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OpiniónEnfoque diferencial

Nos hacemos viejos

 
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ENE 2009

Soy un freak: lo reconozco. Y además de freak, soy adicto a todos los cachivaches tecnológicos que van anunciándose en Internet. Soy consciente de que algunos son una chorrada, pero otros me parecen realmente atractivos, y además, muy útiles. Fui de los primeros de mi círculo de amigos en tener móvil, el primero en comprar una cámara digital, de los primeros en usar Internet y de los pocos que llevan una PDA. También fui el primero en tener un marco digital para ver fotos.

Ese marco digital era uno de mis grandes sueños. Por lo visto, podría estar día tras día viendo mis fotos. Una y otra vez, sin mover un dedo, irían apareciendo imágenes en una sucesión interminable que causaría sensación. Mi ego se hacía la boca agua como el perro de Pávlov sólo de pensarlo.

Ese anhelado marco digital es ahora mismo un adorno muy caro que está siempre desenchufado

Afortunado que es uno, un buen día me regalaron un marco digital. Un marco muy bueno, casi de tamaño A4, con una nitidez estupenda y un mando a distancia.

Los primeros días lo tenía encendido día y noche, y me pasaba los minutos muertos mirando y remirando las fotos como si no las hubiera visto nunca. Luego pasé a apagarlo por la noche y encenderlo sólo de día. Más tarde lo encendía sólo cuando venían visitas. Y ahora mismo es un adorno muy caro que está siempre desenchufado: me aburre.

No sé si es cosa mía o se trata de un fenómeno más extendido, pero algo no debe ir bien en mis criterios de selección de artilugios cuando los marcos digitales se siguen renovando día a día con nuevos tamaños, nuevas funciones y mejor calidad, y a mí cada vez me gustan menos. ¿Reproductor de vídeo? ¿De música? ¿Estación meteorológica? ¿Y qué será lo próximo?

Al final, es la monótona foto en papel baritado y con un marco lacado en negro lo que más me enamora

Y mire usted por dónde, al final ha tenido que ser un elemento fotográfico de los más clásicos el que me ha redescubierto como un romántico: la monótona e imperturbable foto en papel baritado y con un marco lacado en negro. ¿Qué tiene una copia de papel que tanto enamora?

Admitámoslo: hoy día hacemos muchas más fotos, somos mejores fotógrafos, tenemos mejores equipos y nuestra obra la ven muchos más ojos. Sin embargo, cada vez revisamos menos nuestro trabajo, cada vez valoramos menos el pasado. Incluso llegamos a olvidarlo.

Seamos sinceros: muchos de nosotros hacemos las fotos, las editamos con cariño -por supuesto-, las subimos a nuestra galería on-line favorita, las colgamos en algún foro, mandamos unas cuantas por correo electrónico y nos olvidamos de ellas.

No hablamos ya del revelado, del dolor de ojos del cuarto oscuro, de esas reuniones para ver fotos con la familia

Esos ataques de nostalgia en los que nos sentábamos con la familia o los amigos en torno a un viejo álbum comentando las imágenes y recordando los viejos tiempos se acabaron.

La verdad es que cada día que pasa me doy cuenta de que la fotografía digital -en particular- y la tecnología -en general- nos arrancan un poco de nuestra esencia como fotógrafos. Si bien es cierto que ahora hacemos más y mejores fotos, estamos perdiendo otros aspectos de la fotografía que, sin ser estrictamente el hacer clic, también forman parte del ritual.

Nos hacemos viejos. Volvemos la cabeza y vemos cómo los nuevos fotógrafos no añoran lo que no conocen.

Empiezo a pensar que, tal vez, no todo lo nuevo es siempre mejor

No hablamos ya del revelado, del dolor de ojos del cuarto oscuro, del gusto amargo de los químicos cuando, sin darte cuenta, te mordías una uña después de estar todo el día metiendo los dedos en el revelador.

No hablamos de esos momentos fotográficos que se hacían en familia o entre amigos y que no eran sino una excusa para reunirse porque sí. Hoy, como mucho, uno se sorprende cuando encuentra un viejo CD sin etiquetar, y al ver qué hay dentro, redescubre fotos de hace algunos años.

Pero poco me veo llamando a mis amigos para, delante del ordenador, clasificar contactos, revelar archivos RAW y recordar viejos tiempos.

Fíjense que uno muy pocas veces ha sentido morriña de todo eso. Me bastaba la idea de hacer las cosas en mayor cantidad y a más velocidad, pero por lo que veo, con la llegada del año nuevo empiezo a sentar la cabeza y pensar que, tal vez, no todo lo nuevo tiene que ser necesariamente mejor.

La columna de opinión Enfoque diferencial se publica normalmente el segundo y cuarto lunes de cada mes.

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