVER DE ROS , FOTóGRAFO

"El gran problema que tenemos algunos fotógrafos es que somos malos editores de nuestro propio trabajo"

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Foto: Oliver de Ros
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JUL 2014

Oliver de Ros fue uno de los jóvenes fotógrafos emergentes escogidos por Circuit 2013 (el festival barcelonés que ha sido rebautizado este año como DOCfield>14) para mostrar su último reportaje: “Between One and Zero”. El de Masnou desgrana para Quesabesde los ingredientes de un proyecto documental sobre un tema emocionalmente muy cercano: un grupo de jóvenes -amigos suyos- aún no emancipados, inmersos en un universo de alcohol, drogas y diversión, y paradójicamente aislados por las redes sociales. De Ros nos habla de la edición de este trabajo y de sus diferencias con su anterior proyecto, “La Catalana”, de corte mucho más clásico. Hace meses se trasladó a Guatemala, donde trabaja como editor y fotógrafo en el diario Metro Publinews -además de colaborar puntualmente con AP- y lleva a cabo un nuevo reportaje sobre las exhumaciones de las víctimas de la guerra civil en el país centroamericano.

¿Cómo te dejaste seducir por el lenguaje de la fotografía documental?

Cursé Humanidades, y siempre había estado muy interesado por la fotografía de [la agencia] Magnum, porque es donde converge la fotografía documental con el arte. Antes de ser fotógrafo fui un gran admirador de Magnum, y ahí es donde nació mi gusto por la fotografía documental. Decidí entonces zambullirme el tema de “La Catalana”, que fue mi primer trabajo documental.

Foto: Ivan Sánchez (Quesabesde)

La Catalana era una barriada marginal de la periferia barcelonesa. ¿Cómo surgió la idea de documentar ese ambiente?

Yo llegué muy influenciado por las fotografías de gitanos de Jean Gaumy. Empecé a tomar fotos de los gitanos que había en La Catalana, de su convivencia, y poco a poco fui viendo que tenían problemas porque ahí también vivían politoxicómanos y un gran número de personas de Galicia y Andalucía que habían venido [durante la segunda mitad del siglo pasado] porque allí se pasaba más hambre y había menos trabajo. Me atraía mucho desarrollar este tema.

Después de un año trabajando en el lugar me dijeron que toda la urbanización iba a ser demolida para construir nuevos edificios. A partir de ese punto mi trabajo fue más a contrarreloj, para captar una idea más general: la vida de los gitanos y su convivencia con los politoxicómanos -con los problemas de drogas y violencia que eso suele acarrear- y los inmigrantes.

Se trataba de documentar la convergencia de esos tres ejes -gitanos, politoxicómanos y emigrantes- hasta la desaparición de La Catalana. Estas pasadas Navidades comenzaron los trabajos de demolición, que todavía continúan. Ya no queda nadie viviendo en el lugar: han trasladado a todas las familias a pisos de protección oficial cercanos.

la catalana
Foto: Oliver de Ros
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Foto: Oliver de Ros

Debió de ser un trabajo paciente, de irte ganando poco a poco su confianza.

Fueron unos tres años fotografiando, yendo normalmente una vez por semana. Las primeras veces que fui no llevé la cámara. Me imponía mucho respeto la zona, así que al principio me acercaba sin la cámara, hablaba un poco con la gente… Luego ya decidí ponerle valor y me la llevé conmigo. Vi que algunos se prestaban a dejarse fotografiar y otros no.

Algunas personas que iba conociendo me remitían a otras familias. Empezaba a entrar en las casas, a contarles lo que estaba preparando. Lo que me dio mucho pie a que la gente me abriera sus casas fue que de las fotos que tomaba había un porcentaje que eran de la familia junta, unas fotos que ellos querían. Luego yo se las imprimía y se las llevaba. No solo me abrían las puertas de sus casas; en ocasiones también las de las casas de sus familiares, porque la comunidad gitana es siempre un gran núcleo familiar.

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Foto: Oliver de Ros

También está el tema de los drogadictos. Acercarse a ellos era algo más serio porque nunca sabes lo que les puede pasar por la cabeza a esta gente. Simplemente me fui acercando a ellos, hablándoles de tú a tú, como si ahí no hubiera ningún problema, haciendo que se sintieran cómodos, mostrándome yo tranquilo, respetando su momento, tomando fotos de forma pausada sin moverme rápido ni hablar alto.

