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OpiniónEnfoque diferencial

Nunca pensé que diría esto

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FEB 2016

Tuve un alumno no hace mucho al que le puse una prueba fotográfica. Consistía en fotografiar a dos -o tres, ya no recuerdo- mujeres taxistas. No es que fuera una fotografía técnicamente difícil, en absoluto, pero sí era moderadamente complicado convencer a esas mujeres para exponerse frente a la cámara de un fotoperiodista. Por desgracia ese atraco que hacemos los fotógrafos de prensa es muy común y conviene estar preparado para cuando nos toque ir de forma improvisada a decirle a alguien que queremos retratarle para el periódico.

Este alumno cumplió y me presentó las fotografías. Tiempo después, ya fuera de mi órbita docente, me confesó que las mujeres que había fotografiado eran parientas suyas y que, por supuesto, no eran taxistas. Lo cierto es que, descartada la posibilidad de un suspenso retroactivo, sentí una mezcla de indignación con orgullo herido y frustración. Había cumplido, sí, pero con engaños y faltando a la verdad. Pero para todos -excepto para él y sus familiares- allí había dos -o tres- mujeres taxistas retratadas.

Aunque sigo pensando que no debió hacerlo, lo cierto es que todos o casi todos los fotoperiodistas hemos caído alguna vez en este tipo de manipulación más o menos descarada. Desde hacer como que vemos un cuadro en un museo para que nuestros compañeros puedan usarnos de elemento compositivo hasta ponernos a sacar dinero del cajero para que otro fotógrafo pueda enviar rápidamente la foto que los de Economía le acaban de pedir (“rapidito, que tenemos que cerrar la página ya”). Diferente escala, diferente matiz, diferente enfoque, pero manipulación o escenificación, a fin de cuentas.

Tal vez la manipulación sea uno de los últimos cartuchos que quemar, a la desesperada, para salvar una profesión condenada

Es una manipulación aceptada, como el que fuma en la puerta del hospital obviando que el humo vuelve para dentro. Sabemos que está mal, pero es un mal pequeñito, sin mala fe, que en teoría no hace daño a nadie.

Tal vez sea el momento de guardarnos nuestra ética periodística y manipular con descaro, haciendo daño.

Sí, nunca pensé que diría esto, pero el vaso está ya muy colmado de desplantes, y tal vez la manipulación de nuestro trabajo sea uno de los últimos cartuchos que quemar, a la desesperada, en pro de salvar una profesión condenada. Vaya por delante que no me refiero a mentir en informaciones -comillas, subrayado, cursiva- relevantes, sino a esas fotos que no son más que publicidad disfrazada de noticia.

Hace pocos días un conocido fotógrafo de eventos (uno de los más veteranos y respetados en España) fue prácticamente asaltado por una persona de una agencia de comunicación que le recriminaba (incluso le exigió ver las tomas que acababa de realizar) estar haciendo las fotos desde un lado para no sacar los logotipos que había en el cartel frente al que posaba un presuntamente famoso personaje. Esta misma semana sufrí algo similar cuando trataba de fotografiar, también de lado, a otra presunta personalidad.

Hace un tiempo vi en una revista que alguien -no sé si el autor, el editor, un portero o el fulano que pasaba por allí- había distorsionado los logotipos de un cartel frente al que posaba una actriz para que la marca que esta promocionaba no fuese reconocible. Tiempo después otro compañero me explicó que él también lo había hecho en otra presentación después de que la organización les tratase con una contundente falta de profesionalidad y modales. Y no son pocos los que tiran de grandes aperturas para desenfocar los carteles y que estos logotipos sean lo menos legibles posible.

Muchos de estos fotoperiodistas se han cansado de ser simples comparsas publicitarias. Me incluyo. Vale que no vamos a cambiar el mundo ni remover conciencias con estas fotos. Tampoco vamos a contar historias ni descubrir un misterio. Simplemente vamos a retratar a alguien cuya vida, personal o laboral, es tema de interés para algunas –muchas- personas.

Pero independientemente de que nuestro trabajo sea más o menos relevante, queremos hacerlo con dignidad y sobre todo libertad. Al presidente Zapatero un día le bajamos las cámaras al suelo como protesta. En otra ocasión a una joyería le borramos su logotipo. Son dos formas de hacer daño allí donde más duele a cada uno, sea su imagen pública, sea una de sus fuentes de ingresos.

Nunca pensé que diría esto, insisto, pero situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas, y aunque me duela horrores decirlo, mis compañeros fotógrafos no pagan facturas con ética. Podríamos bajar nuestras cámaras en los eventos como hicimos con Zapatero, pero perderíamos todos. Sí, a este nivel hemos llegado.

Cuando esos patrocinadores se den cuenta de que nosotros seguimos ganando dinero con nuestras fotos y ellos no ven su logotipo en ninguna parte tal vez espabilen y nos traten como personas y con profesionalidad. O tal vez nos denuncien.

La columna de opinión "Enfoque diferencial" aparece publicada normalmente el segundo y cuarto lunes de cada mes.

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