Nunca me pusieron ningún problema, más bien todo lo contrario: estuvieron muy abiertos a ser fotografiados. Se trata de gente muy solitaria, gente que necesita hablar mucho y tener contacto con otras personas, así que agradecen mucho cuando alguien se interesa por su vida.

¿Desde qué punto de vista fotográfico narraste la historia?

La gente allí vivía en una situación bastante precaria. Muchos llegaron a través de la agricultura. Era gente que plantaba sus huertos, cuidaba sus gallinas, sus conejos… Durante los primeros años de la Transición eso estuvo muy bien porque la globalización no había llegado, pero en el momento en el que ésta llegó la gente empezó a vivir muy precariamente.

Los gitanos trabajaban mucho quemando cobre y vendiéndolo limpio. Esto era algo muy presente, siempre veías alguna humareda. Todos esos trabajos tenían lugar dentro de un núcleo familiar. Mi manera de enfocar aquello no fue mostrar sus trabajos sino su cotidianidad, su estar por casa, lo que hacían en su tiempo libre… todo lo que aquello suponía.

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Foto: Oliver de Ros

Hay en este reportaje cierto regusto a Cartier-Bresson, sobre todo en la composición, en el uso del blanco y negro y en la limpieza visual que desprenden las fotos.

Como ya he dicho, siempre he estado muy influenciado por los fotógrafos de Magnum. Sí que hay fotografías que son parecidas a las de Cartier-Bresson. También hay influencias de Jean Gaumy, de William Klein…

En cierta manera, muchas veces iba con una imagen predeterminada y la llevaba a cabo, pero muchas otras las fotos son fruto totalmente de la casualidad y de mi intuición, por la composición que he aprendido a base de mirar imágenes, que es básicamente así como ha sido mi aprendizaje. Siempre me ha gustado la composición limpia. Aunque haya alguna foto movida, siempre busco imágenes clásicas.

la catalana
Foto: Oliver de Ros
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Foto: Oliver de Ros

Has realizado dos ediciones distintas de “La Catalana”.

El gran problema que nos ocurre a mí y a otros fotógrafos es que somos malos editores de nuestras propias fotografías. Esto le pasaba incluso a Eugene Smith, que era muy bueno fotografiando pero no editando. El problema es que son nuestras fotos, sabemos precisamente el contexto en que las hemos hecho y sabemos que una fotografía nos ha costado más que otra, y por eso le damos más importancia.

"Al blanco y negro hay que darle un tiempo: lo trabajas, lo disfrutas, lo exprimes… Pero si vuelves a trabajar con él, al final solo ves en blanco y negro"

En este último año me he vuelto a sentar y he hecho una reedición con [el fotógrafo] Rafa Badia, y hemos obtenido esta selección, no tan narrativa sino con imágenes que, según su composición, encajan más las unas con las otras en la edición.

Ahora aparecen todos los aspectos de “La Catalana” ordenados: primero la cotidianidad, la vida de los gitanos, para ir evolucionando poco a poco hacia su convivencia con los campesinos y las drogas. Es como una línea que acaba finalmente con el tema de las drogas. No es que sea éste el tema más importante; simplemente es una rama más del proyecto.

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Foto: Oliver de Ros

“Between One and Zero” es tu otro gran reportaje documental. ¿Cómo nace esta historia de jóvenes?

Todo empezó por una práctica en la escuela de fotografía: “Un día en la vida de”. Yo hice un día en la vida de un amigo mío porque me resultaba interesante su manera de llevar el trabajo con el hecho de salir hasta las seis de la mañana, levantarse de resaca, seguir trabajando… y estar a la vez todo el día metido en el móvil.

El tema me gustó para el trabajo final. Yo conocía el grandísimo trabajo de Bruce Davidson sobre la “American Gang” y “The Ballad of Sexual Dependency”, de Nan Goldin, además de los trabajos de Willy Ronis y Larry Clark sobre las drogas. Empecé a trabajarlo muy convencido de que iba a ser en color.

Quería aprovechar la edad que tengo ahora [25 años] para aproximarme a la gente joven, porque cuando tenga 50 años me será más difícil meterme en estos círculos. Ahora es el momento. Son mis amigos, y por tanto es mucho más fácil acercarme a ellos. También quiero plasmar toda la idea del círculo en el que yo me muevo como fotógrafo.

between one and zero
Foto: Oliver de Ros
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Foto: Oliver de Ros

"Estos jóvenes se presentan de cero en un panorama lleno de recortes. Llegan a un sistema en crisis, pesimista o postoptimista"

Se trata un poco de la crisis vista desde el punto de vista de los adolescentes que siguen viviendo en casa de sus padres. Aunque tienen trabajos precarios y acaban de estudiar en la universidad, se pasan la vida conectados a las redes sociales, que aunque parezca una herramienta de hipercomunicación lo único que hace es aislarlos más. Todo esto mezclado con ese sentimiento constante de evasión, de fumar drogas, de salir, de beber, de llegar a las tantas de la noche y luego volver a ese trabajo precario.

Es una generación que tiene comodidad. Saben y conocen todas las trabas que la crisis está poniendo, pero no de primera mano. No son trabajadores a los que les han recortado nada: se presentan de cero en un panorama lleno de recortes. Ellos llegan a un sistema en crisis, pesimista o postoptimista.

Se intuye una permisividad total a la hora de fotografiarles.

Muchos son amigos míos, aunque también hay gente que conocí la noche que los fotografié y que ha salido en la edición final. Pero la mayoría son amigos míos, hemos crecido juntos. En cierta manera es un reportaje sobre esta situación actual y también un homenaje a mis amigos, a este periodo de mi vida de bienestar en que todo es mucho más cómodo, donde hay miedo a independizarse y a sacarse las castañas del fuego uno mismo.

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Foto: Oliver de Ros
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Foto: Oliver de Ros

¿Cómo ha influido esta relación en el trabajo documental?

Sinceramente, en este reportaje el hecho de que sean mis amigos es lo que menos influye. Yo dejé de ser su amigo para ser el fotógrafo. Por supuesto que he aprovechado la relación emocional que tengo con ellos, pero ante todo he sido fotógrafo y he actuado en consecuencia.

Si he tenido que estar callado o apartarme para encontrar un punto de vista mejor, lo he hecho. Ha sido una relación de fotógrafo a fotografiado. Claro que ha habido momentos de estar de juerga con ellos, pero consciente de que yo era el fotógrafo, que cuando sacaba la cámara yo estaba por el trabajo.

Fotografiaste incluso un viaje a Ámsterdam con ellos.

La oportunidad de ir a Ámsterdam no estaba prevista: salió cuando el reportaje ya estaba en marcha, se barajó y al final se hizo. Cuando decidimos ir yo supe que una gran parte de las fotos podrían hacerse allí.

Aunque trabajan, siguen viviendo de los padres y pueden darse el lujo de viajar por ejemplo a Ámsterdam, que es la capital de la marihuana, la vida nocturna, la prostitución y el sexo, algo que se refleja mucho en todo el reportaje. Es la quintaesencia del reportaje: marihuana, prostitución, luces… Es un reportaje muy colorido.

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Foto: Oliver de Ros

Comparando este último trabajo con el anterior se aprecia un gran cambio de estilo.

Mi aprendizaje con las fotografías de Magnum lo llevé a cabo en “La Catalana”. Para “Between One and Zero” no quería hacer algo tan clásico. Quería algo más moderno, más contemporáneo.

Por una parte creo que al blanco y negro hay que darle un tiempo: lo trabajas, lo disfrutas, lo exprimes… Pero si vuelves a trabajar con él al final solo ves en blanco y negro. Yo nunca había trabajado el color, pero Rafa Badia me dijo de primeras que lo hiciera en color y vimos que se adaptaba perfectamente. Al principio me salía, iba consiguiendo algunos colores, pero a partir de ese momento lo busqué.

"Aquí el color de muchas fotografías nos traslada al estado de ánimo del sujeto"

En cierta manera ha sido como darle una vuelta a todo mi saber fotográfico, porque yo nunca había estudiado fotografía y solo me había puesto con el blanco y negro. Así fue como aprendí a dominarlo. Al tirar adelante he aprendido -o eso creo- a fotografiar en color.

Ha crecido la tendencia a desaturar los colores. Lo hemos visto con Yuri Kozyrev en sus fotografías de las guerras de Siria y Libia, con imágenes en un color muy desaturado. Mi idea fue apostar por darle al color su máxima expresividad. Es un reportaje en el que me presto a aceptar el color, a trabajarlo y a conectarlo con el tema.

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Foto: Oliver de Ros
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Foto: Oliver de Ros

¿Te ha sido más difícil?

Sí, me ha sido más difícil porque hay fotografías que en color se quedan en nada, en un quiero y no puedo. En otras todo su peso está en el color más que en la composición. Aquí el color de muchas fotografías nos traslada al estado de ánimo del sujeto.

Hay también espacio para el recogimiento, con retratos que ahondan en la psicología de los jóvenes.

Lo que yo intento reflejar no son los excesos de esta juventud, sus salidas nocturnas y demás, sino la cohesión de todo, mezclado con la importancia de las redes sociales. Busco mucho este equilibro entre el desenfreno con ese aislamiento que nos dan las redes sociales.

"Se pasan la vida conectados a las redes sociales, que los aislan aún más"

Ese querer estar conectado con mucha más gente pero a la vez estar aislado con el móvil, la bebida y las drogas. Es un acto muy social pero que te lleva a la soledad y el aislamiento. Es una evasión.

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Foto: Oliver de Ros
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Foto: Oliver de Ros

Tienes también una colección de fotos sobre tus viajes por Europa. ¿Es también un reportaje?

Esa sección de mi página web se presenta como un anexo a mi estilo de fotografía, porque no solo hago reportaje y fotografía documental sino que también me gusta mucho viajar. En los viajes siempre se quedan fotos colgadas que no puedes ligar con nada. Si te vas tres días a Edimburgo no puedes hacer un reportaje de eso.

Lo que he hecho es una colección de las fotografías buenas que he ido haciendo en mis viajes y que quiero tener en consideración. Aunque un viaje por sí solo no dé para hacer un reportaje, después de seis o siete viajes por Europa sí que puedo mostrar una serie de fotografías que me gustan, a las que les tengo aprecio y que quiero que la gente vea.

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Foto: Oliver de Ros

Hace unos meses te instalaste en Guatemala, un lugar devastado por la violencia. ¿Resulta muy difícil trabajar allí?

La violencia es uno de los puntos a tener en cuenta en Guatemala. Cuando todavía no conocía el país, creía que la violencia no me permitiría salir a la calle y hacer mi trabajo cómodamente, que me pasaría cualquier cosa. Fue algo que tuve que meditar mucho antes de ir. Y no es solo la violencia que comentas, sino también los miedos con los que convives y a los que te has de enfrentar. No es tanto una cuestión de la violencia que está ahí fuera como de los miedos que están dentro de ti.

La violencia en Guatemala adopta múltiples formas, y aunque en la prensa solo se ve su consecuencia directa (asesinatos, secuestros, extorsiones), la verdad es que hay muchos casos de violencia silenciosa: las [compañías] hidroeléctricas, la minería, el azúcar, las cementeras, la explotación infantil, la migración… y un amplio listado de temas que también entran dentro del marco de la violencia.

Has comenzado un nuevo proyecto sobre el genocidio durante la guerra civil de Guatemala. ¿En qué aspectos te has centrado? ¿Cómo están acogiendo las exhumaciones la población afectada y el gobierno?

La guerra civil guatemalteca, que duró 36 años, dejó hasta 245.000 víctimas entre muertos y desaparecidos. Aunque se tiende a generalizar la palabra genocidio, el que se conoce actualmente y judicialmente es el del área ixil, en Quiché. Efraín Ríos Montt fue juzgado y sentenciado por las matanzas que allí ocurrieron a principios de los 80.

En esa misma época, en el departamento de Alta Verapaz, se empezó a construir una [central] hidroeléctrica en el río Chixoy. Varias comunidades indígenas vivían en las orillas, y gracias al río disponían de los recursos necesarios para tener una vida decente. Con la construcción de la presa las diferentes comunidades fueron obligadas a desalojar sus hogares y se les desplazó montaña arriba, donde la tierra es árida y cultivar es prácticamente imposible.

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Foto: Oliver de Ros
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Foto: Oliver de Ros

El gobierno de entonces y el INDE, el Instituto Nacional de Electrificación, prometieron a los indígenas que les construirían casas y les darían terrenos para que pudieran seguir cultivando. La mayoría de comunidades dudaron acerca de esas promesas y se negaron a desalojar sus aldeas. A raíz de esto, hasta en cinco ocasiones los indígenas de esa zona fueron masacrados: mujeres violadas, niños arrojados desde helicópteros y una cantidad de atrocidades que resulta difícil de imaginar.

Las inhumaciones y exhumaciones en Guatemala son algo que se lleva dando casi desde que empezaron los tratados de paz. Es un proceso largo desde que se encuentra una fosa hasta que se entregan los huesos a las familias. Es curioso, porque hay una foto donde sale un padre llorando ante el diminuto féretro de su hijo, que murió asesinado con solo dos años, y ese mismo día el Congreso guatemalteco decretó que nunca hubo genocidio en la región de Quiché.

Fe de erratas: Oliver de Ros es original de El Masnou, no de Mataró como se indicaba inicialmente en la entradilla.

Fuentes y más información
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03 / NOV 2011
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